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Un deseo puede con todo

Intuyo que pocos, o ninguno, me vais a leer hoy. Seguro que todos andáis ocupados preparando la Nochevieja, fiestas, cenas en casa, escapada rural, quién sabe. A mí me parece todo perfecto, así puedo cerrar 2013 como me gusta sin demasiados espectadores, reflexiva, un punto melancólica y, eso sí, muy deseosa de lo que hay por delante. Ya sé, es un día más, una noche más, y mañana simplemente el día siguiente, pero los rituales existen por algo, nos hacen humanos, marcan ciclos y luego cada uno decide la importancia que le quiere dar. En septiembre empieza el curso y nos hacemos listas de objetivos, en año nuevo también (aquí cuentan motivos y explicaciones) aunque este inicio en invierno tiene un poso diferente, al menos para mí. Caen con todo su peso los doce meses, hago balance y ahí cabe todo: alegrías, logros, fallos, bailes, decepciones, momentos inolvidables, penas, picnics, personas, descubrimientos… Y aún así la felicidad hoy tiene un matiz melancólico, por esas ganas de retener todo lo bueno, de venerarlo, de besuquearlo. Los recuerdos son eso, recuerdos, que están, que nos llenan, que nos devuelven la sonrisa, pero que ya han pasado. Y hay que seguir, no vamos a parar.

Sé que el 2013 ha sido nefasto en muchos sentidos y para mucha gente, algunas amigas cercanas han perdido a seres queridos, otros han perdido el trabajo, ha habido de lo bueno también, hay, en fin, mucha historia dentro de este mundo, en grande y en pequeño, incluso dentro de mi propia vida. Pero en lo grande, en lo importante, soy afortunada y feliz y me ha encantado este año, aunque eso no signifique que haya sido fácil. Y con el bagaje entero, no hay forma de parar el tren y el camino sigue. No hay espera, llega 2014, o se le pone ilusión, o nada, es cuestión de actitud que aunque no hace que pasen cosas, ayuda mucho. ¿Deseos? Muchos, íntimos y privados, proyectos, objetivos, pero en realidad todo se resume en uno: ganas de vivir, y con eso claro no hacen falta embrujos ni hechizos ni esperanza de que 2014 traiga imposibles, porque teniendo ganas, nadie se va a interponer en nuestro camino.

Desde las navidades pasadas Begoña, Elena y yo hemos institucionalizado una comida en el Samurái (Conde Altea, 43). Cocina japonesa como excusa para reencontrarnos porque no todas vivimos en Valencia, y dar una buena nueva. En 2012 todas sonreíamos pero la gran noticia la dio Bego. Esta vez ha sido Elena quien traía prometedoras novedades. Nuestra comida de las buenas noticias, así la hemos bautizado. Veremos cuál es el año que viene, pero que siempre hayan excusas para brindar. Entre los propósitos más pedestres que están en mi lista: aprobar el examen de certificación de Francés, aprender a hacer paella, escuchar más a menudo Músicas posibles en Radio 3 (qué programa tan bueno e insólito), desconectar de las múltiples pantallas, andar más por la naturaleza, y hacer algún viaje largo. Todo eso, y más. La buena vida, ahora más que nunca.

 

 

Maneras de afrontar la Navidad

Una nunca está del todo preparada para la Navidad, guste más o menos. Nada es tan obvio en la realidad más íntima como en los anuncios televisivos que por estas fechas nos abruman, que siempre concentran una tropa de fans y detractores. El exceso de azúcar, el kitsch español y la realidad inventada se mezclan en los spots recurrentes de la Lotería (este año con el impagable Raphael) o de Campofrío. El ánimo flojo que nos alimenta esta crisis y sus circunstancias es pasto perfecto para la lágrima fácil y autocompasiva de todo un país, o para el cabreo supino por indignación, no hay término medio. Esta columna ha sufrido los vaivenes de una reforma en casa y gestiones prioritarias y casi sin anestesia pasamos en plancha hacia las fechas navideñas, y se hace lo que se puede; la semana que viene no se publicará y a la siguiente, para acabar el año, sí. Avisados quedan.

