Arte o paroxismo

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Cuando sales del cine de ver Whiplash el pulso acelerado y el delicioso ritmo jazzístico dentro no dejan lugar a dudas. Es una película avasalladora, no permite un respiro, arrasa al modo de un tren a gran velocidad. Su creador es Damien Chazelle, que firma el guión e hizo una versión previa en forma de cortometraje, alguien insultantemente joven y muy parecido al sufrido protagonista. Como Andrew, él también fue estudiante de música -especialidad batería- en una exigente escuela neoyorquina y vivió en sus carnes la dureza de sus profesores, aunque no hasta los límites de locura que se ven en el film. La palabra en inglés whiplash significa literalmente latigazo cervical, todo un símbolo.

En poco más de hora y media asistimos a la intensa pelea por la excelencia entre el joven aspirante y el veterano mentor que no deja hueco al fallo. En la búsqueda por la perfección, esa ambición que va mucho más allá de la mera superación personal, muestra incluso la patología de ambos personajes que se encuentran en el camino y conectan por un motivo que ellos entienden con una mirada. No se conforman con ser buenos, tienen que marcar un hito y no piensan parar hasta conseguirlo, incluso arriesgando la propia vida. Whiplash no emite juicios morales, es un latigazo, una película que en poco más de hora y media te transporta sin descanso por el intenso entrenamiento, los choques profesor-alumno, los concursos y las relaciones del joven con su escaso entorno social, su padre y un intento de novia. A ratos no hay duda, Fletcher es un despiadado perfeccionista que maltrata a sus alumnos, pero luego Chazelle se encarga de retratar con muchos matices –sic– el masoquismo del alumno que nunca tiene suficiente, y entendemos ese punto en el que ambos hacen click.

El planteamiento de hasta dónde es necesario o correcto llegar en el arte para trascender es el quid de la película. La secuencia en la que el profesor le explica que la lacra para cualquier artista es oír la frase “buen trabajo” resulta clavada, aunque abre la puerta a interpretaciones respecto a los límites que uno mismo se impone y dónde empiezan la enfermedad. Sobre músicos rozando la demencia hay muchos ejemplos, y a mí Whiplash me ha recordado, por suerte, más a aquella Sinfonía en Soledad en torno al genial pianista Glenn Gould y su desesperada búsqueda de la perfección, que al descafeinado loco de Shine.

Un tour de force semejante, en un intenso a ver quién puede más, con la cámara vibrando y pegada a los protagonistas, no podría conseguir su propósito si no fuera por los grandes intérpretes que los encarnan, el joven Miles Teller y J.K Simmons en el papel de su vida. Actor curtido en la televisión, rostro familiar para todos gracias a infinidad de series de televisión, como secundario de los hermanos Coen, por sus papeles en la saga de Spiderman y como el adorable padre en Juno, por citar sólo algunas partes de su extensa filmografía, con Whiplash se está llevando todos los premios con toda lógica. Una película apasionante y apasionada que te deja ko.


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