Archivo de noviembre, 2013

Clasismo de trazo grueso

El estreno de cada nueva película de Woody Allen es ya una tradición que no provoca gran regocijo sino más bien esa leve expectación de lo viejo conocido y que no suele sorprender, como una cena de compromiso con antiguos compañeros de trabajo. Es un profesional, ahora mismo ya dedicado a la buena vida y a hacer lo que se le da bien. Escribe guiones como churros que rueda enseguida y va despachando rápidamente, a una peli por año. Es afortunado porque probablemente por el gran éxito que sigue teniendo en las taquillas europeas a sus productores encontrar financiación les resulta muy fácil. Y bien, si puede, adelante, aunque echamos de menos su genio, su chispa, su creatividad elaborada y no automática propia de un virtuoso sin más allá. Match Point, Hanna y sus hermanas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan, Desmontando a Harry. Woody tú antes molabas, y mucho.

Lo que hizo en la anterior A Roma con amor, no tiene nombre, y consiguió que Vicky Cristina Barcelona nos pareciera hasta buena. Veremos lo que saca de Emma Stone, Colin Firth y Marcia Gay Harden, en Magic in Moonlight su siguiente film ya en posproducción y a estrenar en 2014. De entrada esta Blue Jasmine tiene un toque bastante serio, un punto intenso para lo habitual, pero aunque la historia podría estar basada perfectamente en un hecho real Allen no se esfuerza por salirse de sus caminos de siempre. Como parece que rueda a modo de gira turística es una gozada que la acción esta vez se sitúe en San Francisco, tan bella y cinematográfica.

La Jasmine del título es una mujer desquiciada interpretada magistralmente por la siempre estupenda Cate Blanchett. En ella está lo mejor del film, porque en casi cada plano la tenemos, viéndola pasar por todos los estados de ánimo, borracha, al borde del ataque de pánico, a punto romperse o de volver a creer en su historia de gran dama de la aristocracia de Park Avenue. De cara a la temporada de premios habrá que tenerla muy en cuenta, es un papel de los que lucen. Junto a ella sobresale también la inglesa Sally Hawkins, vista en Jane Eyre, Submarine o Happy Go Lucky, en el papel de su cándida hermana, siempre dispuesta a ayudar pese a sobrarle motivos para el rencor. Les acompañan Alec Baldwin, Peter Sarsgaard, y los más divertidos Louis CK y Andrew Dice Clay.

Aquí Woody Allen se sitúa por una vez en un contexto de actualidad, con una historia que podría ser perfectamente real sobre la explosión de la burbuja en 2008 que ha desembocado en la crisis global actual. El clasismo, la hipocresía, el dinero por el dinero, la falta de escrúpulos de los banqueros e inversores, que jugaban con dinero ajeno. Todo eso se ha retratado en documentales, reportajes y otros films de ficción, como Margin call. Blue Jasmine no es el mejor de ellos, pero sí que detiene un poco la mirada en una clase de gente entre patética y odiosa. Frente a ellos, la hermana y su entorno popular, pegado a tierra, que se conforma con lo más sencillo de la vida y ríe con facilidad sin necesidad de tener el armario lleno de elegante ropa de marca. Queda claro que la historia es de trazo grueso, entretenida, fácil, y meramente correcta.

 

Tocar mare

Cuando tienes un trabajo en el que te pasas las horas frente al ordenador, y a veces enlazas con los fines de semana y la lista de tareas no tiene fin, el simple gesto de apagar, de salir, lo es todo. Últimamente un brindis habitual es por las cosas buenas que nos traen las redes sociales, que las hay aunque nos saturen. Ay, Facebook del amor al odio hay un paso…Y el omnipresente whatsapp que nos lleva a todos enganchados es aún peor. ¿Estarían nuestras vidas muy vacías sin ellas? No creo. Mi amiga Mónica lleva más de un mes sin y está encantada, y toda su paz te la transmite. Nos hemos acostumbrado a los antiguos y limitados sms y optamos por quedar a tomar una copa de vino tinto, aunque sólo sea para una hora de charla, para ponernos al día y reírnos un rato. Y sienta de maravilla. Así que bienvenidas las herramientas para unirnos, conocernos, encontrarnos…y después, mejor hacer un uso selectivo de ellas.

