Archivo de octubre, 2013

Un hombre en apuros

La avalancha de estrenos apasionantes ahora mismo en nuestra cartelera es de los que incitan a ir al cine. Sólo Dios perdona, La vida de Adéle, Don Jon,Vivir es fácil con los ojos cerrados, …y sigue. Rico rico rico. Desde luego si ahora no vamos es que no iremos nunca, y hay que recoger cosecha para cuando viene la sequía veraniega. Pero vamos por partes. Esta semana toca hablar de una película pequeña pero matona, española, de escaso presupuesto y amplio valor: toca hablar de Todas las mujeres, de Mariano Barroso, un director de largo recorrido, que debutó en el largometraje con Mi hermano del alma y tiene obras tan interesantes en su haber como Éxtasis o Los lobos de Washington. Él es el ejemplo de cineasta español esforzado, polifacético y multitarea, con el sello de contar siempre historias personales de forma muy natural, sin artificio ni pretensiones académicas.

Todas las mujeres fue originariamente, en 2010, una serie de televisión para el canal TNT. Este dato, que yo desconocía cuando entré a ver la película, no influye para nada, pero es curioso, porque de una serie de seis capítulos ha quedado un film conciso, claro, directo, redondo, de escasos noventa minutos. No hace falta subrayar para entender a unos personajes tan bien construidos, que hablan por sí mismos en unos diálogos que son oro, y con los gestos precisos, ni más ni menos. En algunos flashes se evidencia la escasez de medios en la producción, sobre todo en la textura de la imagen, pero lo compacto del conjunto es lo que brilla a lo largo del metraje. Con buenos actores y buen guión se dice todo.

No es nada fácil contar tan rematadamente bien una historia, no hay que pasarlo por alto; aquí es la de Nacho, un hombre de cuarentaylargos que no está satisfecho con la vida que ha terminado teniendo y que con el macguffin de un robo de ganado se ve obligado a enfrentarse a sí mismo y a sus circunstancias, a tomar las riendas. Él es uno de los mejores actores españoles, Eduard Fernandez, y está soberbio con la réplica sucesiva de otras seis estupendas actrices que interpretan a su mujer, novia, madre, antiguo amor/abogada, cuñada y psicóloga. Un hombre frente a a seis mujeres, podría parece una desigual lucha de sexos, pero la película no es simple, ni superficial, es una muestra de las relaciones humanas tal cual son.  No hay lecciones, ni grandes conclusiones, solo una cámara muy cerca de los personajes, que recoge de forma profunda y veraz el zumo que se genera en esta mezcla de comedia y drama, como es la vida misma. Bravo por este cine pequeño, de personajes, de buenas historias, sin trampa ni pirotecnia.

No llego a todo

Escribir una columna como ésta no siempre es sencillo. No es una queja pero hay veces en que la sensación de no dar a basto es palpable y frustrante. Si se trata de escribir de la buena vida, sus placeres, locales apetecibles, lugares de referencia, planes en la ciudad…básicamente hay que salir de casa, y salir si no mucho, bastante. Y noto que no llego a todo. Pero yo no desisto, que yo quiero llegar. Cuando me propongo racionar las visitas por Ruzafa me hablan de un nuevo sitio para cenar enfrente del Ubik. Paseando por el Ensanche me tropiezo con la tipografía tan familiar del Congo (Reino de Valencia 51), que resulta que ha abierto un nuevo local, Congo Jazz en Conde Altea 22; las tapas clásicas del original y sobre todo ambiente agradable de copas y música en directo. De vez en cuando es obligatorio hacer incursiones por calles que no sean tan de paso, salirse de la ruta fija para encontrar las novedades. O si no, esta columna se quedará seca, desfasada.

Y eso que hablamos de Valencia, esa ciudad de nuestras entretelas que en tantas ocasiones encontramos carencias. Pero aún así no te la acabas. Bueno, sí, quizá te la puedes acabar si solo te dedicas al dolce fare niente, y no es el caso. Todavía no conocía el MercatBar de Quique Dacosta y aunque tenía referencias dispares la curiosidad se ha visto refrendada con una buenísima experiencia. Un local muy bonito y un servicio agradable en barra para una carta inmensa entre la que resulta difícil elegir. Para ser mi primera vez con el mediático Dacosta la impresión no podía ser mejor, me gusta cuando estoy en un sitio donde cuidan los detalles incluso si son los más sencillos.

