Archivo de junio, 2014

Eléctrico mes de junio

El 16 de junio es una fecha señalada, no sólo por ser el Bloomsday. Y es curioso, me he dado cuenta este año, en torno a ella siempre se dan momentos de sensibilidad extrema, como  esas epifanías que relataba, también, Stephen Dedalus. Ayudan estos días extralargos previos al solsticio de verano, esa luz característica mediterránea, tan brillante y poderosa, este calor impetuoso y las ganas que, se nota, tenemos de salir de nuestras cuevas. Todo esto se va adivinando desde que empieza la primavera pero ahora se vive el estallido final. La vida, ese instante de junio. Siempre junio, tan prometedor.

Vibrante. El viernes fue un día intenso, y lo pasé en La Rambleta escuchando y piponeando todo lo que pasaba en el València Vibrant, del que haré un post específico. Había que estar, y próximamente participar. Tuvo sus momentos cumbre y lo mejor los apuntes que sacamos de lo puesto en común, con la ilusión y también el escepticismo de fondo, porque esta ciudad nos apasiona y nos desespera al mismo tiempo. Primera conclusión: salí con la cabeza embotada pero la inspiración aún me llegó para girar el rumbo en el coche y coger la carretera hacia el Saler. Y lograr respirar hondo ya desde el mismo trayecto, con la Albufera a la derecha, cantando a voz en grito y soltando dudas y nubes conforme me adentraba en el bosque mediterráneo que se reparte entre las rotondas y te hace creer que estás más lejos de la ciudad. Qué maravilla. Sí, todo va a salir bien.

Por la noche, la recuperación definitiva tomó forma en una cena con dos buenas amigas por Ruzafa. Charla, mucha mucha, noche de chicas, lo he dicho ya, comida rica y sencilla en La Conservera y risas. Alivios. Moverse, por el medio que sea, y salir de uno mismo son dos ejercicios infalibles para la salud. Cambiar, a veces, de perspectiva, obligarte casi a quitarte del cajón e improvisar, romper el paso. Y continuar.

paradetulsaCuando estoy sola los sábados repletos son una de mis pasiones. Aprovecho al máximo la incursión en la ciudad, pim pam, pim pam, y mi ímpetu contrasta con la quietud que se respira en casa de mi padre. A veces voy tan acelerada que ni la aprecio, pero estamos en junio, y con mis sentidos hiperdesarrollados, la percibí y la saboreé. Esa galería amplia que da a un gran patio interior, característica del Ensanche, el sonido del reloj de cuco, nuestros pasos atenuados en un pasillo cubierto de alfombras, los arroces por encargo, el silencio y la conversación tranquila. Quién nos ha visto y quién nos ve. Estar en paz, perdonar y amar, cuidar, estar, simplemente estar. Con este paisaje de lo cotidiano, la incursión por Benimaclet con la excusa de ver de cerca a Parade en el Tulsa hizo buena combinación. Carácter, brío y cariño. Estos días eléctricos de junio. Pura vida.

Importancia del contenido vía 30letras.com

Una ciudad en presente continuo

Vibrante es un estado o una cualidad que no se puede forzar ni fingir, aunque la palabra a veces suene muy manida. El pasado viernes 13 de junio alrededor de 300 personas se reunieron en La Rambleta con ocasión del València Vibrant, foro ciudadano que agrupa a profesionales de la empresa, la universidad, el diseño, la cultura y la comunicación, con una voluntad de cambio para la ciudad.

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La vida en crudo

Aquí últimamente la cosa va mucho de cine español. Con Hermosa juventud el director Jaime Rosales ha sido el único representante español en el último Festival de Cannes, esta vez en la sección Un certain regard, donde fue recibida con buenas críticas. Rosales es un habitual del certamen, en el que goza de prestigio y seguimiento desde el principio de su carrera en 2003 con Las horas del día, aquella inquietante cinta con Alex Brendemühl en la piel de un psicópata de barrio.

Autor nada comercial, en Hermosa juventud Rosales dice iniciar voluntariamente una etapa más cercana al espectador aunque eso no significa que sea fácil de ver. En absoluto. Pero esta vez el discurso es más claro, para contar lo más crudo de la realidad actual, -el título no puede contener más sarcasmo. Una pareja de veinteañeros que viven en un barrio humilde del extrarradio madrileño intenta salir adelante. Les vemos enamorados y asfixiados por la falta de dinero y sobre todo de perspectiva, haciendo chapuzas para sacarse 10 € diarios, pequeños hurtos en el centro comercial, juntándose con la pandilla para hacer botellón y conviviendo con sus familias igualmente deprimidas.

Jaime Rosales controla a la perfección el material, tiene claro lo que quiere contar, dando voz a los que normalmente no la tienen, y consigue sacar de los dos jóvenes actores, Ingrid García Jonsson y Juanma Calderón, unas interpretaciones preciosas, perfectas, veraces. Junto a ellos también todos los actores, ajustados a sus personajes grises, emborronados. Aunque dura poco más de hora y media el film se hace pesado por su espesura de la que resulta difícil abstraerse.

Hermosa Juventud no es cómoda de ver, la cámara va pegada en todo momento a los protagonistas, así que vivimos con ellos su angustia, y no hay tregua. Con los planos generales el cineasta muestra a la perfección el ambiente que les rodea y les oprime, el desánimo general, el no hay futuro. La pobreza real, sin más. La imagen es en todo momento sucia, sin artificio de ningún tipo, a pesar de algunos recursos (pantalla de móvil, whatsapp, ráfagas de fotos) que emplea puntualmente Rosales. Pura austeridad para un cine de nivel que se compromete con la realidad y muestra el paisaje desolador que está dejando esta crisis. Una película amarga donde las haya, sin concesiones, que retrata la vida real en su contexto más agrio, la dureza de estos tiempos para unos más que para otros. Es verla y reconocer la fortuna de lo que uno tiene.

“Cualquier cosa que merezca la pena hacer, hay que hacerla lentamente”

Mae West