Thriller con mensaje

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Es complicado escribir sobre una película como Perdida -otra vez el título original, Gone Girl, es más justo y afinado-, sin destriparla para los que no la han visto aún. Haremos un esfuerzo. No vamos a descubrir aquí quién es David Fincher, uno de los maestros del cine norteamericano actual, apuesta segura, responsable de grandes films por los que no pasan el tiempo, como Seven, El club de la lucha, Los hombres que no amaban a las mujeres o La red social. Fincher es de esos cineastas que no pretenden trascender como autor sino ser un gran profesional, contar historias endiabladamente bien y entretener al espectador, sin más, o eso es lo que parece. Lo que ocurre es que, de paso, lo deja fascinado en la butaca.

La comparación con el genio Alfred Hitchcock aún es desmesurada pero va en esa línea; sin pose pero con destreza e inteligencia suficientes para transformar incluso historias inspiradas en la realidad, o historias cotidianas, en tremendos thrillers que muestran lo inquietante que hay en la vida corriente. Un ejemplo perfecto de ello es Perdida, que se inicia como una película del montón sobre una desaparición y que evoluciona de forma muy bizarra en una trama a dos voces sobre, digamos, dónde están los límites. La historia es una adaptación a cargo de la propia autora, Gillian Flynn, de una novela de éxito. Dicen que el material previo ya era así de bueno y su traslación a la pantalla, fiel a más no poder.

Fincher no se complica queriendo aportar su sello en los guiones, lo que hace es elegir con gusto exquisito los proyectos, y cuando llega el momento de filmar y montar exhibe su poderío. El lenguaje fílmico no tiene secretos para él, consigue que una película de casi dos horas y media se haga corta, pura vibración en la butaca con una puesta en escena y un montaje trepidantes incluso con las subidas y bajadas que tiene el relato que empieza siendo una historia policíaca sobre una desaparición para virar en un retrato despiadado del matrimonio como concepto y de las falsedades del hombre moderno.

Ben Affleck y Rosamund Pike son las dos caras de ese matrimonio precozmente amargado. Ambos están brillantes en las recreaciones de unos personajes que no son nada fáciles, como también los secundarios, Carrie Coon, en el papel de la confusa hermana del protagonista, Neil Patrick Harris, como el obsesivo amigo de Amy, o la detective Kim Dickens. Mención especial por debilidad personal, a la banda sonora compuesta una vez más por el tándem Trent Reznor y Atticus Finch que tan buenos trabajos están haciendo con Fincher.

En una interesante polémica a raíz del estreno de Gone girl ha surgido el debate de si se trata de una película misógina o feminista. Aquí un enlace a un completo artículo de la revista Time al respecto. Me parece simplista reducirlo así y no puedo ahondar en el asunto sin revelar la esencia de ella pero diré que en un punto medio se encuentra tanto el guión como la película en cuanto a producto final. Fincher, con la excusa del thriller, hace un retrato que va más allá, lleno de matices, una gran sátira de parte del mundo actual, la necesidad de ser lo más (por ejemplo, la cool girl que tan bien construye Gillian Flynn) arengada por el bombardeo de imputs, todo estímulos que alimentan la insatisfacción del -inmaduro- hombre moderno, del consumismo en un sentido filosófico. Ansiar ser lo más (¿respecto a qué o quién, al fin y al cabo?) en lugar de invertir energía en ser nada más que uno mismo con todas las consecuencias, más allá de apariencias, convenciones y caprichos vacuos.


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