Archivo de febrero, 2014

Desánimo contagioso

La temporada de premios cinematográficos llega a su traca final con la entrega este domingo de los Oscars, parece que bastante disputados en categorías importantes como actor o actriz. Ya hablaremos de ellos por aquí. Noche en vela por tradición y gusto, para comentar y compartir. Hace unas semanas fueron nuestros Goya, con una gala insufrible de la que mejor no hablar. El estado de la industria en España es desolador y gran culpa de ello la tienen las políticas -ahora del ministro Wert- que la asfixian. Y alzar el vuelo, se nota, es una odisea. Sólo el estreno de una gran producción como recientemente Lo imposible de J.A. Bayona anima algo el ambiente. Este año la triunfadora en las categorías principales ha sido Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba.

Iba al cine deseando que me gustara, lo prometo. David Trueba es un gran guionista y un director también notable con films siempre pequeños pero bien hechos, y el foco en los personajes, en historias humanas de pocos personajes. A destacar su ópera prima, La buena vida (guiño guiño), Bienvenido a casa o Soldados de Salamina. Parece también un gran tipo y escribe de maravilla para diversos medios de comunicación. Javier Cámara, el protagonista de Vivir es fácil, también es un actor que no deja de crecer. Sus papeles en Torremolinos 73, Malas temporadas, o Ayer no termina nunca, son muestra de ello. La acción se desarrolla en el Cabo de Gata, en Almería, un paraíso de referencia para mi también. En fin, había muchos elementos que alentaban su visionado. Pero no. Y aunque duela no puedo evitar pensar que si esto es lo mejor del cine español cuánto brillo, brío, energía, faltan.

Vivir es fácil con los ojos cerrados cuenta la historia real de un profesor de inglés que en la España franquista se propone hablar con John Lennon, de visita por un rodaje, para completar las letras de sus canciones para sus alumnos. Por el camino se encuentra a dos adolescentes en fuga que se suman al viaje. Lo mejor de la película está en el impulso que le pone Javier Cámara, en la banda sonora de Pat Metheny, en esos escenarios fotografiados con luz resplandeciente mediterránea, y en los detalles que revelan la opresión de un régimen dictatorial en las vidas normales y corrientes. Es interesante ver el contraste entre la España urbana y en ascenso con la España rural, tan lenta en su progreso por aquellos tiempos. Hay muy buenas intenciones pero los jóvenes protagonistas carecen de naturalidad y resultan un lastre, sus diálogos son impostados, de actitud pretendidamente cándida, no hay ritmo, no hay naturalidad. Es una pena.

Un martes por Barcelona

Cambiar de ciudad siempre es refrescante, pero si además es entre semana, la sensación de placer fugitivo, robado, es aún más grande. Los sábados y domingos es más evidente el movimiento, la holgazanería, los gestos de bon vivant, y aquí ya sabéis, lo que gusta es no lo-tan-evidente. Por asuntos profesionales tenía que visitar Barcelona, y además en días laborables, haciendo la unión perfecta entre la adrenalina del trabajo, los proyectos y las citas, y la buena vida que es mirar una ciudad como visitante tranquilo, sin estrés turista, como un caminante cualquiera. Y ahí en medio, entre las dos facetas, un hilo conductor, la creatividad, que se activa para sacar el máximo rendimiento a cada hueco.

Mucho tiempo sin ir a Barcelona, la capital más cosmopolita de España –en la que todas las marcas internacionales prefieren abrir su primera tienda– con la que yo tengo sentimientos ambivalentes y a la que desde Valencia nos une esa estupenda combinación de tren en tan sólo 3 horas. Con muchas ganas y el susto de casi perder el primer tren de un lunes, allí me planté y con el aliciente extra de cualquier plan, que es poder compartirlo. No sé a vosotros pero a mí estar en una gran ciudad siempre me da un plus de empuje y de inspiración, me pone bien las pilas. De la última vez que estuve en Londres surgió la decisión de empezar un blog y el nombre de la buscadora. Y seguimos. Aunque suene a tu prima la del pueblo, disponer de una red de metro extensa para llegar a cualquier punto, y con servicio constante a los valencianos, quizá, nos produce una emoción especial por tan desconocida. Quizá sea eso (guiño guiño).

