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Hopper fue el primero en llegar

No sabría decir en qué preciso momento entró el pintor Edward Hopper en mi vida, a los 13 o 14 años quizá. Seguramente sería por una foto o artículo en algún periódico o suplemento cultural de los que entraban en casa -que por aquel momento eran ABC o Las Provincias-. Lo que tengo claro es que fue ver uno de sus cuadros y captarme para siempre.

Fui a Crisol, una librería cercana a casa y encontré un socorrido libro de Taschen, arte en ediciones baratas para todos los públicos. Era barato, de tapa blanda (con Summer evening, en la cubierta) y muy básico pero aún esta ahí en mi estantería, todo manoseado y lleno de recortes relacionados. Mi madre y yo compartimos ese descubrimiento y juntas lo hojeábamos hablando de nuestros favoritos e imaginando en voz alta la historia detrás de cada cuadro, el porqué de nuestra fascinación. A las siguientes navidades empleé el dinero de las estrenas (7000 pesetas) en conseguir una lámina enmarcada que elegí acompañada de mi amiga Elena. Desde entonces Cape Cod morning ha venido conmigo a todas las casas en las que he vivido… y ya está muy descolorida-.

Hopper fue el primero en llegar, de hecho creo que ya estaba ahí incluso antes de conocerlo porque al ver las reproducciones tuve esa sensación tan particular de tropezar con algo que te pertenece de tal forma, que te expresa tan claramente que es como si ya lo conocieras por intuición y de repente un día cobra forma. Todo tenía tanto sentido al contemplar esos personajes solitarios, tan ensimismados, inquietos, poblando lugares deshabitados, urbanos o costeros, rincones de habitaciones apenas vislumbradas… Hopper hablaba de algo que tenía que ver conmigo y marcó de manera definitiva mi manera de mirar. Me doy cuenta si repaso las fotografías que yo misma tomo que tengo querencia por los rincones, los rayos de sol que entran por la ventana, o algo tan específico como los encuadres de cielo y un trozo de edificio/árbol/ventana.

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Flechazo en la sala oscura

Hay veces que te enamoras y pasa así, de golpe, no hay técnicas ni ensayos ni expectativas previas, sucede porque sí, primero la chispa y todo lo que viene después, que te enciende y te hace, para empezar, sonreír. En ocasiones eso te puede ocurrir con una película. A mí me ha pasado recientemente con Drive del director danés Nicolas Winding Refn, al que no tenía el gusto de conocer.  Leer más…