Lo dicho, menos mal que no vivo en una gran ciudad porque entonces la frustración sería de tamaño descomunal. Siempre que quedo con Begoña, por ejemplo, que sé que es una buena referencia para bares y restaurantes, hay un momento en que la conversación deriva hacia nuevas recomendaciones y descubrimientos que hace mano a mano con su chico, Fernando. Son de morro fino y todoterreno a la vez, así que me puedo fiar de ellos. Y la nota que tengo permanentemente abierta en el móvil sigue creciendo. Próximamente, nuevas adquisiciones.

Hoy mismo se ha abierto el plazo de reservas para el siguiente Valencia Cuina Oberta (del 8 al 17 de noviembre) y viendo la web compruebo que hay muchos restaurantes que se han ido sumando a la iniciativa -clásicos familiares Mateu en El Palmar y la Pepica en la Malvarrosa-, mientras que se ha incrementado el precio para los que tienen estrellas Michelin, como el Riff o la Sucursal. Conviven locales ignitemuy justitos en su oferta con otros más exclusivos, y hay que mirar muy bien los menús y valorar si realmente merece la pena ir dentro de esta campaña. En algunos casos, sin duda, en otros (y no voy a especificar para no hacer sangre), ni remotamente.

Ahora sí que sí parece que ha llegado el otoño, después de días y días con el termómetro bordeando los 30°. Y la semana está sabrosona. Mañana miércoles con el evento Ignite en Rambleta; exposiciones rápidas de cinco minutos en que alguien presenta con pasión su idea, historia, proyecto o visión. Me han hablado maravillas de ellas así que esta vez voy a saciar mi curiosidad. Y el jueves por la noche, Halloween o Noche de los Muertos, para los que gusten, toca un poco de baile, un poco de fiesta, con disfraz o no, que hace mucho que no hay jaleo y hay que mantener la forma.

No hay tregua

Hay películas que te remueven en la butaca y no te dejan esta ni remotamente a gusto. Yo las llamo de terror, un terror muy particular, por lo incómodas que son, en lo cotidiano que retratan, por lo reconocible de personajes tan brutales como humanos, de carne y hueso. Sin tener nada que ver me vienen a la cabeza In the bedroom de Todd Field o Celebración, de Thomas Vintenberg. Y desde luego en esa categoría entra ya de manera estelar Prisioneros, del director canadiense Denis Villeneuve, un film que cuenta el dilema moral en que se encuentran unos padres desesperados por la desaparición de sus hijas pequeñas en un tranquilo barrio de una ciudad de Pennsylvania (Estados Unidos) en la que no se ve el sol ni por un minuto. Y no hay tregua.

A lo largo de las dos horas y media que dura la película no hay respiro ni alivio y está tan bien hecha que tampoco es para reparar en que al fin y al cabo es una ficción; la intriga te lleva, te inquieta, te preocupa. El conflicto moral que se plantea (y que no voy a revelar aunque está de plena actualidad con recientes noticias llegadas de Estrasburgo…), el empeño del policía que lleva la investigación, la persecución de los sucesivos sospechosos, todo es un cóctel molotov rodado con maestría por Villeneuve, que llamó la atención con su anterior trabajo, Incendies, un acercamiento al conflicto de Oriente Medio desde una historia pequeña, particular.

En Prisioneros va más allá y se sitúa como un cineasta asentado, de pulso rotundo, parece que fuera un autor con décadas de experiencia, creando una atmósfera tan compacta que nada desentona. El guión tiene giros, muestra las dudas de los personajes y evoluciona conforme avanza la historia, que además está interpretada soberbiamente por todos los actores. Ésta es una de esas veces en que todo el elenco es de impresión, hasta el más secundario. Hugh Jackman, Jake Gyllenhaal, Terrence Howard, Maria Bello (siempre es un gusto reencontrar a la doctora Del Amico de Urgencias), Viola Davis, Paul Dano y Melissa Leo, tan lúgubre, todos sin excepción hacen un gran trabajo.

Ahora hay que aprovechar, estamos en la mejor época del año en cuanto a estrenos, y además esta semana ha sido noticia la Fiesta del Cine, que ha llenado las salas hasta los topes y puesto en evidencia frente a las sandeces dichas por los ministros Wert o Montoro que el cine interesa y sigue gustando, y lo que aleja a los espectadores no es más que los elevados precios de las entradas.  Las cifras ya están hablando y quizá hagan replantear cuestiones como el IVA y el margen de negocio de los distribuidores. Aunque para los que vamos habitualmente al cine haya sido un poco engorro es también una gozada ver tanta expectación y ganas en las colas.

