Archivo de diciembre, 2013

Un deseo puede con todo

Intuyo que pocos, o ninguno, me vais a leer hoy. Seguro que todos andáis ocupados preparando la Nochevieja, fiestas, cenas en casa, escapada rural, quién sabe. A mí me parece todo perfecto, así puedo cerrar 2013 como me gusta sin demasiados espectadores, reflexiva, un punto melancólica y, eso sí, muy deseosa de lo que hay por delante. Ya sé, es un día más, una noche más, y mañana simplemente el día siguiente, pero los rituales existen por algo, nos hacen humanos, marcan ciclos y luego cada uno decide la importancia que le quiere dar. En septiembre empieza el curso y nos hacemos listas de objetivos, en año nuevo también (aquí cuentan motivos y explicaciones) aunque este inicio en invierno tiene un poso diferente, al menos para mí. Caen con todo su peso los doce meses, hago balance y ahí cabe todo: alegrías, logros, fallos, bailes, decepciones, momentos inolvidables, penas, picnics, personas, descubrimientos… Y aún así la felicidad hoy tiene un matiz melancólico, por esas ganas de retener todo lo bueno, de venerarlo, de besuquearlo. Los recuerdos son eso, recuerdos, que están, que nos llenan, que nos devuelven la sonrisa, pero que ya han pasado. Y hay que seguir, no vamos a parar.

Sé que el 2013 ha sido nefasto en muchos sentidos y para mucha gente, algunas amigas cercanas han perdido a seres queridos, otros han perdido el trabajo, ha habido de lo bueno también, hay, en fin, mucha historia dentro de este mundo, en grande y en pequeño, incluso dentro de mi propia vida. Pero en lo grande, en lo importante, soy afortunada y feliz y me ha encantado este año, aunque eso no signifique que haya sido fácil. Y con el bagaje entero, no hay forma de parar el tren y el camino sigue. No hay espera, llega 2014, o se le pone ilusión, o nada, es cuestión de actitud que aunque no hace que pasen cosas, ayuda mucho. ¿Deseos? Muchos, íntimos y privados, proyectos, objetivos, pero en realidad todo se resume en uno: ganas de vivir, y con eso claro no hacen falta embrujos ni hechizos ni esperanza de que 2014 traiga imposibles, porque teniendo ganas, nadie se va a interponer en nuestro camino.

Desde las navidades pasadas Begoña, Elena y yo hemos institucionalizado una comida en el Samurái (Conde Altea, 43). Cocina japonesa como excusa para reencontrarnos porque no todas vivimos en Valencia, y dar una buena nueva. En 2012 todas sonreíamos pero la gran noticia la dio Bego. Esta vez ha sido Elena quien traía prometedoras novedades. Nuestra comida de las buenas noticias, así la hemos bautizado. Veremos cuál es el año que viene, pero que siempre hayan excusas para brindar. Entre los propósitos más pedestres que están en mi lista: aprobar el examen de certificación de Francés, aprender a hacer paella, escuchar más a menudo Músicas posibles en Radio 3 (qué programa tan bueno e insólito), desconectar de las múltiples pantallas, andar más por la naturaleza, y hacer algún viaje largo. Todo eso, y más. La buena vida, ahora más que nunca.

 

 

Las mejores películas de 2013 · Best Movies 2013

Una lista sin orden ni jerarquía con las mejores películas del año. No tienen por qué ser diez, ni cinco, sólo entran las que merecen la mención. Dos de ellas son palabras mayores, La vida de Adèle y Gravity, el resto van dentro de  la carpeta de pequeñas-grandes películas. 2013 no ha sido malo del todo para el cine, aunque 2014 que acaba de empezar ya viene cargadito. Como siempre con los cambios de año está la diatriba de contar o no con estrenos de última hora, como 12 años de esclavitud o Nymphomaniac, que decido dejar para el balance de 2014, y por eso incluyo aquí todavía Zero Dark Thirty que apareció en la misma época.

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Soy una parte de todo aquello que he encontrado en el camino.