Los compromisos propios de este mes y la estrechez de la cartera obligan a organizarse muy bien la agenda, sin poder hacer viguerías pero sin mutar en un Grinch cualquiera, que eso de echar pestes de la Navidad está un poco trasnochado. Cine con sobrinos, reuniones familiares que deseamos tener en armonía, las mejores comidas y cenas posibles (que no falte el cocido al estilo de la mamá aunque cocinado por alguna de las cuñadas), llamadas telefónicas de rigor y encuentros con amigos que hace tiempo que están pendientes. Cuando nos hacemos mayores no es tan habitual recibir regalos y se suele recurrir al amigo invisible (el “amigo secreto”, según mi padre) como excusa para mantener cierta ilusión infantil. Sean los que sean los gastos a hacer, mi único esfuerzo va a ser comprar en el pequeño comercio, en mercados y tiendas cercanas, por gusto y por convicción.

La Navidad es quizá el momento más delicado del año. Hay quien echa demasiado de menos a los que no están, le amargan tantas dificultades o viven con peso la soledad, todo muy humano y comprensible. Con todo, yo abogo por enfrentar la morriña con afán de disfrute, más que del consumo -que nos deja siempre tan vacíos e insatisfechos-, de los instantes inmediatos en compañía por pequeños que sean, de los buenos recuerdos del año que termina y de los proyectos para el que viene. Que sea como sea 2014 no nos pille sin ideas ni ilusiones, que de eso también se vive, o mejor dicho, se vive mejor.

rendicionUn desayuno de sábado -tranquilo, con tiempo- en El Parisien, un paseo por el centro en plan flanneur y esperando las rebajas, espigolar por el Mercado Central a ver a cuánto están las ostras, comprar unos pasteles en Lambert, descubrir lo que hay en la nueva tienda Sebastian Melmoth de la calle San Fernando, ir el Aperitiver de Tórtel y a ver La Rendición en la Rambleta, ponerte al día con revistas y series pendientes, cocinar un postre casero abrigada del frío para sorprender a alguien, renegar de cualquier plan festivocaótico en Nochevieja. Aunque no tengo vacaciones estos son algunos de los planes que me planteo, y habrán más seguro, porque siempre acaban llegando sorpresas, buenas o malas.

Exilio en la ciudad

He tenido que exiliarme de mi casa por reforma. Eso ha supuesto un poco de caos en mi funcionamiento y el retraso de algunas cosas, como esta columna que en lugar de martes sale un domingo en medio de dos semanas importantes. Hay que ser flexible y plantearse prioridades cuando no se llega a todo. Y aquí estoy, escribiendo en mi casa de acogida, que Marta me ha abierto tan generosamente. Acostumbrada a vivir sola, resulta divertido ir encontrando notas con dibujos y avisos para que me aclare si quiero poner el lavaplatos o si busco el exprimidor, tan necesario para mis zumos de limón matinales. Es curioso porque este piso también tiene unas vistas increíbles desde lo alto, cerca de la Alameda y frente a la ciudad. Parece que estoy destinada a habitaciones con vistas. Yo, encantada. Menos la casa familiar y mi estancia neoyorquina -en que habité un sencillo apartamento en un barrio muy poco hispter de Brooklyn-, todos los lugares en los que he vivido tenían buenas panorámicas. La perspectiva limpia, la visión amplia, la calma de las alturas, todo, tiene un efecto balsámico entre el estrés diario.

Y qué decir, pues que es una gozada volver a estar en la ciudad. No me voy a emocionar, porque son sólo unos días pero poder olvidarse del coche y caminar arriba y abajo, sin depender más que de tus piernas, es el gran pro en la balanza urbanita vs retiro. Las ventajas de la vida apartada ya las he loado muchas veces y la gracia es encontrarle el punto positivo a todo. Lo hablábamos la otra noche Mónica, Israel y yo, mientras devorábamos una ensalada de arroz y unos bocatas en el Melocomo -clásico de adolescencia en el Ensanche-; que no tiene sentido desgastarse dándole vueltas a todo lo que no nos gusta de una situación o de una persona, o ves lo bueno y lo potencias, o a otra cosa, mariposa, que total, estamos aquí cuatro días, no es cuestión de pasarse tres, amargado. Por eso en el “a ver quién puede más”, entrego la victoria sin mucho esfuerzo, no me interesan esas batallas, no tengo tiempo que perder.

