Archivo de enero, 2014

LBV singular

Silvia

Le toca el turno a Silvia, periodista, que nos dice dónde encuentra sus alegrías cotidianas.

 

1. ¿Qué rutinas te hacen feliz? 

Me encanta ir al cine, disfruto mucho compartiendo una buena comida con la gente que quiero, y me resulta imprescindible pasar un ratito por la noche con mi pareja mientras vemos una buena serie.  Leer más…

Mi taller de Storytelling para Kuombo

El dinero obsceno

Hay una escena en El lobo de Wall Street, hacia mitad de la película, cuando el protagonista Jordan Belfort conoce al agente del FBI que está investigándole, que ejerce de contrapeso, que marca el ajuste moral de una historia que hasta ese momento es puro desfase de gran apariencia. Belfort se pavonea patéticamente ante el agente, y le suelta un discurso sobre la gente gris que como él vuelve a su casa en metro después de una larga jornada de trabajo sin expectativas de grandes emociones o placeres en sus vidas. Él no estaba dispuesto a seguir ese trazado y por eso, dice, ha hecho todo lo posible -sin límites ni escrúpulos- por conseguir toda la abundancia, todo el lujo. A mí como kyleespectadora, sin embargo, me parece alguien bastante pobre pero me quedo con el estoicismo del agente, interpretado con la solvencia habitual por Kyle Chandler, mítico entrenador de la serie Friday Night Lights, que no se deja impresionar.

Ésta es una historia real, es evidente cómo acaba, así que no hay spoilers, y una de las escenas finales es muy significativa. El agente Denham ha conseguido detener a Belfort, deshacer su trama corrupta y le vemos en uno de esos vagones de metro volviendo a casa. Echa un vistazo alrededor y solo encuentra rostros cansados, desanimados. En ese momento me vi yo misma en un metro neoyorquino, sentada en esos mismos asientos naranjas, seguramente de la línea F, contagiada de la depresión ambiental, exhausta, gris. ¿Hasta dónde es legítimo llegar para no quedar encajonado en el desaliento? Como siempre, la respuesta no es blanco o negro. Quiero pensar que eso es lo que sutilmente pretende decir Martin Scorsese, con el fantástico guión de Terence Winter: que la vida del agente es bien digna y quizá hasta muy feliz sin fiestas llenas de droga y prostitutas, sin desproporcionados lujos, sin la presión permanente por ser “el más”.

Generalmente nuestra cultura judeocristiana nos marca de fondo e invita a ser humildes, a no tender demasiado a la ambición, no sobresalir, a tirar hacia el conformismo, no sea cosa que me vaya a llevar algo demasiado bueno para mí. Cuando lo comparamos con la mentalidad anglosajona, eminentemente práctica, terrenal y enfocada a resultados, se destila un sinfín de implicaciones. Y todo esto mezclado me lleva, al final, el convencimiento de que sí, se puede hacer dinero de manera honrada, ser ambicioso, inconformista, que es legítimo, saludable y hasta obligado serlo, de que el dinero no es sí mismo malo sino fundamental, pura potencia, y que lo perverso es la avaricia o la permanente insatisfacción tan infantil que alimenta a muchos.

Muchas reflexiones. Leí por twitter que ésta es una gran película sobre un mundo obsceno, y no puedo estar más de acuerdo. No dejan de haber discusiones sobre la moralidad del film, sobre la posición de su autor -Scorsese en plena forma a sus 71 años-, si es misógina, si enaltece la forma de vida de Belfort y toda esa clase de voraces brokers precursores del crash actual. Personalmente creo que se limita a retratar condenadamente bien un mundo repulsivo pero que existe. El Jordan Belfort real ahora es ahora conferenciante motivacional (what else?) y prepara un reality para la televisión. El lobo de Wall Street tiene mucho de acelere, sus tres horas de metraje van rápido y a veces llegan a saturar de tanto grito, insulto, e histerismo a causa de la cocaína. El dinero, el sexo, las drogas, todo se usa de manera compulsiva y así aparece en contraste con largas escenas dialogadas que rompen el tono. En un gran reparto, mención aparte merece Leonardo Di Caprio que está descomunal en un papel que le ha exigido una entrega total. Esperemos que esta vez sí, el Oscar sea suyo.

 

 

LBV singular

Merxe

Merxe, arquitecta, tuitstar y responsable de #brutalmentvalencià, nos cuenta hoy qué cosas le alegran la vida.

1. ¿Qué rutinas te hacen feliz?

La ducha después del café, doble ración de cafeína. Leer más…

El día va creciendo

En el Id al cine malditos del viernes pasado decía la mía sobre A propósito de Llewyn Davis, una película de los hermanos Coen (nunca con h, por favor) que cuenta la historia de un músico folk de los años sesenta que lucha para salir del malditismo y vivir de sus canciones. No es el caso de Juan Perro, alias de Santiago Auserón, que este viernes actúa en La Rambleta y por fin presenta su último espectáculo tras la absurda y extraña cancelación que sufrió la que estaba prevista en la Feria de Julio. Auserón de maldito tiene poco, aunque, quizá, para las clases gobernantes lo sea porque dice lo que piensa, es inteligente, sagaz e inconformista. Pero bravo por él, que lleva décadas establecido como uno de los referentes del rock español, grandes letras, discos perfectos con su grupo Radio Futura, icono de los 80, y pensamiento crítico de altura. Una cita que no quería dejar de comentar.auseron

