Un celler con mucho fondo

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Con una copa de vino tinto todo cambia. Esto me dijo sabiamente una vez mi amiga Mar, en una de esas comidas que se convierten en días que se enredan -aunque la mejor, recuerda, siempre es la primera, o como mucho la segunda. Mi criterio con los vinos se basa en que me sepan bien. Queda claro, por tanto, que no soy una experta, sencillamente pruebo, me dejo recomendar y archivo en mi memoria (o en mi evernote) los vinos que me han seducido. Si en algo soy experta es en vivir bien, en buscar y rastrear donde sea necesario lugares, comidas, bebidas, música, restaurantes…, en no conformarme. Todo lo que tenemos a nuestro alcance es para disfrutar y expandir la mente, el gusto, la perspectiva. Y esta semana he tenido la oportunidad de conocer de primera mano cómo se elaboran algunos de mis vinos valencianos favoritos, los del Celler del Roure en Moixent y ha sido una maravilla.

vallEl camino desde Valencia es de una hora, siempre y cuando no te confundas en el desvío de la autovía de Albacete ni te pierdas metiéndote por pleno centro del pueblo. Pero no pasa nada, me encanta confundirme si luego voy explorando la carretera de les Alcusses, todavía insegura y sin cobertura en el móvil para verificar con Google Maps, y el paisaje sinuoso de calzada estrecha pero en perfecto estado, se va haciendo más y más interesante, cada vez más bello, como un tesoro que se va desvelando. Y así fue. Conforme más bello era el entorno más convencida estaba de que era por fin el camino correcto. Masías a un lado y otro, extensiones de vides y olivos, amapolas, poco coche, sol radiante, olor a tierra, y todos los matices de verde que componen el conjunto de un rico valle a los pies de las Serra Grossa, la vall dels Alforins. La Toscana valenciana, dicen algunos con gracia. Lo cierto es que se trata de un enclave único y sorprendente a muy pocos kilómetros de la ciudad, y tan diferente que resulta embriagador, para perderse, efectivamente, y para repetir.

Los vinos de Moixent y alrededores, anteriormente dedicados a la producción para otras denominaciones de origen y vinos de mesa básicos, han vivido un renacimiento con fuerza y prestigio desde principios de los años 2000 gracias a los esfuerzos de algunos pioneros. Sacar el ingenio, beber de la tradición, tratar con mimo la tierra, perfeccionar los cultivos con las mejores técnicas, rescatar uvas autóctonas como la mandó y recuperar incluso el reposo en tinajas de barro para avivar la DO Valencia y articular una nueva zona vitivinícola. Todo eso han conseguido en pocos años bodegueros de la zona, como Daniel Belda o Pablo Calatayud, responsable del Celler del Roure.

El vino es para paladearlo, y detrás de cada uno hay todo un mundo. No desisto de aprender el vasto arte de la enología, poco a poco, quién sabe. Lo que es una suerte es descubrir cómo funciona una bodega y cómo se diseña, se mima, cada vino. Y de todo eso ahora sé un poco más gracias a las completas explicaciones que me hicieron en nuestro recorrido por el Celler, Javier y Paco, sus dos enólogos, que hablaban con pasión de cada una de sus criaturas, su elaboración, la selección de las uvas, el funcionamiento de la producción, el sentido de cada uno, e incluso me descubrían con ilusión un nuevo vino con etiqueta roja pero aún en capilla, a punto de darse a conocer.

El primer vino que probé de esta bodega, años atrás, fue Les Alcusses, y siempre ha sido un referente para cenas, regalos y amigos. Luego Maduresa, el gran tinto de la casa, y más recientemente Setze Gallets, uno joven muy resultón para las comidas de cada día. Sucede que si te los cuentan los vinos te pueden saber incluso mejor. Durante la visita a la bodega pude probar los otros dos que me faltaban, Cullerot y Parotet, blanco y tinto respectivamente, los primeros criados entera y exclusivamente en tinajas de barro conservadas bajo tierra.

Bodega Fonda de Celler del Roure

Bodega Fonda de Celler del Roure

Después del bello camino en coche y recorrer los distintos espacios de producción, llegar hasta esa bodega fonda, galería subterránea excavada con más de trescientos años de antigüedad, es la última de las sorpresas de un lugar que resulta fascinante. Y lo mejor siempre es quedarse con ganas de más. Para repetir.


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