Los días que he pasado en Barcelona, para más inri, coincidían con el Mobile World Congress, la feria más importante a nivel mundial de tecnología móvil, y la ciudad es un eco constante de ello muy curioso de experimentar. Visitar el MWC y contemplar también los alrededores es un espectáculo que tiene algo de fascinante, con su hormigueo constante y su particular fauna de congresistas techies -y no muchas mujeres, con acreditación al cuello como el cascabel del gato aún estando muy lejos del recinto de L’Hospitalet de Llobregat. Nada de lo humano me es ajeno, es una de mis frases referente. Y no hay que dejar de sembrar.

bacoa

Bacoa

Las ondas intensas de una gran ciudad que no es la tuya, la novedad, ese cambio de ritmo en tu rutina, la sensación que solo a veces encuentras completa de inventar tu propia vida y de que solamente tú decides…Todo en estos días ha sido una mezcla de pura energía que me ha llevado sin limitaciones pasillos arriba y abajo de vagón a vagón, calles, avenidas, y citas a un lado y otro de Barcelona. El flaneo, el encuentro, y volver -siempre- al gustazo de lo no evidente. Como no evidente es llegar hasta un recóndito edificio de tipo industrial en el extremo de Poble Nou y tras una puerta sin cartel encontrarte un espacioso, luminoso y estiloso estudio con vistas donde una interesante banda de creativos trama sus historias. Y por el camino, siempre, la suerte de encontrar a gente maja que despierta y conecta. Cecil y Nacho, y Enric, y otros, lo son. Que además uno de ellos tenga una amiga de Pego que se llame como yo, es la guinda para que hacer saltar las carcajadas. Menudos son, los de Pego.

Cuando la espesura diaria te aprieta es un buen ancla volver a momentos así que tú misma recuerdas haber vivido, en los que combina bien el trabajo y el disfrute y todo se mezcla y te pone esa sonrisa fija, esa sonrisa cuya gesto luego te duele en la cara. Porque hay esfuerzo y hay gozo: tomando al final del día un vermut en Ocaña, en una Plaza Real que luce preciosa aún con el jaleo provocado por la tribu del MWC. O reponiendo fuerzas a base de carne roja en el Bacoa de Universitat, una pequeña cadena de hamburgueserías gourmet, que aúna el mágico BBB (bueno bonito barato). Uhmmm…esa burguer manchega, esa salsa casera, ese local colorido, abierto, amplio.

El federal

El federal

La parada de rigor en La Central del Raval, la incursión por Passeig de Gràcia, recorrer la expo de la Virreina que me había recomendado Álex, y el callejeo por otros barrios, Camp de L’Arpa y la Sagrada Familia, poder quedar a almorzar con Provi y la pequeña Vega en el Casa Mariol de Provença, o recorrer el Paralelo y Sant Antoni, con su diversa riqueza. La oda al desayuno la dejaba para el final, que el gran descubrimiento de esta visita ha sido el Federal, un espacio abierto de la mañana a la noche y que sirve unos desayunos espectaculares en un ambiente acogedor y despejado, con un trato relajado y exquisito. Combinaciones perfectas. Como la de esa mañana fresca de febrero, el sol entrando por la ventana sobre nosotros, café, zumo de naranja y unos croissants que no eran de este mundo. Sí, a veces la perfección existe.

