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Espejo en blanco y negro

Hay películas que inevitablemente llevan asociado un discurso moral, un alegato que más o menos sutilmente subyace a su existencia. Son esas películas que generan debaten, confrontación, que hacen replantearse modos de vida, propios o ajenos, que tienen un discurso. Como por ejemplo, recientemente, El lobo de Wall Street -inevitable volver tanto sobre ella. En otro lugar se sitúa el cine que sólo pretende ser espejo de la realidad, mostrar la vida de seres humanos tal cual, o lo más cerca posible de ‘tal cual’, asumiendo que todo relato tiene un posicionamiento del autor y no existe nada como el reflejo puro de la realidad ni tan siquiera en los documentales. Es en este lado donde se sitúa Nebraska, sexta película de Alexander Payne, un tótem del cine indie americano, autor de dos maravillas como Sideways (Entre copas, en España) y Los descendientes.

Aquí su relato vuelve a ser el de un viaje, elemento habitual en su filmografía. En esta ocasión se trata de un viaje tan ingenuo como lleno de significado de un anciano padre y su hijo, desde un pueblo de Montana hasta uno de Nebraska para recoger un supuesto premio de un millón de dólares que le regala una revista. Cuesta arrancar por lo absurdo del propósito en principio, la determinación de un anciano que parece estar ya perdiendo la cabeza, aunque apenas se han puesto en marcha se entiende que el impulso no era otro que salir del mismo marco de siempre, tomar aire, ver otros paisajes, incluso si no se distancian mucho de los conocidos. Nebraska me recuerda mucho en todo momento a aquella gran The Straight story (Una historia verdadera) de David Lynch, otro anciano testarudo en su propósito que no se ciñe a los cánones de “normalidad”.

Aquí el protagonista es un descomunal Bruce Dern, con sus arrastrados andares, que se llevó el premio de interpretación masculina en el último Festival de Cannes y es uno de los favoritos al Oscar de este año, con permiso de Leonardo DiCaprio. Le acompañan un extenso elenco de actores poco conocidos pero soberbios, como su hijo menor y paciente compinche en el viaje, Will Forte, y su cascarrabias mujer, June Squibb, también nominada al Oscar. Todos ellos, junto a los escuetos secundarios que pululan a lo largo de su recorrido por el profundo Estados Unidos -un paisaje tan referencial y sin embargo aquí tan desprovisto voluntariamente de significado-, dotan a Nebraska de todo el cuerpo y la grandeza de las pequeñas grandes historias.

Son personas corrientes que tiran adelante con existencias grises, miserias, rencores, alegrías, reveses e ilusiones, que hacen lo que pueden con lo que tienen, o en ocasiones ni eso. Lo mejor de una película como ésta es que su autor, Alexander Payne, no juzga ni categoriza sobre ninguno de sus personajes, tan sólo muestra una galería de seres peculiares, como todos lo somos vistos desde muy cerca, con lo bueno, lo regular, y lo malo. Es ver la vida pasar. Y le va muy bien a Nebraska  esa textura limpia, con maravillosa fotografía en blanco y negro, al margen de modas, todo sencillez que no simpleza, y el mejor recurso que existe, el relato humano contado con profundidad y sin efectismos. No hay que dejarla pasar.

La frescura del destarifo

Cada nueva película de Pedro Almodóvar causa expectación antes, durante y después del rodaje. Pero lo que ya ha adquirido categoría de ritual es el enfrentamiento que con el estreno siempre se produce entre el director y el crítico de cine Carlos Boyero, actualmente en El País. Leer más…

Hopper fue el primero en llegar

No sabría decir en qué preciso momento entró el pintor Edward Hopper en mi vida, a los 13 o 14 años quizá. Seguramente sería por una foto o artículo en algún periódico o suplemento cultural de los que entraban en casa -que por aquel momento eran ABC o Las Provincias-. Lo que tengo claro es que fue ver uno de sus cuadros y captarme para siempre.

Fui a Crisol, una librería cercana a casa y encontré un socorrido libro de Taschen, arte en ediciones baratas para todos los públicos. Era barato, de tapa blanda (con Summer evening, en la cubierta) y muy básico pero aún esta ahí en mi estantería, todo manoseado y lleno de recortes relacionados. Mi madre y yo compartimos ese descubrimiento y juntas lo hojeábamos hablando de nuestros favoritos e imaginando en voz alta la historia detrás de cada cuadro, el porqué de nuestra fascinación. A las siguientes navidades empleé el dinero de las estrenas (7000 pesetas) en conseguir una lámina enmarcada que elegí acompañada de mi amiga Elena. Desde entonces Cape Cod morning ha venido conmigo a todas las casas en las que he vivido… y ya está muy descolorida-.

Hopper fue el primero en llegar, de hecho creo que ya estaba ahí incluso antes de conocerlo porque al ver las reproducciones tuve esa sensación tan particular de tropezar con algo que te pertenece de tal forma, que te expresa tan claramente que es como si ya lo conocieras por intuición y de repente un día cobra forma. Todo tenía tanto sentido al contemplar esos personajes solitarios, tan ensimismados, inquietos, poblando lugares deshabitados, urbanos o costeros, rincones de habitaciones apenas vislumbradas… Hopper hablaba de algo que tenía que ver conmigo y marcó de manera definitiva mi manera de mirar. Me doy cuenta si repaso las fotografías que yo misma tomo que tengo querencia por los rincones, los rayos de sol que entran por la ventana, o algo tan específico como los encuadres de cielo y un trozo de edificio/árbol/ventana.

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Flechazo en la sala oscura

Hay veces que te enamoras y pasa así, de golpe, no hay técnicas ni ensayos ni expectativas previas, sucede porque sí, primero la chispa y todo lo que viene después, que te enciende y te hace, para empezar, sonreír. En ocasiones eso te puede ocurrir con una película. A mí me ha pasado recientemente con Drive del director danés Nicolas Winding Refn, al que no tenía el gusto de conocer.  Leer más…