 

Abriendo filones

Son tiempos de ponerle inventiva a todo: trabajo, opciones vitales, planes de ocio. Parece que ahora paramos atención en el valor de lo que tenemos, lo que nos cuesta conseguir las cosas, y peleamos más por defender otra manera de disfrutar la vida. Lo leo en artículos, lo escucho en conversaciones, lo veo en las redes sociales. No nos conformamos con nuestros trabajos, no nos gusta cómo los gobernantes gestionan la crisis, y ya no nos toman el pelo en el bar donde vamos a picar algo; si nos cobran 15 € a lo tonto que tengan claro que no volvemos. Y así vamos caminando, rascando, peleando, en el mejor de los sentidos.

Ya conozco a varias personas cercanas que ante los infortunios han decidido lanzarse. Con esfuerzo (y algo de susto) han conseguido reunir un poco de dinero y han empezado a dar sus primeros y atrevidos pasos en el trabajo por cuenta propia o directamente empresarial. Y aún hay más que le dan vueltas a la idea; todos andamos reciclando e inventado. Sabemos que el mundo no es el de antes, que nadie va a venir a resolvernos la papeleta, que al margen de la desfachatez política, sólo uno mismo es responsable de su vida y sus acciones, que hace falta más espíritu crítico que nunca mezclado con la mayor de las voluntades, para no tragar pero para no quedarse tampoco parado, y pese a la complejidad de la situación no perder la integridad.

Puede parecer que divago, pero no. Yolanda superó un cáncer de mama el año pasado y mantuvo en todo momento la fuerza, por ella misma y sobre todo por los que le rodeaban, que andaban incluso más flojos que ella con la noticia. Ya recuperada y en el paro pensó que tanto trabajar para otros toda su vida, quizá era el momento de apostar sólo por ella misma y cumplir su sueño de tener una tienda de ropa, muy suya, con su estilo, a su manera. Y aunque todos le dijeran que era una osadía con los tiempos que corren, y ella misma se asustara incluso con el pequeño préstamo que necesitaba, su instinto le decía que simplemente, tenía que hacerlo.

La tienda Yolola

La tienda Yolola

Yolola (Av. Valladolid 42) ha abierto a principios de este mes de octubre y el tiempo dirá. Ella lo ha puesto todo, su familia también, pero su gusto, su gracia para sacar lo máximo de los recursos justos, su empeño en distinguirse, tienen el valor extra que se necesita y ya un triunfo en sí mismo. Con los tiempos que corren abrir una tienda de barrio y negarse a vender ropa barata -que es un concepto más allá del precio- es quizá una locura pero precisamente es en lo exclusivo -no necesariamente caro sino lo no evidente– en donde se abren los filones.

Víctor contaba el otro día en su facebook la estupenda mañana que había pasado curioseando discos de jazz en una pequeña tienda de Valencia. Israel no ha conseguido encontrar en ninguna gran superficie el último de Anna Calvi que acaba de salir. Las experiencias del día a día nos enseñan todo. Si no encuentras lo que buscas, ves a otro sitio. Si disfrutas del placer de un buen tendero, ves a él a comprarle. No hay misterio, para que el pequeño comercio sobreviva, y destacando que precisamente ahora y por paradójico que resulte es cuando más sentido tiene su existencia, lo único que hay que hacer es apreciarlo, contagiarlo, practicarlo, visitarlo.

No se pueden poner puertas al campo, las grandes superficies cumplen su función, no queremos que cierren, no vamos a entrar en esa polémica absurda, pero en paralelo tampoco queremos llevar el mismo vestido que medio país, ni comprar libros al peso, ni comer tomates que saben a plástico o naranjas supuestamente valencianas que vienen de Sudáfrica. Selección, especialización y atrevimiento, para todo. ¿O no?

Barroco destarifo

No era una película que me apeteciera demasiado ver, pero Álex de la Iglesia ya es un poco como Pedro Almodóvar -que me gusta bastante más-, si estrena es un acontecimiento y con los pocos que hay en el cine español hay que ir a verlo para poder opinar. Despliegue de medios, inventiva, atrevimiento, nada de eso le falta al director vasco. Había oído y leído de todo sobre  Las brujas de Zugarramurdi , unos la aplauden por valiente y personal, y otros la califican de bodrio sonrojante. Por suerte iba prevenida, y pese a no encantarme al menos no ha sido uno de esos casos en que la proyección se me hace directamente insufrible. No hay nada mejor en la vida que no tener expectativas.