tapineriaEl puente de la Constitución y la Inmaculada antaño vaciaban un poco la ciudad, ahora no tanto, y las calles del centro han estado abarrotadas a media tarde, todos preparando ya las Navidades. Al margen de los mercados de siempre, que es época de pisar más a menudo, parece muy interesante lo que están haciendo en el Mercado de Tapinería, que cada quince días cambia todo lo que vende. Hasta el día 15 hay una buena cantidad de puestos donde comprar regalos de Navidad diferentes. Para mí aún quedan lejos, además mis celebraciones especiales las haré antes y por libre. No soy de las que echan pestes, tampoco soy muy fan, simplemente es final de año -el inevitable balance- y época de juntarse un poco más con la familia, aunque no es mal plan para quién pueda, coger un avión y excusar la ausencia. Si hay niños pequeños es cuando todo adquiere otro cariz. Este año que el frío ha empezado tan fuerte en otoño, las pistas de hielo de Nuevo Centro y sobre todo la novedosa en la plaza del Ayuntamiento parecen ideadas para trasladarnos al norte, como si no estuviéramos en nuestro querido Mediterráneo.

 

Tocar mare

Cuando tienes un trabajo en el que te pasas las horas frente al ordenador, y a veces enlazas con los fines de semana y la lista de tareas no tiene fin, el simple gesto de apagar, de salir, lo es todo. Últimamente un brindis habitual es por las cosas buenas que nos traen las redes sociales, que las hay aunque nos saturen. Ay, Facebook del amor al odio hay un paso…Y el omnipresente whatsapp que nos lleva a todos enganchados es aún peor. ¿Estarían nuestras vidas muy vacías sin ellas? No creo. Mi amiga Mónica lleva más de un mes sin y está encantada, y toda su paz te la transmite. Nos hemos acostumbrado a los antiguos y limitados sms y optamos por quedar a tomar una copa de vino tinto, aunque sólo sea para una hora de charla, para ponernos al día y reírnos un rato. Y sienta de maravilla. Así que bienvenidas las herramientas para unirnos, conocernos, encontrarnos…y después, mejor hacer un uso selectivo de ellas.

Apagar, desconectar, cambiar el paso, dedicar tiempo a leer en otros formatos, a tocar, a palpar a otra persona o mirarla a los ojos, a estar en silencio solo o acompañado, y no solo silencio de no hablar, sino el silencio de parar el runrún interior de preocupaciones, asuntos pendientes, de actualizaciones de timeline y revisión del chorro de mensajes. Descompresión, silencio, cambio de paisaje y contacto, contacto como el de siempre, el de verdad. Tocar mare. Cuánta falta hace.

bar pedroCambiar la ruta, también. Este fin de semana lo he hecho: salir de la ciudad, coger un poco de carretera, madrugar en domingo, conducir cuando no hay tráfico y bajar a zonas de veraneo deshabitadas que tienen ese encanto tan particular. Y he descubierto un lugar al que volver y volver. Por el interior de Denia, el camino que te lleva hacia Jesús Pobre, junto al Parque Natural del Montgó, es un paisaje que remite un poco a Formentera, con campos y espacios que no parecen de la costa valenciana, sobrecargada, sino tranquilos, aparte, sin carteles publicitarios, cuidados, donde se respira aire relajado en una mezcla de colores, ocres y verde, muy hermosa. Si además comes barato y de maravilla en el bar Pedro (Calle Pare Pere, 3) la excursión sale redonda.

La última semana de noviembre siempre es especial. Acaba siendo mi cumpleaños y eso, más allá de celebrar o no, me lleva a voces_muvimhacer balance, a repasar un poco mi vida, echar de menos a los que me faltan, pensar en quién soy, lo que he aprendido, y sentirme enormemente rica por los que están y me quieren. Es un momento contundente del año. Y se mueven cosas. El viernes, eso sí, hay una cita a la que no hay que faltar en el MuVIM. Mi amiga de la facultad, Ana Mansergas se pasó el verano por Kenia con la organización Voces para la Conciencia y el Desarrollo grabando un documental en la casa de acogida Anniban de Lamu con los de la productora Uranes Films. Ahora presentan el resultado, Voces: Soñando culturas, para dar a conocer el trabajo que hacen y recaudar fondos para sus proyectos. Es a las siete y media de la tarde, con jolgorio y concierto de Xibo Tébar y la África Jazz Big Band, además del grupo la Gauche Divine.  No está mal el plan, ¿no?

