Archivo de enero, 2015

El vuelo alto de Michael Keaton

Con Birdman, el mejicano Alejandro González Iñárritu ha dado un giro a su filmografía que había llegado quizá a un punto de no retorno en cuanto a seriedad y morbo en Biutiful. Personalmente aún reconociendo su gran valor como narrador de historias en forma de puzzle (21 gramos), rodando acción humana (Amores perros) y como director de actores en dramas siempre trascendentales (Babel), nunca me ha conmovido al punto que debería por los temas tratados. Es más bien de esos cineastas que respetas, reconoces pero que no forman parte de tus favoritos. Aquí el planteamiento como comedia satírica sobre el cine dentro del cine de entrada ya es más curioso, y sí, Iñárritu se divierte y se aligera, aunque sea un poco.

En Birdman contemplamos los entresijos del montaje de una obra en Broadway a cargo de una antigua estrella de Hollywood, anclada en un papel de superhéroe que le dio la fama -el hombre pájaro del título- y cuya carrera desea relanzar con credibilidad y seriedad, lejos de quién fue. En su camerino y entre bambalinas vemos la pelea constante consigo mismo, con su hija, y el elenco de la producción para sacar adelante el estreno, con toda la presión y los miedos a flor de piel. La industria norteamericana es especialista en retratar sus demonios y miserias mejor que nadie, ejemplos fáciles de esos monstruos de ego frágil que podemos ser cualquiera, y para la creación del papel de Riggan hay innumerables precedentes tan prodigiosos como All that jazz, de Bob Fosse o Noche de Estreno de Cassavetes.

birdman_nortonAquí todos los actores lucen excepcionales, en pequeños y grandes papeles: Naomi Watts, la esforzada compañera debutante sobre las tablas, Zach Galifianakis, el productor y amigo, Edward Norton, como el actor de método y soberbia descomunal que llega para ensombrecer a todos, o Emma Stone estupenda en el papel de la hija en rehabilitación. Pero el protagonista sobresale entre todos ellos, porque en Birdman asistimos a la gloriosa -e insospechada- reinvención de Michael Keaton en actor con mayúsculas, y resulta emocionante verle dando vida de manera tan completa a un trasunto de sí mismo, elaborado con cariño y profundidad por los autores del guión. Keaton era ese actor siempre condenado a films convencionales, a veces muy resultones pero que no iban mucho más allá de aquel primer Batman de Tim Burton -a reivindicar- y thrillers de sobremesa como De repente, un extraño. Aquí da gusto verle dando alas al atormentado Riggan.

El subtítulo de Birdman, …o la inesperada virtud de la ignorancia dice mucho de la reflexión que aporta el film, porque aunque tenga tono de comedia, y momentos de vodevil, de ligero al final tiene poco. Iñárritu usa la metáfora del teatro que es la vida, antigua como la cultura occidental, tan bien reflejada en La vida es sueño de Calderón de la Barca, para contar la permanente búsqueda del ser humano, la lucha con el ego y el reflejo en el espejo, los personajes que somos dentro y fuera del supuesto escenario. Y no lo hace mal, con momentos hasta brillantes y un fondo muy rico. Sin embargo, para mí, tratando asuntos tan humanos como los que trata se queda un tanto en la periferia intelectual, demasiado cerebral, que sólo logra superarse con la cálida actuación de Keaton, con su entrega totalmente orgánica al personaje. En una continua vibración jazzística y un permanente -aunque trucado- plano secuencia seguimos sus pasos hasta que alza el vuelo, y él es el que hace grande la película.

Mi vermut con Verlanga

La voluntad sin límites

Los Oscars como cada año, y ya desde el anuncio de las películas seleccionadas en las nominaciones, representan un cúmulo de decepciones. No me voy a extender en ellas ahora, sólo remarcar lo curioso de que dos películas muy british como The imitation game y The theory of everything, sobre científicos alucinantes y visionarios realizadas de manera convencional y hasta un pelín descafeinada copen demasiadas candidaturas. Es la victoria del cine más académico, correcto, y a la vez insulso, por encima de la audacia.