Apagar, desconectar, cambiar el paso, dedicar tiempo a leer en otros formatos, a tocar, a palpar a otra persona o mirarla a los ojos, a estar en silencio solo o acompañado, y no solo silencio de no hablar, sino el silencio de parar el runrún interior de preocupaciones, asuntos pendientes, de actualizaciones de timeline y revisión del chorro de mensajes. Descompresión, silencio, cambio de paisaje y contacto, contacto como el de siempre, el de verdad. Tocar mare. Cuánta falta hace.

bar pedroCambiar la ruta, también. Este fin de semana lo he hecho: salir de la ciudad, coger un poco de carretera, madrugar en domingo, conducir cuando no hay tráfico y bajar a zonas de veraneo deshabitadas que tienen ese encanto tan particular. Y he descubierto un lugar al que volver y volver. Por el interior de Denia, el camino que te lleva hacia Jesús Pobre, junto al Parque Natural del Montgó, es un paisaje que remite un poco a Formentera, con campos y espacios que no parecen de la costa valenciana, sobrecargada, sino tranquilos, aparte, sin carteles publicitarios, cuidados, donde se respira aire relajado en una mezcla de colores, ocres y verde, muy hermosa. Si además comes barato y de maravilla en el bar Pedro (Calle Pare Pere, 3) la excursión sale redonda.

La última semana de noviembre siempre es especial. Acaba siendo mi cumpleaños y eso, más allá de celebrar o no, me lleva a voces_muvimhacer balance, a repasar un poco mi vida, echar de menos a los que me faltan, pensar en quién soy, lo que he aprendido, y sentirme enormemente rica por los que están y me quieren. Es un momento contundente del año. Y se mueven cosas. El viernes, eso sí, hay una cita a la que no hay que faltar en el MuVIM. Mi amiga de la facultad, Ana Mansergas se pasó el verano por Kenia con la organización Voces para la Conciencia y el Desarrollo grabando un documental en la casa de acogida Anniban de Lamu con los de la productora Uranes Films. Ahora presentan el resultado, Voces: Soñando culturas, para dar a conocer el trabajo que hacen y recaudar fondos para sus proyectos. Es a las siete y media de la tarde, con jolgorio y concierto de Xibo Tébar y la África Jazz Big Band, además del grupo la Gauche Divine.  No está mal el plan, ¿no?

Una danza sangrienta

La sombra de Drive es alargada. Hace dos años el director Nicolas Winding Refn nos dejó entumecidos en la butaca -en mi caso ejerció incluso de bálsamo muy reconfortante allende los mares, y aquí lo relataba. Ryan Gosling, Carey Mulligan, cada uno de los secundarios, del primero al último, la música de Cliff Martinez, las canciones de Kavinsky y College, los coches impolutos, la estética tan atmosférica y narrativa,…todo, todo en esa película componía un conjunto perfecto que la convirtió en clásico instantáneo. Fascinante, hipnótica y preciosa. Máxima expectación para su siguiente obra, claro. Pero con Sólo Dios perdona el cineasta danés hace un alegato y deja claro que no le van los asientos cómodos y lo de cría fama y échate a dormir.

Hay coincidencias, por supuesto, en equipo técnico y aroma. La más llamativa, su actor principal, ese Gosling que con el estreno de Drive alcanzó el status de estrella, con calidad interpretativa, buen ojo seleccionando proyectos y mucha actitud. Pero es que aquí ni siquiera se le puede considerar protagonista, es una parte más del reparto, aunque destaca por muy parco que sea, y con su silencio nos lleva por los recovecos más terribles de la venganza y el rencor que quiere relatar Winding Refn. Si creemos que Drive tenía momentos de extrema violencia -recuerda esa escalofriante escena en el ascensor-, comparada con Only god forgives se queda en juego de niños. Cierto es que toda su filmografía (Valhalla rising o Bronson, por ejemplo) tiene eso como nexo de unión.