La semana anterior los meteorólogos anunciaban tormentas de fin de semana y al final lució el sol, y en lugar de finales de enero parece que estemos entrando ya en la primavera. Y estupendo. Estos días de sol invicto, cielo azul despejado y deliciosa luz mediterránea llenan de energía, aunque sé de un par de amigas que abominan de este calor fuera de temporada y sienten inútiles sus bonitos abrigos. Ana, Eva, quizá deberíais pensar en mudaros a otras latitudes. Aunque quizá ni así. Veo con regocijo las imágenes del crudo invierno en Nueva York y recuerdo cuando yo estuve viviendo allí y apenas dos nevadas sin incidentes pude disfrutar. A cambio tenemos atardeceres incendiados que nos inundan Facebook e Instagram.

atardecer incendiadoA mí esta época del año me encanta. Enero, febrero y marzo, se prepara la explosión, la cosecha. Va creciendo el día por la mañana y por la tarde, hay alcachofas, empieza la temporada de fresones, y las flores más bonitas, anémonas y fresias, están en su momento. El otro día incluso llegué a ver en un chino tulipanes; tuve que tocarlos para asegurarme que no eran de plástico. En el mismo flaneo de sábado por la mañana, me paseé con tiempo por el mercado de Ruzafa sin comprar pero observando el jaleo característico y el colorido de los puestos. Es verdad que hay alguna barra -soy especialmente fan de la que Ricard Camarena tiene en el Central-, pero es una lástima que nuestros preciosos mercados no exploten esa salida comercial para otro tipo de locales, cuidados y con sello propio, para el disfrute del entorno no sólo como comprador sino como goloso visitante sin prisa que se arrima a una barra y se emborracha con todos los sentidos. Es cuestión de tiempo, seguro. Mientras, esta columna va a empezar a tener cambios, innovaciones. La buena vida necesita un ejercicio de refresco. Manténgase conectados.

Brindis o lamento

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra. Leer más…

La odisea del perdedor

Los hermanos Coen no hacen malas películas. Habrán algunas de las que te sientas más cerca o más lejos, películas menores como Quemar después de leer o Crueldad intolerable, pero la brillantez de obras como Muerte entre las flores, Barton Fink, o El gran Lebowski están fuera de duda y no siempre se puede mantener el mismo nivel de maestría. Y bien, porque tienen que respirar y alimentarse, y lo hacen, vaya si lo hacen, forman un tándem perfecto, y de repente nos entregan films redondos como quien no quiere la cosa. Las andanzas de un músico folk de los años 60 muy parecido a Bob Dylan…, de entrada el argumento de A propósito de Llewyn Davis no hacía presagiar la grandeza del asunto tratado por los Coen. Sin embargo, críticos de gusto refinado, de los pocos que leo fielmente, como A.O.Scott en el New York Times y Juan Manuel Freire, me avisaban que la cosa alcanzaba la categoría de gourmet.

llewyn davis-NYT Me fascina la sociología que se encuentra tras el éxito o el fracaso de una obra cultural en este mainstream mundo pop, de miles de inputs, referencias, campañas de marketing, modas. ¿Qué hace que un libro o una película se conviertan en fenómeno? Lo contemplo y analizo con curiosidad incansable. No siempre se debe a los poderosos tentáculos de los hermanos Weinstein. Al final todo es un misterio. ¿Qué sucedió para que una película normalita como Amélie, hiciera click de esa manera? No es una digresión, esta reflexión tiene mucho que ver con A propósito de Llewyn Davis, un film grande que no lo parece, que pasa de puntillas incluso ante el mismo espectador, yo la primera. Aun con las referencias fiables que tenía, de entrada no vi nada especial en la pantalla. Todo muy correcto, bien elaborado, con elegancia y el saber hacer de los Coen y su tropa, pero tan sutil, tan poco dado al remarque que una vez el protagonista llega al mismo punto en el que arrancaba el largometraje hora y media antes, me quedé desconcertada. Asimilando, pensando luego sobre la película es cuando he podido apreciarla y he caído en la cuenta: somos demasiado adictos a la vibración, a lo emocionante.

Hay maneras y maneras de ser y de crear, de estar en el mundo y de mostrar hacer lo que somos y lo que hacemos. Los hay que no se dan importancia, y van a su camino, y los hay que de un pequeño gesto hacen la gran exhibición. Todos sabemos a lo que me refiero. Y eso es lo que muestra esta pequeña maravilla que es A propósito de Llewyn Davis, la odisea de un músico en el Nueva York bohemio de los años 60, que vive de los favores de amigos, que ha alcanzado el éxito con una canción y después ha visto como la gloria se le escapaba entre los dedos. Quiere algo mejor para sí mismo, pelea, se pierde haciendo kilómetros por parajes insospechados en busca de la chispa de suerte que le permita vivir dignamente de su trabajo.

Y le seguimos en sus caminatas y peleas, contrariado ante los golpes, con gato incluido y una buena colección de secundarios estupendos como F. Murray Abraham, John Goodman, Adam Driver (el de Girls), o Justin Timberlake. Toda la película tiene un aire a fresco de la época, a lo que era realmente ese Village neoyorquino de los 60 y 70, que rebosaba buena música, creatividad y tabaco, pero que no era ningún paraje de cuento por mucho que nos cuenten del sueño americano. Llewyn, interpretado de forma tan hermosa por Oscar Isaac -el opuesto a ese marido problemático de Carey Mulligan en Drive-, es un Sísifo condenado al eterno retorno, su malditismo es genuino, él sigue intentándolo y pese a su prepotencia de artista no alimenta ninguna pose de perdedor sino que lo es involuntaria y auténticamente. Y no se rinde aunque haya veces en que es muy tentador.