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Más allá de la isla

Una de las carencias más graves que lamento en el cine español es el desaprovechamiento profundo de los periódicos, de la realidad como fuente de inspiración para contar cosas, ¡con el vivero de noticias que es este país! Los que simplifican y en general no conocen el cine que se hace por aquí suelen señalar la omnipresencia de la Guerra Civil en sus argumentos aunque eso sea un cliché. Salvo contadas y honrosas excepciones, como Enrique Urbizu, últimamente Daniel Monzón y el propio Alberto Rodríguez, pocos directores se atreven a mirar abiertamente a la realidad inmediata y a mostrar lo que ocurre. Sí, muchos guiones intimistas con la dictadura de fondo -antes, durante o después-, como en Vivir es fácil con los ojos cerrados, pero poco meterse en las tripas de los asuntos sucios o simplemente interesantes de la Historia. Y vaya si hay tema para hincar el diente en las décadas de los 70 y 80, transición, terrorismo, o en la actualidad, o ¿no sería interesante una gran película sobre los GAL por poner sólo un ejemplo?

No es necesario trasladar al pie de la letra un suceso real, basta con enmarcar el argumento en un contexto definido y reconocible, atreverse a manejar ese material y a contar la acción humana concreta. Hablo de ese cine de grandes vuelos pero sin ínfulas, cuya loable pretensión no es más que la contundencia de un buen relato. Pienso en Jim Sheridan cuando En el nombre del padre, en Clint Eastwood casi siempre, en films que son lecciones de historia como Margin Call incluso. Pongo las expectativas muy elevadas pero en ese espacio es donde se mueve Alberto Rodríguez, que ya en 2012 trajo con Grupo 7 lo mejor del cine español. En La isla mínima cuenta con la fuerza de un gran guión detrás, ensamblado mano a mano con Rafael Cobos y en el que se entrelazan tres crímenes en el contexto de finales del franquismo separados en el tiempo pero relacionados por las personas, quizá, implicadas. Y lo hace de maravilla sustentado por una ambientación -Sevilla y alrededores- muy lograda, con un poderío visual que sorprende y recuerda a los pantanos lúgubres y de atmósfera pegajosa que hemos visto hace poco también en la serie True Detective.

Aquí también vemos a una pareja de policías con maneras muy distintas de actuar, uno es el joven con ambiciones, una manera progresista y a veces simplista de entender el país y la profesión, y el veterano de maneras incorrectas y pasado oscuro que a la vez revela una gran humanidad en el trato en corto. Es una manera de simplificar, algo que por suerte la película no hace, porque Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo encarnan a la perfección cada uno en lo suyo, la ambigüedad que ha sido la Transición misma en España, la mezcla incómoda entre las fuerzas del pasado y el futuro, y lo mejor es que Rodríguez apunta todo eso, lo sugiere, sin cerrar ni sentenciar, lejos del maniqueísmo. Junto al dúo de investigadores que recorren las marismas del Guadalquivir en busca de la solución a un crimen es una maravilla ver el trabajo de secundarios como Antonio de la Torre y sobre todo Nerea Barros, como los padres sufridores de las jóvenes asesinadas, todo en un conjunto que refleja muy bien el clasismo, la vida miserable frente al señorito andaluz.

Misterios del marketing

Es la película del momento. Y al mismo tiempo un gran expediente X. ¿Qué hace que de repente un film de título tan insospechado como Ocho apellidos vascos dé el campanazo como lo está dando? Se ha convertido en la película española más taquillera de la historia, por delante de Lo Imposible, ya lleva recaudados más de 51 millones de euros y sigue imbatible en el número 1 aunque ya hace ocho semanas de su estreno.  Me fascina la sociología que hay detrás de estos fenómenos de masas. Nunca entendí que, por ejemplo, Amélie, de Jean-Pierre Jaunet, causara el impacto que causó.