Lord Tennyson

La realidad en crudo

Estamos en la mejor temporada del año en cuanto a estrenos cinematográficos. De aquí a finales de febrero, con toda la retahíla de premios que acaban con la entrega de los Oscars, la cartelera es oro puro. Y una de las películas estrella es esta tremenda 12 años de esclavitud, del director británico Steve McQueen, autor de las dos estupendas Hunger y Shame. En toda su obra el cuerpo, sus contorsiones y sus lamentos, es un elemento primordial del relato, en él se detiene y se recrea y es desde el cuerpo que cuenta sus historias. Pero ésta es la primera producción en la industria hollywoodiense y la esclavitud es su tema, así que el director tiene sus limitaciones.

Pese a representar un cambio considerable en su filmografía, un salto hacia un cine más a lo grande, McQueen mantiene su sello en el fondo aunque la superficie sea tan diferente a sus pequeñas películas anteriores: le gusta ir al fondo de las situaciones y su cámara se acerca al máximo para retratar el sufrimiento íntimo de sus personajes. Y la historia real que cuenta es tan dura que al final de su metraje -algo más de dos horas-, se explota de emoción pero nada edulcorada sino pura, de tanta tensión acumulada y de tanta impotencia y rabia al conocer el drama de Solomon Northup, un hombre libre que a mediados del siglo XIX fue secuestrado en Washington y tomado como un esclavo, pasando de amo en amo, a cada cual más bestia.

12-years-a-slaveVemos en la piel (literal) y la mirada de su protagonista, interpretado soberbiamente por Chiwetel Ejiofor, el sufrimiento sin límites y el desconcierto ante una situación descomunal en la que no tiene muchas herramientas a las que recurrir. En ese contexto de explotación y salvajismo se tuvo que manejar durante doce años, y aquí McQueen no se amilana al señalar posiciones morales cuestionables, no solo las de los blancos opresores sino también las de los mismo negros que miraban a otra parte para protegerse no llamando la atención.

En 12 años de esclavitud no nos cuentan nada bonito y no pretenden hacerlo pasar por tal, es una película brutal e incómoda, como tiene que ser, y a diferencia de otros films sobre ese período terrible de la historia norteamericana, no hay un punto de fuga idílico, todo está servido bien crudo. Todo el plantel de actores es impresionante, la mayoría en papeles odiosos, y en especial Michael Fassbender como el peor de todos. Y lo que hace Lupita Nyong’o interpretando a la pobre Patsy es algo soberbio. En ese ambiente irrespirable, la llegada del canadiense sensato y sensible que encarna Brad Pitt, en un pequeño pero decisivo papel, es algo más que un avance en el relato, es un derroche de luz en medio de tanta oscuridad. Su mirada es la nuestra, alucinada e indignada, sintiendo vergüenza del ser humano, todavía incrédulos de historias reales semejantes,  y que si lo piensas siguen ocurriendo, en otras partes del mundo, con otros opresores y sometidos.

 

El contoneo del mal

Si acudes al cine guiado por el cartel, el tráiler o las píldoras televisivas con las que se ha vendido esta película lo que te encuentras es un poco desconcertante. The counselor -traducida por los distribuidores españoles como El consejero, cuando debería ser más bien El abogado– tiene la apariencia muy superficial de enésimo thriller sobre ricos narcotraficantes amantes del exceso y las encerronas que siempre acaban habiendo en sus negocios. Aunque algo de eso hay, sobre todo del exceso en la piel del personaje de Javier Bardem con sus jaguares acompañantes, de thriller al uso tiene poco y el entorno de la droga es solo un telón de fondo para un cuento moral y fatalista. La cámara sí que se detiene para remarcar el crimen de Ciudad Juárez que representa a lo grande toda la miseria que salpica al protagonista, un abogado que ha medrado tanto que por una vez quiere salirse de la ley y hacer el negocio que le retire. Hay que tener siempre presente ese dicho tan de Ley de Murphy que dice que si hay algo puede ir a peor sin duda lo hará, y hay contextos en que eso es un dogma.

