Archivo de febrero, 2015

El gusano de la noche

Hace meses Jake Gyllenhaal parecía uno de los seguros premiables en su papel de Nightcrawler, en la senda de actores que se someten a una gran transformación física para interpretar a ciertos personajes. Robert de Niro, en muchas pero el principio fue Toro Salvaje, Charlize Theron en Monster, o Christian Bale en El maquinista son algunos de los ejemplos recurrentes. Gyllenhaal aparecía en las fotos de rodaje tan trabajado como delgado y se apreciaba sobre todo en su rostro: ojos saltones, cráneo marcado, mirada demente. Sin embargo su gran interpretación ha quedado en segunda fila, como la de Jennifer Anniston en Cake, para las nominaciones de los premios gordos, SAG, Globos de Oro y Oscars. Los premios no son sinónimo de juicio justo y no vamos a entrar en lo evidente.

El film está escrito y dirigido por Dan Gilroy, que debuta en la dirección aunque es un veterano guionista de thrillers más o menos peculiares; en su haber, Freejack o Misión Explosiva (ups), pero también y sobre todo abundantes trabajos televisivos, que sin duda le habrán servido de documentación para Nightcrawler. El significado de la palabra que da título ya dice mucho de su argumento: gusano que sale de noche y que suele usarse como cebo en la pesca, y en sentido figurado, en general la persona que está socialmente activa o trabaja sólo de noche. Y esto es Lou, un arribista interpretado por Gyllenhaal que simboliza a la perfección el tópico del don nadie norteamericano que a base de empeño, frases de autoayuda y pocos escrúpulos consigue ascender lo inimaginable mediante el todo vale.

Cuando empieza la película es un pobre diablo que sobrevive como puede en la ciudad de Los Ángeles a base de trapicheos pero que se mueve con soltura en el crimen. En uno de sus paseos nocturnos en coche presencia un accidente y descubre el negocio de las grabaciones de sucesos para los canales locales de información televisiva y algo en él hace click. A partir de ahí el desarrollo del personaje y de la historia es escalofriante, acerado, con excelente pulso, bien desarrollado, tan cruel como contundente.

Más allá del aspecto físico la composición de Jake Gyllenhaal es apabullante en sus matices y leves gestos corporales, como un gusano que va a la víscera, se mete dentro y te provoca el malestar en el estómago propio de los excesos que no encuentran limitaciones a su paso. Frente a él está la estupenda René Russo también en uno de sus grandes papeles, como la estrella de los informativos venida a menos que hará cualquier cosa para relanzar su carrera. Un retrato oscuro y despiadado del sensacionalismo televisivo en sus más bajas cotas.

Arte o paroxismo

Cuando sales del cine de ver Whiplash el pulso acelerado y el delicioso ritmo jazzístico dentro no dejan lugar a dudas. Es una película avasalladora, no permite un respiro, arrasa al modo de un tren a gran velocidad. Su creador es Damien Chazelle, que firma el guión e hizo una versión previa en forma de cortometraje, alguien insultantemente joven y muy parecido al sufrido protagonista. Como Andrew, él también fue estudiante de música -especialidad batería- en una exigente escuela neoyorquina y vivió en sus carnes la dureza de sus profesores, aunque no hasta los límites de locura que se ven en el film. La palabra en inglés whiplash significa literalmente latigazo cervical, todo un símbolo.

En poco más de hora y media asistimos a la intensa pelea por la excelencia entre el joven aspirante y el veterano mentor que no deja hueco al fallo. En la búsqueda por la perfección, esa ambición que va mucho más allá de la mera superación personal, muestra incluso la patología de ambos personajes que se encuentran en el camino y conectan por un motivo que ellos entienden con una mirada. No se conforman con ser buenos, tienen que marcar un hito y no piensan parar hasta conseguirlo, incluso arriesgando la propia vida. Whiplash no emite juicios morales, es un latigazo, una película que en poco más de hora y media te transporta sin descanso por el intenso entrenamiento, los choques profesor-alumno, los concursos y las relaciones del joven con su escaso entorno social, su padre y un intento de novia. A ratos no hay duda, Fletcher es un despiadado perfeccionista que maltrata a sus alumnos, pero luego Chazelle se encarga de retratar con muchos matices –sic– el masoquismo del alumno que nunca tiene suficiente, y entendemos ese punto en el que ambos hacen click.

El planteamiento de hasta dónde es necesario o correcto llegar en el arte para trascender es el quid de la película. La secuencia en la que el profesor le explica que la lacra para cualquier artista es oír la frase “buen trabajo” resulta clavada, aunque abre la puerta a interpretaciones respecto a los límites que uno mismo se impone y dónde empiezan la enfermedad. Sobre músicos rozando la demencia hay muchos ejemplos, y a mí Whiplash me ha recordado, por suerte, más a aquella Sinfonía en Soledad en torno al genial pianista Glenn Gould y su desesperada búsqueda de la perfección, que al descafeinado loco de Shine.

Un tour de force semejante, en un intenso a ver quién puede más, con la cámara vibrando y pegada a los protagonistas, no podría conseguir su propósito si no fuera por los grandes intérpretes que los encarnan, el joven Miles Teller y J.K Simmons en el papel de su vida. Actor curtido en la televisión, rostro familiar para todos gracias a infinidad de series de televisión, como secundario de los hermanos Coen, por sus papeles en la saga de Spiderman y como el adorable padre en Juno, por citar sólo algunas partes de su extensa filmografía, con Whiplash se está llevando todos los premios con toda lógica. Una película apasionante y apasionada que te deja ko.