Esta vez me dicen que al ser una producción de Mediaset, propietaria de Telecinco, la promoción en esa cadena -la más vista aunque inhóspita para mí- ha pasado a ser un bombardeo, y aún así alucino. En un país donde se va tan poco al cine, Ocho apellidos vascos ha conseguido arrastrar especialmente a esa gente que nunca pisa una sala y que más bien tira por la piratería y el cine en casa, si es que llega a eso. Es cierto que en los últimos meses también están habiendo sucesivas y exitosas campañas de abaratamiento de las entradas, con lo cual la combinación ha sido explosiva. Visto lo visto seguiré leyendo sobre este fenómeno, porque ya se anuncia una segunda parte y los espectadores siguen alimentando la leyenda.

Cuando vi el tráiler hace un tiempo no me atrajo para nada, pero al final ha habido que ir para poder opinar. Y no me ha sorprendido. Dirigida por Emilio Martínez Lázaro sobre guión de Borja Cobeaga y Diego San José, Ocho apellidos vascos es una comedia bastante básica, llena de tópicos y costumbrismos de antaño que no tiene muchas pretensiones. Y ahí el misterio del enganche que provoca. Cobeaga es un buen creador de situaciones divertidas, usando los recursos algo trasnochados de la lucha de géneros y con actores a la medida del empeño tanto en físico como en actitud, como ocurría en El pagafantas. Aquí los protagonistas son Dani Rovira -conocido por sus monólogos en Paramount Comedy- y Clara Lago, él más acomodado que ella a su papel porque es más coherente a lo largo del metraje.  La pareja que hacen, sevillano y vasca respectivamente, es improbable y se mueve según una lógica inconsistente que acaba en el absurdo. Con ellos, Karra Elejalde, irreconocible en el cartel pero con muchos minutos y líneas en el guión, está pantagruélico y a su lado Carmen Machi, ejerciendo de progenitores, echando leña al fuego como divertido dúo cómico. Un film que ya pasa a la Historia por su taquilla con una materia prima tan limitada como efectiva. ¡Enhorabuena a los premiados!

Españoles en Nueva York

El esfuerzo que es hacer cine en España se ha visto agravado con los años por esta crisis. Me consta la dificultad que ha habido para sacar adelante La vida inesperada, un film que coincide en cartelera con el fenómeno de taquilla inesperado que ha sido 8 apellidos vascos. Y la pelea solamente por mantenerse en cartel más allá del primer fin de semana es dura. Cuando comienza el pase y empiezan a desfilar todos los logos de instituciones participantes en la producción uno enseguida sabe que es cine español, y que a unos -casi todos- les cuesta más que a otros.

La vida inesperada se desarrolla enteramente en Nueva York, punto de atracción de muchos españoles que emigran para encontrar un futuro profesional o alejarse de las etiquetas y corsés de su entorno. Toda la película está plagada de los clásicos guiños que vive todo españolito en la Gran Manzana: las conversaciones sobre comida y armas, el skype como medio de comunicación con la familia, la odisea de encontrar piso o de compartirlo, la combinación de minijobs,… Todo está recogido aquí muy bien, como si fuera un fresco de la vida neoyorquina para el extranjero ibérico.

Dirigida por Jorge Torregrossa, joven cineasta curtido en varias series de televisión y responsable de la estimable Fin, la película cuenta la historia de Juan, interpretado por un enorme Javier Cámara, que vive en Nueva York desde hace años sobreviviendo con múltiples trabajos y manteniendo su empeño en ser actor y mantenerse de ello. La visita de su primo (Raúl Arévalo, mucho más limitado), un chico bien, de existencia convencional, le hace aflorar sus dudas y reflexiones en torno a su vocación y a la medio mentira que sigue contando a su madre. Los tomas y dacas entre ambos y sus relaciones con una entrañable galería de personajes, americanos y otros expatriados, tan desorientados como ellos o en valiente búsqueda, componen un retrato generacional y un canto a la reinvención personal.

Pero la película tiene sobre todo el sello inequívoco de la escritora Elvira Lindo, autora del guión e una de las impulsoras del proyecto. El humor de sus columnas subyace en el libreto de La vida inesperada, y a la vez nos hace añorar aquellas ya lejanas colaboraciones con Miguel Albaladejo que amenizaron tanto los inicios de este siglo, con perlas como La primera noche de mi vida, El cielo abierto o Cachorro, en las que ella participaba tanto en el guión como en algún papel secundario siempre con frases antológicas.