You wanna see something

You wanna see something?

Aún así, aquí da un paso más en todo lo que apuntaba en su predecesora, tanto en lo sanguinario como en la estética, cuidada hasta el paroxismo, con un nivel de depuración y de fineza que impresionan. Los noventa minutos de metraje son una coreografía con apenas diálogo entre personajes desconectados y guiados por la rabia y los bajos instintos, con otra espectacular partitura de Martinez de fondo. Y no hay concesiones al terreno conocido, a la ternura que emanaba el conductor y la relación con su jefe en el taller mecánico o con la madre y el hijo de la puerta de al lado.

En Only God forgives Winding Refn nos muestra lo más oscuro de Bangkok y  cuenta la historia de una madre (Kristin Scott Thomas, recargada y hortera como nunca) que viaja hasta Tailandia para exigir venganza por la muerte de su hijo menor. Ese es el núcleo del argumento y alrededor contemplamos el baile entre un liquidador inexpresivo y omnipresente (el desconocido Vithaya Pansringram), que igual que se arranca a cantar una balada, saca la espada y corta brazos o cabezas, y el hijo que debe consumar la venganza (Gosling), no muy interesado en la tarea, deambulando con ese flow único, por clubes nocturnos en tonos rojos y dorados que recuerdan mucho al cine de David Lynch. En su toque maestro al utilizar los cuerpos como elementos en sí mismos del relato, bellos y deseables pese a los excesos, también remite al trabajo de Steve McQueen en Hunger y Shame.

only-god-forgives-still-8Pero como decía la señora Leño de Twin Peaks, las lechuzas no son lo que parecen, y en esta película lo de menos es la llamativa brutalidad, como un alucinado viaje, que de tan estilizada te mantiene a distancia, y lo de más es la enfermiza relación de fondo entre la madre y el hijo, con reminiscencias del mito de Edipo. Pero Winding Refn ni se toma la molestia de explicarlo demasiado, no tiene interés en enfatizarlo. Y eso me gusta mucho, es un apunte, una nota, al modo en que funciona el cerebro, el inconsciente, yendo y viniendo, bañándolo todo, más allá de lo evidente.

La vista desde las afueras

Para una urbanita como yo plantearse vivir fuera de la ciudad no era lo más obvio pero razones prácticas me llevaron a ello y ahora, cuando va a hacer un año del cambio, no puedo estar más contenta, aunque eso me obligue a hacer a veces algunos malabarismos. Cuando bajo a Valencia tengo que organizar al máximo cada minuto para meter todas las citas, gestiones, recados pendientes, y amigos en el mismo día, y como tengo una política bastante inamovible respecto al no uso de parkings, el más difícil todavía es manejarse con el coche de manera sensata y no ruinosa.

En la balanza positiva, muchas cosas: vida tranquila, sin ruido, sin tráfico, sin vecino sociópata,… y que aunque sea mínima, la distancia me proporciona una perspectiva desde fuera, de visitante, con un punto fresco. Ahora ya no votaré en las próximas elecciones municipales, con lo interesantes que estarán, pero veo las sombras de la ciudad que gobierna Rita sin sufrirlas tanto y también valoro muchísimo sus encantos, voy, cojo lo bueno y me retiro a mi refugio. El artículo que la semana pasada publicaba Jesús Terrés en GQ ha corrido como la pólvora por mi entorno en redes sociales; a todos nos encanta su visión entre apasionada y cínica de las razones por las que mola tanto Valencia. A veces seremos un desastre pero tontos tampoco, y sabemos ver nuestras contradicciones y miserias, sin que se nos amargue tampoco el gozo. La paella, siempre -que los tópicos existen por algo-, el pertinaz buen tiempo -aunque este año hayamos pasado de la camiseta al abrigo de invierno tan de repente-, el espíritu pirata y alegre siempre de fondo, y tantos locales ricos para manducar, para alternar, para hacer vida en la calle.