El guión de The counselor está firmado exclusivamente por el gran novelista norteamericano Cormac McCarthy -autor de No es país para viejos o La carretera-, y eso ya es una señal importante de por dónde van a ir las cosas. Dilemas morales, fronteras, humanismo, un hombre corriente enfrentado al mal, la pérdida del amor. Quizá su director, el experto Ridley Scott ya no nos ofrezca garantías de buen cine. Suyas son obras maestras como Blade Runner o Alien, el octavo pasajero, pero también es responsable de Gladiator o Un buen año. En mi opinión la presencia de Michael Fassbender le sienta mucho mejor que la de Russell Crowe, y qué bien calza los trajes, futuristas en Prometheus y de firma en The counselor. Bromas aparte, sí es llamativa la variopinta filmografía de Scott, su libertad y falta de complejos al afrontar sus proyectos. Se podría echar a criar fama pero no deja de dar vueltas de tuerca y la osadía hay que aplaudirla. cameron_diaz_counselor

The counselor en los minutos iniciales bordea el sonrojo pero de manera tan abierta que resulta incluso audaz, y enseguida el guión te descubre que hacia dónde vas no es lo que esperabas, y gira y gira de forma elusiva y certera, elegante. La sobriedad de la escritura, del fondo de la película -McCarthy tiene muy claro lo que quiere contar y no se distrae-, contrasta con la estética hortera de casas, coches y ropas, y todo ese curioso conjunto forma el mensaje. Los entresijos del mal en estado puro se van revelando entre citas a Antonio Machado, soliloquios agoreros de Brad Pitt y alocadas conversaciones sobre sexo (¡ese momento siluro!), y asistimos con asombro a una inesperada lección de actuación a cargo de Cameron Díaz (en serio), que interpreta no con su rostro sino con todo su cuerpo, su actitud, sus pasos, su aura de maldita. Díaz se recrea y se luce como nunca, y hace notar que la actuación no son únicamente gestos sino apropiarse por entero de un personaje y ella con Malkina lo hace hasta el fondo. Una peli muy particular para visionar sin complejos.

Maneras de afrontar la Navidad

Una nunca está del todo preparada para la Navidad, guste más o menos. Nada es tan obvio en la realidad más íntima como en los anuncios televisivos que por estas fechas nos abruman, que siempre concentran una tropa de fans y detractores. El exceso de azúcar, el kitsch español y la realidad inventada se mezclan en los spots recurrentes de la Lotería (este año con el impagable Raphael) o de Campofrío. El ánimo flojo que nos alimenta esta crisis y sus circunstancias es pasto perfecto para la lágrima fácil y autocompasiva de todo un país, o para el cabreo supino por indignación, no hay término medio. Esta columna ha sufrido los vaivenes de una reforma en casa y gestiones prioritarias y casi sin anestesia pasamos en plancha hacia las fechas navideñas, y se hace lo que se puede; la semana que viene no se publicará y a la siguiente, para acabar el año, sí. Avisados quedan.

Los compromisos propios de este mes y la estrechez de la cartera obligan a organizarse muy bien la agenda, sin poder hacer viguerías pero sin mutar en un Grinch cualquiera, que eso de echar pestes de la Navidad está un poco trasnochado. Cine con sobrinos, reuniones familiares que deseamos tener en armonía, las mejores comidas y cenas posibles (que no falte el cocido al estilo de la mamá aunque cocinado por alguna de las cuñadas), llamadas telefónicas de rigor y encuentros con amigos que hace tiempo que están pendientes. Cuando nos hacemos mayores no es tan habitual recibir regalos y se suele recurrir al amigo invisible (el “amigo secreto”, según mi padre) como excusa para mantener cierta ilusión infantil. Sean los que sean los gastos a hacer, mi único esfuerzo va a ser comprar en el pequeño comercio, en mercados y tiendas cercanas, por gusto y por convicción.