Espejo en blanco y negro

Hay películas que inevitablemente llevan asociado un discurso moral, un alegato que más o menos sutilmente subyace a su existencia. Son esas películas que generan debaten, confrontación, que hacen replantearse modos de vida, propios o ajenos, que tienen un discurso. Como por ejemplo, recientemente, El lobo de Wall Street -inevitable volver tanto sobre ella. En otro lugar se sitúa el cine que sólo pretende ser espejo de la realidad, mostrar la vida de seres humanos tal cual, o lo más cerca posible de ‘tal cual’, asumiendo que todo relato tiene un posicionamiento del autor y no existe nada como el reflejo puro de la realidad ni tan siquiera en los documentales. Es en este lado donde se sitúa Nebraska, sexta película de Alexander Payne, un tótem del cine indie americano, autor de dos maravillas como Sideways (Entre copas, en España) y Los descendientes.

Aquí su relato vuelve a ser el de un viaje, elemento habitual en su filmografía. En esta ocasión se trata de un viaje tan ingenuo como lleno de significado de un anciano padre y su hijo, desde un pueblo de Montana hasta uno de Nebraska para recoger un supuesto premio de un millón de dólares que le regala una revista. Cuesta arrancar por lo absurdo del propósito en principio, la determinación de un anciano que parece estar ya perdiendo la cabeza, aunque apenas se han puesto en marcha se entiende que el impulso no era otro que salir del mismo marco de siempre, tomar aire, ver otros paisajes, incluso si no se distancian mucho de los conocidos. Nebraska me recuerda mucho en todo momento a aquella gran The Straight story (Una historia verdadera) de David Lynch, otro anciano testarudo en su propósito que no se ciñe a los cánones de “normalidad”.

Aquí el protagonista es un descomunal Bruce Dern, con sus arrastrados andares, que se llevó el premio de interpretación masculina en el último Festival de Cannes y es uno de los favoritos al Oscar de este año, con permiso de Leonardo DiCaprio. Le acompañan un extenso elenco de actores poco conocidos pero soberbios, como su hijo menor y paciente compinche en el viaje, Will Forte, y su cascarrabias mujer, June Squibb, también nominada al Oscar. Todos ellos, junto a los escuetos secundarios que pululan a lo largo de su recorrido por el profundo Estados Unidos -un paisaje tan referencial y sin embargo aquí tan desprovisto voluntariamente de significado-, dotan a Nebraska de todo el cuerpo y la grandeza de las pequeñas grandes historias.

Son personas corrientes que tiran adelante con existencias grises, miserias, rencores, alegrías, reveses e ilusiones, que hacen lo que pueden con lo que tienen, o en ocasiones ni eso. Lo mejor de una película como ésta es que su autor, Alexander Payne, no juzga ni categoriza sobre ninguno de sus personajes, tan sólo muestra una galería de seres peculiares, como todos lo somos vistos desde muy cerca, con lo bueno, lo regular, y lo malo. Es ver la vida pasar. Y le va muy bien a Nebraska  esa textura limpia, con maravillosa fotografía en blanco y negro, al margen de modas, todo sencillez que no simpleza, y el mejor recurso que existe, el relato humano contado con profundidad y sin efectismos. No hay que dejarla pasar.

Retablo de engaños

David O. Russell es un director todoterreno, solvente, que en principio no me interesa demasiado. Suya es The fighter, estupenda historia de boxeo y familia con pasado, pero también Tres Reyes, con George Clooney y Mark Wahlberg, o El lado bueno de las cosas, el bombazo incomprensible 2013. Así que cuando vas a ver una película suya nunca sabes lo que te vas encontrar. Que sabe hacer cine de forma resultona es un hecho, aunque es irregular en su trascendencia. Que sabe reunir a grandes actores y mantenerlos fieles, a modo de familia, también: Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, los cuatro protagonistas de ésta, La gran estafa americana, repiten y sobre todo los dos últimos alcanzan niveles interpretativos insospechados. No hace películas malas pero sí películas insulsas que cuentan con mucho apoyo de la industria y tienen cierto margen de salida asegurado.