guardianEste fin de semana también apareció Valencia como sitio de referencia en un artículo de viajes en el periódico británico The Guardian -ese tótem del diseño y del contenido-. Una periodista ha sacado oro de una visita de 48 horas a la ciudad y lo cuenta con detalle. Es interesante leerlo para captar la visión que ofrecemos a los de fuera, y comprobar que el encanto está tanto en la historia, los lugares icónicos, y los pequeños comercios. Esos pequeños rincones que la revista Verlanga se ha propuesto recoger en una nueva sección y qué bien. Aún hay tantos, y en días de esos de gestiones entre semana que vas con prisa pero también recorres calles no evidentes, me sigo tropezando con algunos de siempre, que permanecen tan dignos frente al desastre, y otros nuevos que siguen abriendo, valientes sin saber adónde irán a parar. Entre los semi-nuevos, porque lleva ya unos años, está Punt de Sabor, una tienda de la que soy fan. Nadie imaginaba que un local tan feo como el antiguo Ghetto se iba a transformar en esa tienda abierta, despejada, moderna y con productos frescos ofrecidos directamente de nuestros agricultores sin intermediarios. Cuidan el detalle y consiguen clientes fieles. ¿Cómo no serlo en temporada de naranjas y clementinas?

 

[Foto de Punt de Sabor: Diario Design]

Elogio de la comedia romántica

Si hablamos de comedias románticas parece que automáticamente salta un resorte de desprecio hacia el género. Se asocia a tardes de sofá (tan saludables) o a situaciones en que una chica obliga a su novio a acompañarla (sic) al cine en compensación por todas las de Vin Diesel que ella se ha tenido que tragar. Lamentables tópicos. Es cierto que encontrar una buena comedia romántica no es fácil, no vale cualquiera, tiene que combinar buenos diálogos, buenos actores, chispa…, pero las hay y muchas: Cuatro bodas y un funeral, La boda de mi mejor amigo, Pretty Woman,…Annie Hall, La fiera de mi niña. Lo que no vale como criterio para su desprestigio es el burdo argumento de señalar lo sentimental como sinónimo de cursi, edulcorado, simple.

Sentimental es aquello que habla de los sentimientos, ¿acaso no todos estamos unidos en eso? Todos nos enamoramos, jane austensufrimos rupturas, nos revelamos ante nuestros padres, intentamos gestionar malentendidos con nuestros amigos, aprendemos a llevar mejor las relaciones sociales, nos preocupan -aunque sea mínimamente- las habladurías…todo eso es lo que cabe en una comedia romántica, cierto es que con mayor o menor fortuna. Se entiende que un culebrón como la serie de televisión Anatomía de Grey acabe saturando de tantos embrollos de pareja, cada uno tiene su límite y sus preferencias. Pero aún hoy hay personas eruditas y tiesas que consideran a Jane Austen, la gran novelista británica del siglo XIX, una autora menor precisamente por hablar de cortejos, noviazgos, dimes y diretes. El mundo está lleno de estrechos mentales que se pierden el sabor de la fina ironía que se destila en Orgullo y prejuicio o Sentido y sensibilidad, ambas con muy buenas adaptaciones al cine, por cierto.

Toda esta declaración de amor al género para hablar de About time, distribuida en España como Una cuestión de tiempo, una película dirigida por Richard Curtis, especialista en la materia. Guionista de éxitos como el citado Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill o Love actually -de esta última también fue director- aquí se mantiene fiel a su sello de comedia británica solvente con buenos actores, buena música, ambientación ideal y que deja buenas sensaciones. Una cuestión de tiempo es la clásica feel-good-movie, aunque esta vez con el punto raro de los viajes en el tiempo, en plan ciencia-ficción sin efectos especiales.

