Lo mejor de la comedia española

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Primero que nada todos hablamos de Carmina y amén por la innovadora forma de difusión que ha elegido su autor, Paco León, que prefiere saltarse las reglas de la distribución convencional para atraer al espectador hacia su obra sea como sea antes de pensar en la recaudación de la taquilla. Una cosa lleva a la otra, claro, que esto es un negocio, y la cultura se paga y es medio de vida, pero el “sea como sea” es por ejemplo, estrenar la película en salas de todo el país, literalmente, incluso en pequeñas ciudades de provincias, y llenar salas para que el público la vea. Seguro como estaba de su creación esta estrategia está pensada para alimentar el efecto boca oreja, el mejor marketing que hay, y la buena imagen que da una apuesta tan libre. El aire fresco de hacer las cosas simplemente diferentes.

Si en su primera película, Carmina o revienta, nos sorprendió descubrir su talento para manejar el esperpento tan bien encarnado por su madre, Carmina Barrios, aquí Paco León se supera con creces y entrega una comedia negra excelente en la estela del cine clásico español del que más orgullosos podemos estar, el de Berlanga con los guiones de Rafael Azcona. Carmina y amén es mucho mejor que su antecesora y sorprende por la madurez y el pulso con el que está llevado un material delicado por lo a fondo que se mete en la vida cotidiana de la España más humilde, que fácilmente podría haber caído en el ridículo o el trazo grueso. Pero no, el director sabe muy bien lo que hace, se mueve cómodo y afina mas que en su opera prima, en la que quizá caía algo en el exceso en su retrato del lumpen. Esta vez no hay nada que objetar.

El conflicto en el film surge con la muerte inesperada del padre de la familia y su ocultación durante un fin de semana para poder cobrar la paga extraordinaria. La picaresca necesaria para sobrevivir. Carmina, esa matriarca excesiva y avasalladora que arregla la vida de todos y respira con dificultad aunque sin dejar ni un momento de fumar, gestiona todo el embrollo con la complicidad de su hija, María León -en otra gran actuación- y mientras se cruza con la variopinta colección de vecinas, a cada cual mejor interpretada. En apenas hora y media asistimos a un buen puñado de escenas antológicas del humor entre negro y absurdo, con sus críticas sutiles pero certeras a la realidad española.

Y sin embargo, más allá de la buena comedia esperpéntica, Carmina y amén es sobre todo cine veraz, humano, pegado al suelo, que mete la cámara en la que podría ser la cocina de una familia cualquiera de clase baja en nuestro país sin resultar artificial o impostor. La guinda de la película es ese final tan emocionante con el My way en versión de Nina Simone y Carmina dándose un homenaje, echándose más que nunca el mundo a la espalda.


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