La vista desde las afueras

Para una urbanita como yo plantearse vivir fuera de la ciudad no era lo más obvio pero razones prácticas me llevaron a ello y ahora, cuando va a hacer un año del cambio, no puedo estar más contenta, aunque eso me obligue a hacer a veces algunos malabarismos. Cuando bajo a Valencia tengo que organizar al máximo cada minuto para meter todas las citas, gestiones, recados pendientes, y amigos en el mismo día, y como tengo una política bastante inamovible respecto al no uso de parkings, el más difícil todavía es manejarse con el coche de manera sensata y no ruinosa.

En la balanza positiva, muchas cosas: vida tranquila, sin ruido, sin tráfico, sin vecino sociópata,… y que aunque sea mínima, la distancia me proporciona una perspectiva desde fuera, de visitante, con un punto fresco. Ahora ya no votaré en las próximas elecciones municipales, con lo interesantes que estarán, pero veo las sombras de la ciudad que gobierna Rita sin sufrirlas tanto y también valoro muchísimo sus encantos, voy, cojo lo bueno y me retiro a mi refugio. El artículo que la semana pasada publicaba Jesús Terrés en GQ ha corrido como la pólvora por mi entorno en redes sociales; a todos nos encanta su visión entre apasionada y cínica de las razones por las que mola tanto Valencia. A veces seremos un desastre pero tontos tampoco, y sabemos ver nuestras contradicciones y miserias, sin que se nos amargue tampoco el gozo. La paella, siempre -que los tópicos existen por algo-, el pertinaz buen tiempo -aunque este año hayamos pasado de la camiseta al abrigo de invierno tan de repente-, el espíritu pirata y alegre siempre de fondo, y tantos locales ricos para manducar, para alternar, para hacer vida en la calle.

guardianEste fin de semana también apareció Valencia como sitio de referencia en un artículo de viajes en el periódico británico The Guardian -ese tótem del diseño y del contenido-. Una periodista ha sacado oro de una visita de 48 horas a la ciudad y lo cuenta con detalle. Es interesante leerlo para captar la visión que ofrecemos a los de fuera, y comprobar que el encanto está tanto en la historia, los lugares icónicos, y los pequeños comercios. Esos pequeños rincones que la revista Verlanga se ha propuesto recoger en una nueva sección y qué bien. Aún hay tantos, y en días de esos de gestiones entre semana que vas con prisa pero también recorres calles no evidentes, me sigo tropezando con algunos de siempre, que permanecen tan dignos frente al desastre, y otros nuevos que siguen abriendo, valientes sin saber adónde irán a parar. Entre los semi-nuevos, porque lleva ya unos años, está Punt de Sabor, una tienda de la que soy fan. Nadie imaginaba que un local tan feo como el antiguo Ghetto se iba a transformar en esa tienda abierta, despejada, moderna y con productos frescos ofrecidos directamente de nuestros agricultores sin intermediarios. Cuidan el detalle y consiguen clientes fieles. ¿Cómo no serlo en temporada de naranjas y clementinas?

 

[Foto de Punt de Sabor: Diario Design]

Los regalos de Ana

La semana ha estado convulsa con el despropósito del cierre de RTVV, noticias de última hora, declaraciones chanantes de Fabra, reacciones masivas en contra, manifestación multitudinaria y rumores sobre el porvenir. En momentos así, disculpen, a mí sale la vena autista, muero por saturación de tweets y por esa tendencia tan española de todos opinando a fondo, ‘amb molt de seny‘ (algo así como con sentido, con sensatez, pero aquí, ojo, es irónico) de todo, juicios morales incluidos. Tengo ideas al respecto, la noticia en sí misma es mala, pero en casi nada existe el blanco o negro, la escena es compleja, muchos actores, muchos culpables, muchas actitudes cuestionables. Yo os leo y os escucho pero, por una vez, callo.

