Archivo de marzo, 2014

Telefilm con Oscar

Que los Oscars es uno de los mayores escaparates del cine mundial es un hecho, por mucho que a veces nos pese. Y en ocasiones ocurre que una película sin salirse del montón, gracias a una estatuilla, ocupa un lugar privilegiado en los papeles. Ocurrió en 2005 cuando Crash, de Paul Haggis le arrebató el premio a Mejor Película a Brokeback Mountain, favorita y clásico instantáneo. En aquel caso un mediocre y efectista telefilm de buenas intenciones se imponía al escándalo (sic) de un amor genuino entre dos cowboys en lo más profundo de Estados Unidos. Aún así, lo imperdurable se impone y hoy (casi) nadie recuerda el film de Haggis.

Dallas Buyers Club no pasa de ser un telefilm bastante limitado en su narrativa e imaginación pero le salva, y mucho, el trabajo de sus actores, Matthew McCounaughey y Jared Leto, ambos ganadores del Oscar como actor principal y de reparto, respectivamente. La película cuenta la historia real de un electricista metido en múltiples trapicheos de mala muerte que en 1986 es diagnosticado de SIDA y ante las nulas expectativas de vida que le dan los médicos, muy perdidos en el inicio del virus, decide buscar y probar toda clase de fármacos aprobados en otros países para combatir la enfermedad, y de eso mismo hacer también negocio. Todo su recorrido es una pelea constante con las autoridades anti-droga, una lucha por seguir viviendo.

Es interesante volver la mirada a ese momento de desconcierto, a esos primeros titulares a mediados de los ochenta que hablaban de forma tan burda de una plaga homosexual, que contaban la sorprendente muerte de una estrella como Rock Hudson, que intentaban colocar el asunto, tenerlo controlado. El director Jean-Marc Vallée ejecuta correctamente el encargo y cuenta esta historia de pelea contra el sistema con simple eficacia, y lo más valioso es contemplar la evolución del macho homófobo protagonista cuando entra obligadamente en contacto con gays y trans de todo tipo, unidos por el mismo ímpetu.

La fuerza del protagonista, su aliento incansable pese a cualquier obstáculo es algo heroico, y la interpretación que hace McCounaughey, extraordinaria. Ya llevamos más de una año aplaudiendo su giro de guaperas sin más a actor con mayúsculas. Magic Mike, Mud, la serie True Detective, y ahora ésta, Dallas Buyers Club. Junto a él, un delicado Jared Leto -siempre recordado por el adolescente Jordan Catalano de la serie de los noventa My so called life– le da la mejor réplica.

LBV singular

Rita

Rita es periodista y en su cuestionario comparte con mimo algunas de sus alegrías y divertimentos cotidianos. Cuidar sus plantas, ver una buena serie o leer antes de dormir, esconderse en una sala de cine en esos días en que todo parece que va fatal, el burlesque, caminar por el campo o la playa, salir a bailar por muchos años que pasen y mantener sea como sea la perspectiva del gusto por vivir sin automatismos. Para los demás es un placer leerla.

Un pasado bien encajonado

Hay artistas que te alegran que existan, al margen de si conectas o no demasiado con ellos. Reconoces su valor, su lugar en el mundo, su voz. A mí me pasa eso con el cine de Wes Anderson, que me gusta más como concepto, como autor único y cuidadoso, que por sus resultados que al final me quedan un poco lejos. Desde sus primeros títulos, Academia Rushmore y sobre todo Los Tenenbaums se reveló como creador inconfundible. Gusta de una estética vintage, le van las familias peculiares, un poco disfuncionales, un poco intensas, los niños perdidos y Bill Murray es un must. Nada que objetar. En sus películas siempre encontramos a personajes entrañables, de esos a los que quisieras abrazar, y todo tiene un aire melancólico, con puntos de bon-vivant pero nunca de gran alegría.

Tras el bonito amor de adolescencia narrado en Moonrise Kingdom, Anderson se traslada a la Vieja Europa, inspirado por el escritor austríaco Stefan Zweig, por su novela La impaciencia del corazón y en especial sus memorias, El mundo de ayer, como él mismo ha reconocido. En El gran hotel Budapest seguimos las andanzas de un exquisito conserje -estupendo Ralph Fiennes- con dotes de gigoló que muestra a un joven aprendiz el oficio al tiempo que de fondo diversos personajes pelean por una inmensa fortuna, aventuras que le sirven a Wes Anderson para hacer un recorrido por los años más convulsos de la historia del continente, desde el ascenso de los nazis hasta la ocupación soviética de los países del Este.

No es que El gran hotel Budapest sea una mala película, ni mucho menos, es muy buena, objetiva, simétricamente, cuidada al detalle, con su artificio de historieta, pero a mí personalmente me resulta demasiado encorsetada, cuadrada a una estética que no deja respirar, fluir a los personajes, a las relaciones humanas que por ahí transitan. Su elenco de actores es impresionante, también la música de Alexander Desplat y la dirección artística de Adam Stcokhausen, pero semejante perfeccionismo (bien documentado) me deja fuera de la trama.

Los particulares habitantes de este hotel zascandilean arriba y abajo, lucen impecables en sus trajes de Milena Canonero, y todo está en su sitio para esos travelling laterales marca de la cada que tanto gustan a Anderson y que hacen parecer al hotel una gran casa de muñecas. Quizá, después de todo, si de lo que se trataba es de hacer un alegato nostálgico de un tiempo perdido -tema recurrente y principal, junto a la familia, del cine de Anderson-, como algo estático y redondo, en lo que refugiarse, entonces su objetivo está más que cumplido.