Y bueno, la película de terror no tiene nada, aunque ese es el género en el que oficialmente la enmarcan; es más del tipo “de la Iglesia”, una comedia esperpéntica con mucho guiño a la idiosincrasia española y también vasca y con voluntad de exceso que se escenifica en el akelarre final. Como el director es de los que sabe rodar, Las brujas… empieza  trepidante y absurda con un atraco protagonizado por personajes de tebeo, a cada cual más inútil y ahí ya se ven las aptitudes de cada actor. Nunca hubiera imaginado que Mario Casas pudiera ser buen actor y parece que lo es. Para mí se destapó con Grupo 7 y aquí se reafirma aunque no sea un papel de los de lucirse, frente al limitado Hugo Silva, Casas es todo matices.

Desde el principio de la película, en concreto desde los mismos títulos de crédito que son una larga serie de grandes (y variopintas) mujeres de la historia, entremezcladas con imágenes de brujas, el conflicto es el de la lucha de sexos. La pelea eterna entre hombres y mujeres entendiendo los roles de género de forma muy convencional, aunque en el guión lo hacen con cierta gracia en diálogos que muestran a los protagonistas con sus problemas cotidianos: divorcio, custodia compartida, sexo, labores domésticas e implicación emocional en la pareja. Como excusa no está mal.

El film, no obstante, se hace un poco largo y es muy irregular, con golpes buenos de comedia y momentos estelares en la huida de los atracadores, sobre todo cuando se encuentran a esas veteranas brujas por el camino hacia Francia (estupendas como siempre Carmen Maura y Terele Pávez). Ese empeño por alargar las situaciones, por hacer evidente todo el despliegue, por rizar el rizo hasta lo estéril es un hándicap de Álex de la Iglesia, aunque también sea para aplaudir su compromiso en hacer un cine diferente y espectacular que pocas veces hay en España. Pero aun reconociendo eso no es de las películas que te capta la atención o te lleva, más bien revisas el móvil y tus preocupaciones mientras los personajes siguen a la suya, con persecuciones en el tétrico caserón y situaciones gore que tampoco es que te revuelvan demasiado. El destarifo final sí que resulta un poco sonrojante, aunque es divertido descubrir de repente a Santiago Segura y Carlos Areces caracterizados como señoronas vascas con todo su acento y sus ácidos comentarios.

 

Existen lugares alucinantes

A Xàbia hemos ido todos. O casi. Algunos conocerán más esta localidad de la comarca de la Marina como Jávea, en un tono como aspirado y desganado, de impronta pija. Todos sabéis a lo que me refiero: Jávea, o sea. Pero la mayoría, como yo, no habrán ido más allá de sus playas y de su paseo. Por suerte, una amiga arquitecta que es curiosa y es inquieta me ha mostrado hallazgos impresionantes en varios puntos de la zona: Calpe, Moraira, Jávea… Y con lo que me gusta el mar si ahora pienso en esos lugares ya no me vienen tanto a la cabeza sus playas bonitas sino una serie de construcciones demasiado increíbles para ser verdad.

Entre ellos, unos cuantos edificios de viviendas que Ricardo Bofill, el padre, claro, hizo en Calpe parroquia_javeaalrededor de los 70, de nombres tan llamativos como su fisonomía: La muralla roja, Xanadú, el Anfiteatro, Plexus. O ese auditorio inmenso y precioso, de hormigón, cristal y fachada azul, en Teulada. Por no hablar de la alucinante Parroquia del Mar en el puerto de Xàbia, escondida entre las callejuelas, pero sobresaliendo inevitable con sus columnas curvadas que asoman como si fueran los brazos de una nave nodriza a punto de despegar. Y es una parroquia, señores, ni siquiera llega a catedral, aunque su diseño resulte tan impresionante.

