Archivo de octubre, 2014

Herramientas para despejar incógnitas en Social Media

El pasado viernes 24 de octubre se celebró en Madrid el primer Social Day dedicado exclusivamente al arduo asunto de las métricas. La elaboración de contenidos y la estrategia online tienen mucho de creatividad -es fundamental para marcar la diferencia con nuestra marca- pero los datos y la riqueza que se puede sacar haciendo una buena lectura de ellos también es básica para crecer y mejorar. Es ahí donde las métricas nos ayudan y respaldan nuestro trabajo frente a los clientes.  Leer más…

El aliento de un niño

A veces ocurren los milagros. Y Boyhood es uno de los pocos verdaderos que yo he experimentado en una sala de cine. El cine puede ser un delicioso juguete de puro entretenimiento pero también puede alcanzar cotas trascendentales cuando se propone ahondar en la esencia del ser humano, explicarlo, reflejarlo, con la veracidad y el ingenio de las grandes obras de arte. Y éste es el caso. Boyhood que hace un relato nada enfático sino sutil y como -la-vida-misma de los doces años, desde los 6 a los 17, en la vida un niño cualquiera de una ciudad gris y suburbial de Estados Unidos. Mención especial para su banda sonora, reflejo de los distintos tiempos del recorrido.

Ese Mason, interpretado tan bien por Ellar Coltrane, que vemos crecer ante nuestros ojos, podría ser cualquier pequeño del mundo occidental, con pequeñas variaciones culturales autóctonas. Y atención, que hablo de milagros y trascendencia por su calado, pero se trata de una película nada efectista ni rimbombante, sin énfasis en las transiciones que remarquen el paso de los años ni explicaciones innecesarias. Eso le da tanta frescura que pese a lo largo de su metraje -dos horas y media- una no desea más que seguir sabiendo de la vida de Mason, y todos los personajes que le rodean en ese momento tan decisivo que es el salir de casa e iniciar camino por su cuenta.

En Boyhood Richard Linklater demuestra que cine y vida pueden ser lo mismo, algo con lo que ya había experimentado en la trilogía de Jesse y Céline (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer). Como en aquellas, también tenemos a Ethan Hawke, en el papel de padre inmaduro que va creciendo en la pantalla, como la madre interpretada por una maravillosa y rescatada en toda regla Patricia Arquette. Ambos encarnan a seres erráticos pero con voluntad, que tratan de salir adelante cometiendo errores, solventándolos y haciendo básicamente lo que pueden. Con ellos todas las pequeñas historias tan humanas que componen Boyhood, con sus imperfecciones y miserias, el desgaste en la edad adulta, el alumbramiento de los primeros pasos.

La esencia de la película es captar precisamente esa cotidianidad de la existencia, que en realidad se engrandece con la perspectiva del paso del tiempo. Ahí está la poesía, como en esta cita de Lou Andreas-Salomé: “La vida humana -qué digo, la vida en general- es poesía. Sin darnos cuenta la vivimos, día a día, trozo a trozo. Pero, en su inviolable totalidad, es ella la que nos vive, la que nos inventa. Lejos, muy lejos de la vieja frase “hacer de la vida una obra de arte”; no somos nuestra obra de arte.” Justo eso.

Más allá de la isla

Una de las carencias más graves que lamento en el cine español es el desaprovechamiento profundo de los periódicos, de la realidad como fuente de inspiración para contar cosas, ¡con el vivero de noticias que es este país! Los que simplifican y en general no conocen el cine que se hace por aquí suelen señalar la omnipresencia de la Guerra Civil en sus argumentos aunque eso sea un cliché. Salvo contadas y honrosas excepciones, como Enrique Urbizu, últimamente Daniel Monzón y el propio Alberto Rodríguez, pocos directores se atreven a mirar abiertamente a la realidad inmediata y a mostrar lo que ocurre. Sí, muchos guiones intimistas con la dictadura de fondo -antes, durante o después-, como en Vivir es fácil con los ojos cerrados, pero poco meterse en las tripas de los asuntos sucios o simplemente interesantes de la Historia. Y vaya si hay tema para hincar el diente en las décadas de los 70 y 80, transición, terrorismo, o en la actualidad, o ¿no sería interesante una gran película sobre los GAL por poner sólo un ejemplo?

No es necesario trasladar al pie de la letra un suceso real, basta con enmarcar el argumento en un contexto definido y reconocible, atreverse a manejar ese material y a contar la acción humana concreta. Hablo de ese cine de grandes vuelos pero sin ínfulas, cuya loable pretensión no es más que la contundencia de un buen relato. Pienso en Jim Sheridan cuando En el nombre del padre, en Clint Eastwood casi siempre, en films que son lecciones de historia como Margin Call incluso. Pongo las expectativas muy elevadas pero en ese espacio es donde se mueve Alberto Rodríguez, que ya en 2012 trajo con Grupo 7 lo mejor del cine español. En La isla mínima cuenta con la fuerza de un gran guión detrás, ensamblado mano a mano con Rafael Cobos y en el que se entrelazan tres crímenes en el contexto de finales del franquismo separados en el tiempo pero relacionados por las personas, quizá, implicadas. Y lo hace de maravilla sustentado por una ambientación -Sevilla y alrededores- muy lograda, con un poderío visual que sorprende y recuerda a los pantanos lúgubres y de atmósfera pegajosa que hemos visto hace poco también en la serie True Detective.

Aquí también vemos a una pareja de policías con maneras muy distintas de actuar, uno es el joven con ambiciones, una manera progresista y a veces simplista de entender el país y la profesión, y el veterano de maneras incorrectas y pasado oscuro que a la vez revela una gran humanidad en el trato en corto. Es una manera de simplificar, algo que por suerte la película no hace, porque Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo encarnan a la perfección cada uno en lo suyo, la ambigüedad que ha sido la Transición misma en España, la mezcla incómoda entre las fuerzas del pasado y el futuro, y lo mejor es que Rodríguez apunta todo eso, lo sugiere, sin cerrar ni sentenciar, lejos del maniqueísmo. Junto al dúo de investigadores que recorren las marismas del Guadalquivir en busca de la solución a un crimen es una maravilla ver el trabajo de secundarios como Antonio de la Torre y sobre todo Nerea Barros, como los padres sufridores de las jóvenes asesinadas, todo en un conjunto que refleja muy bien el clasismo, la vida miserable frente al señorito andaluz.