Un hombre en apuros

La avalancha de estrenos apasionantes ahora mismo en nuestra cartelera es de los que incitan a ir al cine. Sólo Dios perdona, La vida de Adéle, Don Jon,Vivir es fácil con los ojos cerrados, …y sigue. Rico rico rico. Desde luego si ahora no vamos es que no iremos nunca, y hay que recoger cosecha para cuando viene la sequía veraniega. Pero vamos por partes. Esta semana toca hablar de una película pequeña pero matona, española, de escaso presupuesto y amplio valor: toca hablar de Todas las mujeres, de Mariano Barroso, un director de largo recorrido, que debutó en el largometraje con Mi hermano del alma y tiene obras tan interesantes en su haber como Éxtasis o Los lobos de Washington. Él es el ejemplo de cineasta español esforzado, polifacético y multitarea, con el sello de contar siempre historias personales de forma muy natural, sin artificio ni pretensiones académicas.

Todas las mujeres fue originariamente, en 2010, una serie de televisión para el canal TNT. Este dato, que yo desconocía cuando entré a ver la película, no influye para nada, pero es curioso, porque de una serie de seis capítulos ha quedado un film conciso, claro, directo, redondo, de escasos noventa minutos. No hace falta subrayar para entender a unos personajes tan bien construidos, que hablan por sí mismos en unos diálogos que son oro, y con los gestos precisos, ni más ni menos. En algunos flashes se evidencia la escasez de medios en la producción, sobre todo en la textura de la imagen, pero lo compacto del conjunto es lo que brilla a lo largo del metraje. Con buenos actores y buen guión se dice todo.

No es nada fácil contar tan rematadamente bien una historia, no hay que pasarlo por alto; aquí es la de Nacho, un hombre de cuarentaylargos que no está satisfecho con la vida que ha terminado teniendo y que con el macguffin de un robo de ganado se ve obligado a enfrentarse a sí mismo y a sus circunstancias, a tomar las riendas. Él es uno de los mejores actores españoles, Eduard Fernandez, y está soberbio con la réplica sucesiva de otras seis estupendas actrices que interpretan a su mujer, novia, madre, antiguo amor/abogada, cuñada y psicóloga. Un hombre frente a a seis mujeres, podría parece una desigual lucha de sexos, pero la película no es simple, ni superficial, es una muestra de las relaciones humanas tal cual son.  No hay lecciones, ni grandes conclusiones, solo una cámara muy cerca de los personajes, que recoge de forma profunda y veraz el zumo que se genera en esta mezcla de comedia y drama, como es la vida misma. Bravo por este cine pequeño, de personajes, de buenas historias, sin trampa ni pirotecnia.

Barroco destarifo

No era una película que me apeteciera demasiado ver, pero Álex de la Iglesia ya es un poco como Pedro Almodóvar -que me gusta bastante más-, si estrena es un acontecimiento y con los pocos que hay en el cine español hay que ir a verlo para poder opinar. Despliegue de medios, inventiva, atrevimiento, nada de eso le falta al director vasco. Había oído y leído de todo sobre  Las brujas de Zugarramurdi , unos la aplauden por valiente y personal, y otros la califican de bodrio sonrojante. Por suerte iba prevenida, y pese a no encantarme al menos no ha sido uno de esos casos en que la proyección se me hace directamente insufrible. No hay nada mejor en la vida que no tener expectativas.

Y bueno, la película de terror no tiene nada, aunque ese es el género en el que oficialmente la enmarcan; es más del tipo “de la Iglesia”, una comedia esperpéntica con mucho guiño a la idiosincrasia española y también vasca y con voluntad de exceso que se escenifica en el akelarre final. Como el director es de los que sabe rodar, Las brujas… empieza  trepidante y absurda con un atraco protagonizado por personajes de tebeo, a cada cual más inútil y ahí ya se ven las aptitudes de cada actor. Nunca hubiera imaginado que Mario Casas pudiera ser buen actor y parece que lo es. Para mí se destapó con Grupo 7 y aquí se reafirma aunque no sea un papel de los de lucirse, frente al limitado Hugo Silva, Casas es todo matices.

