El aliento de un niño

This post has already been read 66 times!

A veces ocurren los milagros. Y Boyhood es uno de los pocos verdaderos que yo he experimentado en una sala de cine. El cine puede ser un delicioso juguete de puro entretenimiento pero también puede alcanzar cotas trascendentales cuando se propone ahondar en la esencia del ser humano, explicarlo, reflejarlo, con la veracidad y el ingenio de las grandes obras de arte. Y éste es el caso. Boyhood que hace un relato nada enfático sino sutil y como -la-vida-misma de los doces años, desde los 6 a los 17, en la vida un niño cualquiera de una ciudad gris y suburbial de Estados Unidos. Mención especial para su banda sonora, reflejo de los distintos tiempos del recorrido.

Ese Mason, interpretado tan bien por Ellar Coltrane, que vemos crecer ante nuestros ojos, podría ser cualquier pequeño del mundo occidental, con pequeñas variaciones culturales autóctonas. Y atención, que hablo de milagros y trascendencia por su calado, pero se trata de una película nada efectista ni rimbombante, sin énfasis en las transiciones que remarquen el paso de los años ni explicaciones innecesarias. Eso le da tanta frescura que pese a lo largo de su metraje -dos horas y media- una no desea más que seguir sabiendo de la vida de Mason, y todos los personajes que le rodean en ese momento tan decisivo que es el salir de casa e iniciar camino por su cuenta.

En Boyhood Richard Linklater demuestra que cine y vida pueden ser lo mismo, algo con lo que ya había experimentado en la trilogía de Jesse y Céline (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer). Como en aquellas, también tenemos a Ethan Hawke, en el papel de padre inmaduro que va creciendo en la pantalla, como la madre interpretada por una maravillosa y rescatada en toda regla Patricia Arquette. Ambos encarnan a seres erráticos pero con voluntad, que tratan de salir adelante cometiendo errores, solventándolos y haciendo básicamente lo que pueden. Con ellos todas las pequeñas historias tan humanas que componen Boyhood, con sus imperfecciones y miserias, el desgaste en la edad adulta, el alumbramiento de los primeros pasos.

La esencia de la película es captar precisamente esa cotidianidad de la existencia, que en realidad se engrandece con la perspectiva del paso del tiempo. Ahí está la poesía, como en esta cita de Lou Andreas-Salomé: “La vida humana -qué digo, la vida en general- es poesía. Sin darnos cuenta la vivimos, día a día, trozo a trozo. Pero, en su inviolable totalidad, es ella la que nos vive, la que nos inventa. Lejos, muy lejos de la vieja frase “hacer de la vida una obra de arte”; no somos nuestra obra de arte.” Justo eso.


Deja un comentario