Con esta introducción parecería que La teoría del todo me parece una mala película, y no es así en absoluto. Pero cuando se trata de la biografía de un gran científico todavía vivo como Stephen Hawking, autor del maravilloso libro Breve Historia del Tiempo, una espera algo grande, algo más grande aún que la interpretación portentosa que hace de él Eddie Redmayne, algo tan contundente como su contribución a la Ciencia y al siglo XX. Pero la sensación que queda es de ‘podría haber sido mucho más’. Una lástima. Dejamos pendiente, entonces, esa gran película que relate de verdad y a fondo los misterios del universo, de la investigación y la creatividad en física, con esa destreza de los sabios que conocen cómo hacer llegar la ciencia incluso a los más profanos, al estilo de Bill Bryson y de la que hace gala también Hawking en sus obras de divulgación.

En La teoría del todo descubrimos en especial al joven Hawking, sus andanzas en Cambridge, su pasión por las matemáticas, la música y las estrellas, sus buenos amigos, su enamoramiento de Jane, joven estudiante de lenguas latinas, los primeros titubeos de origen desconocido y el duro trago de aceptar una enfermedad por la que le daban un máximo de dos años de vida. Que el poder de la voluntad no tiene límites lo sabemos todos, aunque a veces historias reales tan gloriosas como ésta vienen bien para recordárnoslo y quitarnos tonterías, o sea limitaciones, de encima. No es necesario tener siquiera una inteligencia superdotada como la suya, el arma realmente poderosa es la pasión por la vida, por el conocimiento, por estar aquí y hacerlo con sentido.

Basada en el libro escrito por esa Jane que fue su primera mujer y el motor que le empujó con fuerza adelante, la película se centra sobre todo en la microhistoria del genio, los pequeños pasos, los esfuerzos sobrehumanos de Jane, los cambios en la familia, el agotamiento, los amigos que ayudan alrededor, el éxito académico y mediático, hasta la separación amistosa de la pareja en 1990. Y en ese propósito de melodrama biográfico el balance es positivo gracias a una ambientación muy acertada y a los dos soberbios protagonistas, el citado Redmayne, que se transforma sin énfasis, con soltura y maestría en el complicado personaje real con todas sus complicaciones fisicas, y la deliciosa Felicity Jones, que ya destacó en The invisible woman, aquí otra vez toda sutileza y detalle. La teoría del todo es el relato de esa pareja, de sus grandezas y miserias, nada más y nada menos.

Por debajo del personaje

Que la vida no es necesariamente justa es algo evidente con sólo echar un vistazo alrededor y a lo largo de la Historia. Ésa es la sensación principal con la que nos quedamos una vez vista The imitation game, –Descifrando Enigma según la distribuidora en España, y conociendo mejor a Alan Turing, un genio precursor de la informática, matemático, filósofo, y personaje perseguido por homosexual en la Gran Bretaña posterior a esa guerra que él ayudó tanto a terminar. Solamente en 2013 la actual reina Isabel II reconoció en un edicto público la injusticia cometida y se le retiraron todos los cargos (sic). Hollywood es muy fan de rescatar historias reales y convertirlas en lustrosos biopics listos para la temporada de premios. The Imitation Game nace respaldado por el sello Weinstein así que no dudamos de su paso firme para los próximos meses.

Pero es una lástima que semejante personaje, lleno al parecer de recovecos y facetas interesantes sea objeto de una buena, meramente correcta película para complacer al gusto más académico, sin astucia ni riesgo por ningún lado. La historia ya me resultaba familiar; en 2001 Michael Apted dirigió Enigma, protagonizada por Dougray Scott y la estupenda Kate Winslet, aunque el guión de Tom Stoppard era una adaptación de la novela de Robert Harris, el enfoque era más hacia la intriga y no se metía en ninguna ambigüedad. Aquí Graham Moore traslada un libro de no ficción escrito por Andrew Hodges, lo que le a priori debería implicar un marchamo de fidelidad a la realidad sin embargo ya se han detallado las numerosas inexactitudes de la película.

The imitation game es uno de esos films que a modo de batidora une las ingredientes adecuados para conseguir el efecto deseado, o sea, uno de los éxitos de la temporada: ambientación extra cuidada, gran elenco de actores, momentos de tensión dramática para lucimiento del protagonista, música rimbombante y remate final con moraleja. Y se ve con interés, el personaje lo tiene, las buenas interpretaciones de los secundarios, Keira Knightley, Mark Strong, Charles Dance y del ubicuo Benedict Cumberbatch lo merecen, y el relato, con los saltos en el tiempo entre la infancia de Turing, la guerra y el fin de sus días perseguido, mantiene el ritmo. Pero una vez vista sabes que es fácilmente olvidable.