Por insospechado que parezca la cosa funciona muy bien. Las escenas entre padre e hijo, con Bill Nighy brillando como nunca, son una joya, y la frescura de la pareja Domhall Gleeson (hijo del gran Brendan) y Rachel McAdams, junto a todos los secundarios, una apuesta segura. Quizá hacia el final se haga un poco larga de tantas idas y venidas del protagonista para conseguir a la chica que quiere, resolver meteduras de pata o retener instantes especiales, pero el aroma que deja es delicioso. Qué no daríamos por poder mejorar ciertos momentos de nuestra vida, no por arrepentimiento sino por volver a vivirlos con la máxima consciencia y el gusto de paladearlos lenta, gustosamente. La magia que se encuentra en lo cotidiano. Todo eso es lo que plantea la película, sin dar otra propuesta que la más sencilla  y sensata: aprovecha este viaje maravilloso (remarkable ride).

Lhasa “Con toda palabra”

Los regalos de Ana

La semana ha estado convulsa con el despropósito del cierre de RTVV, noticias de última hora, declaraciones chanantes de Fabra, reacciones masivas en contra, manifestación multitudinaria y rumores sobre el porvenir. En momentos así, disculpen, a mí sale la vena autista, muero por saturación de tweets y por esa tendencia tan española de todos opinando a fondo, ‘amb molt de seny‘ (algo así como con sentido, con sensatez, pero aquí, ojo, es irónico) de todo, juicios morales incluidos. Tengo ideas al respecto, la noticia en sí misma es mala, pero en casi nada existe el blanco o negro, la escena es compleja, muchos actores, muchos culpables, muchas actitudes cuestionables. Yo os leo y os escucho pero, por una vez, callo.

Mi amiga Ana tiene dos pasiones, la comida y la música. Es una suerte porque sus allegados, de una manera u otra, acabamos disfrutando por extensión de ellas. Como cocinera te puede agasajar con uno de sus platos estrellas, las papas rellenas, influencia de su rouseascendencia peruana, y como sibarita te recomienda lugares de los que hay que tomar nota (esa lista que también amplío cuando hablo con Bego), y tiene especial valor porque en sus comidas nunca hay alcohol (ups) ni por tanto, confusión. En cuanto a la música suele tener la agenda de conciertos -y festivales- tan repleta que siempre hay ocasión de dejarse caer por alguno de ellos para acompañarla -con muchísimo gusto- ya sea a la sala Wah-Wah o la Ciudad Deportiva de Benidorm. Ella sola no da a basto y el viernes pasado, no habiéndose extendido aún la teletransportacion, le cubrí en La Rambleta para ver a Josh Rouse, ese cantautor folk de Nebraska asentado por amor en Valencia. ¿Qué mejor razón para emigrar?

Pero había más, las entradas venían con regalo extra, cena para dos en el restaurante de La Rambleta, el acabóse. Un Noviembre muy vivo es el lema que han elegido para promocionar el centro cultural de la Ronda Sur, que no necesita demasiada promoción porque de hecho parece que es el único que funciona ahora mismo en Valencia. Sale mucho en agendas y columnas, y qué vamos a hacerle, es que todo, o casi todo, pasa ahora mismo entre esas paredes. Sólo esta semana llegan los lienzos de Javier Aramburu -por fin, tan otoñales, tan apropiados- y el jueves toca una banda de culto y de largo recorrido como Spain, pop susurrado spain_rambletacon toque jazz. El domingo pasado por fin disfruté también de la popular Terrassa Pop. Se entiende el llenazo y el ambiente: música en directo, solete del bueno, es normal que mayores, medianos, niños y los del postureo, se pongan de acuerdo. Me gusta cuando voy a un sitio y encuentro de todo. Esta semana habrá que volver y consolarse del disgusto de que Mala Rodríguez haya cancelado su actuación de este sábado en Noise. Ponerle color sea como sea al fin de semana, que hay mucho para descansar y algo que celebrar.