El síndrome de Stendhal me remite más a la saturación por belleza muy pura, muy perfecta, controlada, hasta aburrida, así que para este día de excursión no puedo usar esa expresión, porque aquí lo que hubo es deslumbramiento y sonrisa tonta de no creer lo que se está viendo, lo que hay en la Comunitat Valenciana que es una maravilla y que ni siquiera conocemos. Sin ser experta disfruté como una niña que abre los ojos por primera vez a un paisaje nuevo, sin serlo. No voy a describirlos, ni explicarlos, solamente digo que vale mucho la pena la visita. Es fácil, hay indicaciones, sólo es tomarse la molestia de cambiar el paso automático que nos lleva siempre a lo familiar, a lo seguro, obviando todo un abanico de posibilidades. Si te cierras quizá te proteges de algún imprevisto negativo pero sin duda te pierdes el inmenso positivo. Como leía justamente el domingo en este artículo de Jesús Terrés, no nos interesan las agencias de viajes ni los hoteles “con encanto”.

Y con esa determinación pienso continuar cada maldito día de mi vida, aunque no todos me pueda escapar con mis amigos de exploración, o compartirlo con quien más quiero. Darse alegrías cualquier día, arturherasregalarse un pan de semillas o un croissant del horno Migas (en Av. de Francia 22), que he descubierto gracias a Laura, hacendosa artesana de pan y dulces que me lo recomendó con entusiasmo. Ver la exposición de Artur Heras de la Fundación Chirivella Soriano, ir a la Peseta a por un pincho de tortilla y una buena caña fresquita, y así aprovechar para ver lo que hacen los de Proyecto Matraz en sus jornadas Los futuros del Marítimo. Quieta no me pienso quedar.

Quizá querer es poder

El mes de octubre viene muy rico en estrenos de cine. Hemos pasado de no tener nada que llevarnos a la boca a no dar a basto. Pero la temporada fuerte es de ahora a febrero y habrá que coger reservas para los meses de sequía. Sin duda una de las películas del año va a ser precisamente Gravity, de Alfonso Cuarón. Hace meses cuando leíamos sobre ella, nadie depositaba demasiadas esperanzas: ¿Sandra Bullock por el espacio? Pero bastaron los primeros visionados, y ya su presentación en el festival de Venecia, para que se corriera la voz de que era una maravilla. Y efectivamente, lo es.

No se puede contar mucho del argumento de Gravity. Un par de astronautas realizan trabajos de mantenimiento en una estación espacial, y de repente ocurre un accidente. A partir de ahí, el miedo ante la inmensidad -la más literal e incomparable de todas-, y la gestión de uno mismo para salir adelante. Cuarón, que también es el guionista junto a su hijo, sitúa el conflicto en el espacio pero podría ser en cualquier otro escenario porque lo que importa es el tour de force de una mujer en una situación límite, y podría ocurrir en el desierto o en las profundidades marinas. Pero qué bien que haya elegido ese paisaje: cuánta belleza, qué precioso es ese oscuro espacio exterior lleno de basura espacial, y qué manera de disfrutar el 3D por primera vez en pantalla grande sin no sufrir el mareo absurdo.

La película es seca, concisa, directa. Apenas hora y media de metraje para contar lo que hay, lo que se ve, yendo al grano completamente. Noventa minutos intensísimos en los que obviamente los efectos especiales son fundamentales pero no destacan sobre el relato, y eso es lo mejor. La técnica se integra de manera sutil y perfecta en la potente aventura personal de la protagonista, que es lo esencial, y está tan al servicio de la historia que pese a ser evidente apenas reparas en ello. Cuarón no se mete en jardines existencialistas como Stanley Kubrick en 2001, ni nada de corte espiritual como Robert Zemeckis en Contact  -peli a la que, por cierto, guardo mucho cariño-. Gravity cuenta lo que cuenta desde un punto de vista humano al máximo y con un sentido extremadamente práctico. Y te lleva. El resultado es preciso, redondo, nada sobra y nada falta, y nunca has visto a Sandra Bullock, fuerte y fibrosa, mejor y más bella, en la parquedad de ese vestuario.

El drama de Ryan -la protagonista-, su atasco y su despertar es la narración de la vida como pelea constante. Pase lo que pase va a ser una experiencia alucinante, dice en un momento del film, y es un buen resumen de su espíritu. Como decía una buena amiga te hace pensar que sí, que quizá querer es poder. La secuencia final en contrapicado es para la historia del cine, con tanta significación e impacto. Con la fuerza de la gravedad otra vez, marcando el tono, los primeros pasos, volver a andar, descubrir, despertar, el retorno, la capacidad de superación, el instinto de supervivencia, la conciencia del milagro que es la vida. No hay que escatimar, Gravity hay que verla y en el cine, a lo grande, lo demás es absurdo.