LBV singular

Xavi

Con los acordes de ‘Ion Square (Banjo Or Freakout Remix)’ de Bloc Party sonando de fondo, Xavi se ha tomado un momento de introspección para repasar sus pequeños grandes placeres corrientes. Leer más…

Teatro carnal

El interés, por no decir fijación, de Roman Polanski con los espacios cerrados y los roles de dominación se ha evidenciado en numerosos títulos de su larga carrera como director. La semilla del diablo, La muerte y la doncella, o Repulsión, son quizá los mejores ejemplos. Una filmografía, la del director polaco, que para mí es referente y recurrente. Polanski es uno de los grandes que sigue en activo y todas sus obras tienen jugo que sacar, aunque luego el resultado sea más o menos redondo. Aquí, en La venus de las pieles, vuelve a adaptar un texto teatral con pocos personajes y mucha tensión, como ya ha hecho varias veces y precisamente en la anterior Un dios salvaje, basada en la obra de Yasmina Reza.

Me gusta que un autor tenga su personalidad definida y lo que unos llaman repetirse yo lo veo profundizar, diferenciarse con una visión particular del ser humano. Aunque Roman Polanski ha dirigido proyectos comerciales y de mayor presupuesto, como El pianista, Oliver Twist o El escritor– esta última un thriller tremendamente interesante-, la faceta que parece más suya y donde saca su fina capacidad analítica es en las películas diríamos de cámara, pocos actores y un potente texto. Como ésta, La venus de las pieles, basada en una pieza teatral del inglés David Ives, que a su vez se basaba en la novela del austríaco, Leopold von Sacher-Masoch, origen del término masoquismo, detalle en absoluto menor.

Aquí vemos encerrados en un pequeño teatro parisino un día de lluvia a un director con una actriz que llega tarde a hacer la prueba para el papel protagonista, encarnados por Mathieu Amalric y Emmanuel Seigner, mujer del propio Polanski que le regala el mejor papel de su carrera. Y en la concisa y directa hora y media que dura el film les vemos bailando en su acercamiento, en su tanteo,  sus juegos de poder y sometimiento, intercambiando los papeles de víctima y verdugo, como ya se veía en La muerte y la doncella, y cuestionando cualquier idea previa en las relaciones humanas. Ambos actores están estupendos, aunque especialmente Seigner, toda carnalidad y fuerza, como ya se adivinaba en aquella oscura Lunas de hiel de 1992. Una película muy teatral, rodada académicamente, cuyo mayor valor es un guión con muchas capas para desgranar y unos personajes que dan que pensar sobre roles, relaciones, lo público y lo privado.

Awesome

Elegir películas para ir al cine con mis sobrinos es a veces una tarea ardua. Hay que adaptarse a diferentes edades y nuestro gusto tiene un mínimo que nos impide ver algunos productos que idiotizan al público infantil, pero a la vez se trata de pasar un buen rato, ligero y despreocupado. A veces no queda más remedio que sufrir las tres horas de Avatar, en mareante 3D, y otras te maravillas con pelis que trascienden el mero entretenimiento como la saga Toy Story, Monsters, o en este caso, La LEGO Película, un derroche de imaginación narrativa y despliegue visual que jamás hubiera esperado con estos muñecos amarillos. Cuando ocurre que una película en principio infantil se revela como una obra mayor, y yo alucino en el cine y se encienden las luces y sigo alucinada, mis sobrinos me miran con cara desconcertada, entre la curiosidad y la burla.

Y es curioso porque una vez superada la duda inicial de lo que podrían contar y la apariencia que tendría con los limitados movimientos encajonados que -como los Clicks de Playmobil- tienen los muñecos Lego, lo que consiguen los directores y guionistas Phil Lord y Chris Miller, es una fiesta a ritmo de stop-motion que supone un hito en el desarrollo del storytelling, una de mis especialidades profesionales. El storytelling es, a modo de ejemplo asequible, lo que hacía Popeye a principios del siglo XX: contar historias con el fondo de una marca de referencia (espinacas o juguetes) pero que solo sirve de excusa, de escenario. Es una de las tendencias más fuertes ahora mismo en el marketing de contenidos, promocionar un producto de un modo diferente, con imaginación, con historias, y lejos del desgastado y estéril autobombo publicitario.

En La LEGO Película nos encontramos con Emmet, un trabajador de la construcción dentro del mundo LEGO que hace gala de su carácter gris, gregario, dentro del sistema, y se mantiene siempre positivo frente a cualquier inconveniente; para él todo es ‘awesome’, estupendo, impresionante. Por avatares del destino Emmet es confundido con “el elegido”, el LEGO extraordinario que tendrá que salvar al mundo de su destrucción, y en una huida hacia delante, se junta con una variopinta tropa de personajes que le ayudan en su misión. Desde Gandalf a Batman, pasando por Green Lantern, Vitruvius, las tortugas Ninja, Wonder Woman o Shaq, todos son muñecos LEGO con carácter propio pero la película juega a desmitificar el arquetipo por el que son conocidos hasta llegar a una vuelta de tuerca final (y genial) que mezcla animación con imagen real y actores. La aventura no es poca, la odisea del hombre corriente que se ve enfrentado a un reto descomunal y por el camino descubre su insustituible valor tras superar el conflicto con lo normal y lo establecido. ¿Acaso no todos los seres humanos tenemos que hacer ese recorrido?