Mi amiga Ana tiene dos pasiones, la comida y la música. Es una suerte porque sus allegados, de una manera u otra, acabamos disfrutando por extensión de ellas. Como cocinera te puede agasajar con uno de sus platos estrellas, las papas rellenas, influencia de su rouseascendencia peruana, y como sibarita te recomienda lugares de los que hay que tomar nota (esa lista que también amplío cuando hablo con Bego), y tiene especial valor porque en sus comidas nunca hay alcohol (ups) ni por tanto, confusión. En cuanto a la música suele tener la agenda de conciertos -y festivales- tan repleta que siempre hay ocasión de dejarse caer por alguno de ellos para acompañarla -con muchísimo gusto- ya sea a la sala Wah-Wah o la Ciudad Deportiva de Benidorm. Ella sola no da a basto y el viernes pasado, no habiéndose extendido aún la teletransportacion, le cubrí en La Rambleta para ver a Josh Rouse, ese cantautor folk de Nebraska asentado por amor en Valencia. ¿Qué mejor razón para emigrar?

Pero había más, las entradas venían con regalo extra, cena para dos en el restaurante de La Rambleta, el acabóse. Un Noviembre muy vivo es el lema que han elegido para promocionar el centro cultural de la Ronda Sur, que no necesita demasiada promoción porque de hecho parece que es el único que funciona ahora mismo en Valencia. Sale mucho en agendas y columnas, y qué vamos a hacerle, es que todo, o casi todo, pasa ahora mismo entre esas paredes. Sólo esta semana llegan los lienzos de Javier Aramburu -por fin, tan otoñales, tan apropiados- y el jueves toca una banda de culto y de largo recorrido como Spain, pop susurrado spain_rambletacon toque jazz. El domingo pasado por fin disfruté también de la popular Terrassa Pop. Se entiende el llenazo y el ambiente: música en directo, solete del bueno, es normal que mayores, medianos, niños y los del postureo, se pongan de acuerdo. Me gusta cuando voy a un sitio y encuentro de todo. Esta semana habrá que volver y consolarse del disgusto de que Mala Rodríguez haya cancelado su actuación de este sábado en Noise. Ponerle color sea como sea al fin de semana, que hay mucho para descansar y algo que celebrar.

Momentos robados

En el contraste está el punto para encontrar el valor de las cosas. Si todos los días fueran fiesta no habría ninguna ilusión de que llegara un viernes festivo como el de la semana pasada. Siempre digo que no puedo entender que medio mundo se pase el tiempo quejándose de volver al trabajo el lunes y deseando que llegue el viernes; eso supone odiar tu vida 5 de cada 7 días. Y así, vamos mal. Durante años tuve trabajos con horarios imposibles y libranzas en días laborables y eso te habitúa a organizar ocio y trabajo de forma imaginativa; cuando tú tienes fiesta, otros trabajan, y a la inversa, así que un martes puede ser una noche estupenda para salir a cenar y reunirte con tus amigos. Hoy en día, además, quien tiene trabajo no se puede quejar -dicen los tópicos, claro-, y la ventaja de los cada vez más numerosos trabajadores por cuenta propia es que haces como quieres: trabajas en sábado pero a cambio libras algún rato entre semana.

Bueno, hoy me ha dado la locura de contar solamente las lindezas del freelance, dejo para otro día las jornadas interminables, las cuotas abusivas y el juego del escondite con los clientes. Pero incluso en la vida más normal hay pequeños grandes lujos debidos a esa libertad. Un miércoles cualquiera, en medio de un intenso día al ordenador puedes organizarte para ir a comer bien acompañada a L’Alfàbega (Conde Altea, 30) y nada, un sencillo menú -pero con arrós del senyoret incluido- te pone la sonrisa para seguir con la semana. No olvidas las preocupaciones, ni los mails que esperan respuesta, pero de repente tienes un delicioso punto de fuga entre las manos, te sientes travieso, pillo, gozando tanto tanto en días de supuesta rutina para todos. Son los momentos robados que más se disfrutan.

Esta vez me he dado prisa en probar una recomendación de la que hablé aquí la semana pasada. Ese nuevo local de Ruzafa, en concreto en Literato Azorín 18, se llama La Conservera y lleva sólo unas semanas abierto. Qué rico y qué idea tan buena han tenido. La propuesta no puede ser más simple: latas de pescado en todas sus variedades y procedentes de Portugal, junto a alguna ensalada y postres caseros, todo riquísimo. No hay mucho por inventar, está claro que el truco al final es saber encontrar tu hueco en lo específico, en lo exclusivo y atreverse con gusto y gracia. Al local no le falta detalle y su éxito está justificado. De todo lo bueno nos gusta repetir, ni nos cansamos ni nos conformamos.