La Navidad es quizá el momento más delicado del año. Hay quien echa demasiado de menos a los que no están, le amargan tantas dificultades o viven con peso la soledad, todo muy humano y comprensible. Con todo, yo abogo por enfrentar la morriña con afán de disfrute, más que del consumo -que nos deja siempre tan vacíos e insatisfechos-, de los instantes inmediatos en compañía por pequeños que sean, de los buenos recuerdos del año que termina y de los proyectos para el que viene. Que sea como sea 2014 no nos pille sin ideas ni ilusiones, que de eso también se vive, o mejor dicho, se vive mejor.

rendicionUn desayuno de sábado -tranquilo, con tiempo- en El Parisien, un paseo por el centro en plan flanneur y esperando las rebajas, espigolar por el Mercado Central a ver a cuánto están las ostras, comprar unos pasteles en Lambert, descubrir lo que hay en la nueva tienda Sebastian Melmoth de la calle San Fernando, ir el Aperitiver de Tórtel y a ver La Rendición en la Rambleta, ponerte al día con revistas y series pendientes, cocinar un postre casero abrigada del frío para sorprender a alguien, renegar de cualquier plan festivocaótico en Nochevieja. Aunque no tengo vacaciones estos son algunos de los planes que me planteo, y habrán más seguro, porque siempre acaban llegando sorpresas, buenas o malas.

Exilio en la ciudad

He tenido que exiliarme de mi casa por reforma. Eso ha supuesto un poco de caos en mi funcionamiento y el retraso de algunas cosas, como esta columna que en lugar de martes sale un domingo en medio de dos semanas importantes. Hay que ser flexible y plantearse prioridades cuando no se llega a todo. Y aquí estoy, escribiendo en mi casa de acogida, que Marta me ha abierto tan generosamente. Acostumbrada a vivir sola, resulta divertido ir encontrando notas con dibujos y avisos para que me aclare si quiero poner el lavaplatos o si busco el exprimidor, tan necesario para mis zumos de limón matinales. Es curioso porque este piso también tiene unas vistas increíbles desde lo alto, cerca de la Alameda y frente a la ciudad. Parece que estoy destinada a habitaciones con vistas. Yo, encantada. Menos la casa familiar y mi estancia neoyorquina -en que habité un sencillo apartamento en un barrio muy poco hispter de Brooklyn-, todos los lugares en los que he vivido tenían buenas panorámicas. La perspectiva limpia, la visión amplia, la calma de las alturas, todo, tiene un efecto balsámico entre el estrés diario.

Y qué decir, pues que es una gozada volver a estar en la ciudad. No me voy a emocionar, porque son sólo unos días pero poder olvidarse del coche y caminar arriba y abajo, sin depender más que de tus piernas, es el gran pro en la balanza urbanita vs retiro. Las ventajas de la vida apartada ya las he loado muchas veces y la gracia es encontrarle el punto positivo a todo. Lo hablábamos la otra noche Mónica, Israel y yo, mientras devorábamos una ensalada de arroz y unos bocatas en el Melocomo -clásico de adolescencia en el Ensanche-; que no tiene sentido desgastarse dándole vueltas a todo lo que no nos gusta de una situación o de una persona, o ves lo bueno y lo potencias, o a otra cosa, mariposa, que total, estamos aquí cuatro días, no es cuestión de pasarse tres, amargado. Por eso en el “a ver quién puede más”, entrego la victoria sin mucho esfuerzo, no me interesan esas batallas, no tengo tiempo que perder.

tapineriaEl puente de la Constitución y la Inmaculada antaño vaciaban un poco la ciudad, ahora no tanto, y las calles del centro han estado abarrotadas a media tarde, todos preparando ya las Navidades. Al margen de los mercados de siempre, que es época de pisar más a menudo, parece muy interesante lo que están haciendo en el Mercado de Tapinería, que cada quince días cambia todo lo que vende. Hasta el día 15 hay una buena cantidad de puestos donde comprar regalos de Navidad diferentes. Para mí aún quedan lejos, además mis celebraciones especiales las haré antes y por libre. No soy de las que echan pestes, tampoco soy muy fan, simplemente es final de año -el inevitable balance- y época de juntarse un poco más con la familia, aunque no es mal plan para quién pueda, coger un avión y excusar la ausencia. Si hay niños pequeños es cuando todo adquiere otro cariz. Este año que el frío ha empezado tan fuerte en otoño, las pistas de hielo de Nuevo Centro y sobre todo la novedosa en la plaza del Ayuntamiento parecen ideadas para trasladarnos al norte, como si no estuviéramos en nuestro querido Mediterráneo.