El año pasado El lado bueno de las cosas fue nominada a una cantidad indecente de Oscars y se llevó el de Mejor Actriz para Jennifer Lawrence, que ciertamente era lo mejor de la película. Con ella repite y vuelve a copar las categorías principales en la temporada de premios por La gran estafa americana (American Hustle), inspirada en una historia real de fraudes de poca o media monta en la Nueva York de los locos setenta llevados a cabo por un prestamista y su amante. La pareja protagonista, interpretada por Christian Bale y Amy Adams, acaban teniendo que trabajar para el FBI, con Bradley Cooper entre medias de ellos, para atrapar a corruptos a mayor escala, políticos y mafiosos. Aunque ubicada unas décadas atrás la trama no puede estar de más actualidad, y lo que nos cuenta no nos resulta en absoluto ajeno.

Russell, con la ayuda en el guión de Eric Warren Singer, cuenta muy bien lo que quiere contar, la película es un fresco de un momento y de un modo de escalar socialmente, con una extensa galería de personajes y relaciones que bailan muy ajustadamente en sus idas y venidas. Pese a ser un film largo, el director sabe mantener la tensión y la evolución de las situaciones mantiene atento al espectador. Nos adentramos en esos vibrantes años 70, con todo el despliegue de vestuario atrevido –increíbles escotes de Amy Adams en cada plano- y pelos imposibles, de la mano de cuatro personajes que buscan su lugar en la vida a través del amor (estupendos en sus matices Bale y Adams) o del estatus social (Lawrence y Cooper). Como retrato de una época, de un modus operandi, y como película ambiciosa en ese sentido, nada que objetar al buen oficio y el encaje de muchos elementos que funcionan correctamente. Otra cosa es transmitir el plus que hace de una película algo memorable, eso es algo que a David O. Russell todavía se le escapa.

Abrimos la puerta

Una mañana de citas con clientes y recados por la ciudad que terminas aprovechando con tu ordenador, sentada en Dulce de Leche (Pintor Gisbert 2), enganchada a su wifi en una mesa rinconera y frente al cristal (las mejores siempre) y disfrutando de un almuerzo interminable. Si a la vez estás bien acompañada, a la escena ya no le falta nada. Hay locales que agradecemos que existan, hacían falta. Ése es uno de ellos. Tras muchas recomendaciones que llegaban de todos lados he conocido por fin el que es probablemente el mejor restaurante italiano de Valencia. Se llama L’Alquimista, está en el Ensanche (Luis Santángel 1) y apenas tiene cinco mesas, así que siempre hay que reservar. Pequeño, sencillo, una trattoria que no vende nada que no es, sino producto elaborado superlativamente, con cuidado y austeridad, sin alharaca. Para una primera vez es aconsejable dejarse llevar con el -muy asequible- menú degustación y tener los referentes para las siguientes visitas, que apenas empiezas a comer sabes que las habrán, y muchas.

En cambio, después de muchos años oyendo hablar de la Feria del Embutido de Requena te decides por fin a ir, organizas excursión, expectación y, vaya, qué decepción. Tierra de cerdo, de gran materia prima, de buenos vinos… Y lo que te encuentras es un evento masificado y sin encanto, en una nave industrial y con nulo interés en seducir al visitante. Lo que te sirven al peso, sin criterio, sin casi ganas, no puede saberte bueno. Pero claro, hay que ir una vez para saberlo, para desmitificarlo. En ocasiones todo esto puede pasar. Porque nada, nada en esta vida se tiene que forzar, y nada se debe dar tampoco por presupuesto.