Desde el principio de la película, en concreto desde los mismos títulos de crédito que son una larga serie de grandes (y variopintas) mujeres de la historia, entremezcladas con imágenes de brujas, el conflicto es el de la lucha de sexos. La pelea eterna entre hombres y mujeres entendiendo los roles de género de forma muy convencional, aunque en el guión lo hacen con cierta gracia en diálogos que muestran a los protagonistas con sus problemas cotidianos: divorcio, custodia compartida, sexo, labores domésticas e implicación emocional en la pareja. Como excusa no está mal.

El film, no obstante, se hace un poco largo y es muy irregular, con golpes buenos de comedia y momentos estelares en la huida de los atracadores, sobre todo cuando se encuentran a esas veteranas brujas por el camino hacia Francia (estupendas como siempre Carmen Maura y Terele Pávez). Ese empeño por alargar las situaciones, por hacer evidente todo el despliegue, por rizar el rizo hasta lo estéril es un hándicap de Álex de la Iglesia, aunque también sea para aplaudir su compromiso en hacer un cine diferente y espectacular que pocas veces hay en España. Pero aun reconociendo eso no es de las películas que te capta la atención o te lleva, más bien revisas el móvil y tus preocupaciones mientras los personajes siguen a la suya, con persecuciones en el tétrico caserón y situaciones gore que tampoco es que te revuelvan demasiado. El destarifo final sí que resulta un poco sonrojante, aunque es divertido descubrir de repente a Santiago Segura y Carlos Areces caracterizados como señoronas vascas con todo su acento y sus ácidos comentarios.

 

La familia inventada

Últimamente tener una película española en cartelera es una rareza que capta la atención. Si se trata de la nueva de Daniel Sánchez-Arévalo, aún más, aunque el tráiler y el exceso futbolero a priori no atraiga demasiado. Empieza nueva temporada y se anuncian estrenos atractivos, como la nueva de David Trueba para finales de octubre, y siempre tras el Festival de San Sebastián que ha empezado este fin de semana, se presentan las películas más destacadas del año. La gran familia española es la cuarta de Sánchez-Arévalo, que debutó con mucho éxito con Azuloscurocasinegro. Su terreno es siempre el de lo sentimental y emocional y no lo hace mal, aunque su filmografía sea irregular.

Tan irregular como me pareció esta película, que por momentos bordea el costumbrismo más casposo y el poco interés. Al poco de empezar, con la escena de la boda como acto central, no sabes demasiado hacia dónde va la historia, y no ayudan algunas interpretaciones como las de los adolescentes y Verónica Echegui. Nada demasiado desastroso pero sí un pelín chirriante, pero gracias a grandes actores como Roberto Álamo -mítico en la obra de teatro Urtaino Antonio de la Torre (su actor fetiche, fijo en todas sus pelis) y a momentos de chispa en las conversaciones de los hermanos, en especial Miquel Fernandez y Quim Gutierrez, La gran familia española no cae del todo.

Los guiños a títulos clásicos como Siete novias para siete hermanos y El guateque, y las escenas en que Sánchez Arévalo mejor luce como guionista de tragicomedias familiares, son también destacables. Es curioso, conforme avanza no hay nada en el film lo suficientemente grave para detestarlo pero tampoco aparece nada que termine de darle cuerpo. Hay secuencias brillantes y hay otras flojas, y en especial el trasfondo permanente del fútbol y de la final del Mundial que finalmente ganó la selección española, no es importante ni aporta nada más que ruido a la historia. Pero ya muy al final se desvela un secreto familiar narrado por Caleb, el hijo huido a África durante dos años e interpretado por Gutiérrez, que aporta la emoción que necesitaba para rematar la película y le da enjundia a todo el conjunto. Ese golpe opera como acto de magia y consigue cerrar las fisuras que presentaba La gran familia española. Así se destapa el verdadero sentido de todo el embrollo: lo que cuenta no es la familia como concepto y obligación per se, sino las familias que se inventan a sí mismas, con sus propias reglas, unidas en el amor y la lealtad, más allá de convencionalismos, más allá de títulos. Y ahí Daniel Sánchez Arévalo te gana.