El otro lunes quedé con Marta para hacernos una Peseta. Hacía tiempo que no iba, y entre semana como me gusta a mí. De allí es la foto que ilustra esta columna. No me faltan ganas ni ideas para hablar de la buena vida, de contar lo que pasa en Valencia, de rastrear por fuera de mi ciudad también, pero aquí vamos a enriquecernos entre todos. Me apetece escucharos, leeros a vosotros también, ampliar la visión. Siempre me ha gustado mirar, observar, encontrar, por eso elegí La Buscadora como nombre para mi blog. Yo aquí voy a seguir, con una periodicidad libre, con más novedades en la web, pero sobre todo van a empezar a entrar vuestros rincones, descubrimientos y rituales de placer, vuestra vida sencilla bonita. Abrimos más la puerta y a ver todo lo que nos encontramos. Os espero.

LBV singular

Nelia

Esta vez es Nelia la que comparte sus placeres cotidianos. Con un pasado en la publicidad y ahora comunicadora emocional le gusta explorar calles, platos, libros, mentes, y disfruta del barullo y del silencio según el momento. Ah, y pasó una noche muy bonita con el señor David Lynch. Pasen y lean.

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Los matices del vacío

Contrastes. La semana pasada escribía de mis impresiones sobre El lobo de Wall Street, una película acelerada, con personajes insaciables aunque quizá no tan inconformistas, y la cocaína como droga de cabecera. Esta semana toca hablar de Oslo 31 de Agosto, cuyo protagonista es un treinteañero decepcionado con la vida, pero curioso, sin duda inconformista, en lucha consigo mismo por coger aire, y adicto en rehabilitación con debilidad por la heroína. Precisamente en estos días me costaba escribir sobre ello, justo cuando a todos nos sorprendió la noticia de la muerte de Philip Seymour Hoffman. Tras 23 años limpio volver a caer, y caer del todo. El inmenso vacío y la tristeza que quedan. La adicción, la recuperación, y la consciencia de que quien es adicto lo es para toda la vida, y su lucha, permanente. David Carr, ese tótem del New York Times, al hilo del suceso hablaba de ello en primera persona, muy honesta y claramente.

No voy a teorizar sobre drogas aunque estas dos películas ejemplifican el simbolismo de la cocaína y la heroína como catalizadores, dos actitudes, dos formas de mirar el mundo, de entenderlo, de vivirlo. La de Jordan Belfort es compulsiva, la de Anders, desoladora. En Oslo 31 de Agosto seguimos al protagonista a lo largo de un día deambulando por la capital noruega. Lucha contra sus ideas de suicidio, trata de conectar con los humanos más cercanos, de lograr esa conexión significativa que le ate a la vida, a la ilusión que hace creer que todo merece la pena, salir adelante con la rehabilitación, conseguir un trabajo motivador, hacer las paces con su hermana, ser capaz de sonreír. Y todo cuesta. Pero como dice el director, incluso en la tristeza hay variaciones.

El relato visual que Joachim Trier hace en ésta, su segunda película, es fino, casi cristalino, con la cámara funcionando a modo de tanteo, entrando en cada escena, enfocando a cada personaje con rostros en principio duros, que poco a poco van ablandándose. A la vez en los momentos cruciales, aunque sutiles, del film, es capaz de jugar con el tiempo, de transmitir la alucinación, la trascendencia de lo que el protagonista está experimentando. Hay dos secuencias especialmente conmovedoras en medio de todo el deambular de Anders por la ciudad. En una enumera todo lo bueno que ha recibido de sus padres, lo que le ha hecho como es. En la otra se sienta en una cafetería a tomar un café y comienza a observar y escuchar las conversaciones de todas las mesas. Una pareja que empieza a tantearse, otra que comentan una discusión la noche anterior, madres con los niños recién recogidos del colegio, dos amigas que se cuentan confidencias, compañeros de trabajo, un par de adolescentes haciendo un trabajo de clase y desglosando una lista de deseos: nadar con delfines, leer un libro que me guste tanto que sea capaz de citarlo toda mi vida,…ahí él es un voyeaur que intenta comprender la rutina, la manera desenfadada de funcionar del resto del mundo, una normalidad que a él le resulta inalcanzable. Una película tan descorazonadora y aún así luminosa como lo es la vida misma en ocasiones.