Archivo de mayo, 2013

Mi amigo robot

Lo malo de tener que escribir cada semana de un estreno es que la cartelera no siempre trae cosas interesantes para recomendar. Es lo que está pasando ahora mismo. Y a veces te metes en el cine y te encuentras con una película correcta, académica, bien hecha al estilo del cine estadounidense (sólo ellos saben hacerlo) pero que no tiene ninguna trascendencia. Y es lo que me pasó con Un amigo para Frank, del debutante Jake Schreier. Lo mejor que se puede decir de ella es que está protagonizada por un actorazo como Frank Langella, eterno rostro secundario que últimamente se prodiga en papeles estelares desde que en El desafío. Frost contra Nixon  encarnara magistralmente al presidente Richard Nixon en la entrevista televisiva que le puso contra las cuerdas. Aquí interpreta a un jubilado apartado del mundo en un futuro cercano, que empieza a tener problemas de senilidad y tiene mala relación con casi todos a excepción de la bibliotecaria del pueblo en el que vive. Su hijo le regala un robot para llevar la casa y hacerle de paso compañía y entre ellos se establece una peculiar amistad.

Da la sensación de que el film pretende ser cómico en algún momento pero no lo consigue, todo son aquí motivos para la tristeza. Frank está muy solo, el Alzheimer va a más, no se quiere cuidar y lo que es peor ya considera que está de retirada. Su compañero robot, tras las peleas iniciales, le despierta el impulso de vivir ante el horizonte de volver a su antigua pasión y especialidad, el robo de joyas, tarea para la que el moderno aparato le viene al pelo. Ahí es cuando Frank vuelve a luchar por algo que le merece la pena. Los robots en el cine actual me suelen dejar un sabor entre entrañable y melancólico si pienso en Eva, o en Wall-E, y en Un amigo para Frank, la creación de la criatura y el tono es similar. Junto a ellos, Susan Sarandon, Jeremy Sisto o Liv Tyler en papeles secundarios, en una película que no consigue calar hondo.

La ciudad que brilla

Lo siento, sé que empezar una columna hablando del tiempo parece un recurso pobre pero es que esta semana estamos todos ya nerviositos con la primavera puñetera que nos está haciendo. Que ese fresco repentino cuando ya nos habíamos quitado medias y sacado las piernas al aire no nos viene nada bien. Algunos auguran un verano no tan verano y con las ganas que le tenemos este año (y todos) no nos lo terminamos de creer. Que vivimos en la yema del huevo, recuerda. El sábado pasado por suerte fue uno de los días buenos para recibir a Mar que volvía a la ciudad para examinarse de una oposición. Hace unos meses que se fue a vivir hacia el Norte y ahora cuando viene siente esta ciudad, que tan difícil se le ha hecho por momentos, con amor, con rabiosa vibración, con algo especial. La luz de Valencia es diferente, esta ciudad brilla, me decía mientras nos metíamos entre pecho y espalda la paella marinera de rigor en La Alegría de la Huerta, en la Malvarrosa. Cuando vives fuera es cuando te acabas dando cuenta de eso. Luego variamos nuestra habitual ruta para tomar el digestivo posterior y caminamos por la orilla hacia la Patacona para seguir cogiendo dosis de sol en la terraza formentereña de LaMásBonita. Hay lugares especiales donde un gintonic sabe aún mejor de lo habitual.

Por suerte estoy rodeada de mujeres peleonas y todas nos revelamos cuando en la vida no todo sale como habíamos planeado o no encontramos recompensa al esfuerzo invertido. Mar es una de ellas; Esther, otra, aunque hay muchas más. Y otro día de malas noticias tuvo a bien llevarme a un nuevo sitio en el que trabaja de cocinera una amiga suya y que por 12€ te sirven una cena estupenda a base de hamburguesa gourmet, patatas, bebida y de postre, gintonic. Gintonics, con mesura, pero que no nos falten nunca. En serio, todo eso en La Mar Salá (en calle Lepanto 26), nuestro último fichaje para días tontos en que necesitas venirte arriba.

Y bueno, no siempre las opciones vienen tan fluidas, pero el final de esta semana se presenta también repleto de citas apasionantes, aunque no todo va a ser manducar. La primera, el viernes en La Rambleta, que viene Jonás Trueba con su última película bajo el brazo -literalmente porque la presenta de plaza en plaza en veladas únicas-, y vaya, hay muchas ganas de ver Los ilusos, de la que cuentan maravillas. Después algunos nos proponemos inaugurar por todo lo alto el mes de junio cogiendo un poco de coche hacia el Sur a por la primera ración de playa bonita de la temporada y merecido auto-homenaje por múltiples motivos. Como decía el personaje de Karra Elejalde en Tierra, “aquí te espero, verano“.

Un Gatsby apropiado

Es la película del momento y hay que posicionarse a favor o en contra. Se ha presentado en el Festival de Cannes, tras sucesivos retrasos en la producción ya que su estreno estaba previsto originalmente para 2012. Y el comando Boyero no ha tardado en destrozarla. Reconozco que no soy ninguna fan del señor Baz Luhrmann y sin embargo, con El gran Gatsby me he llevado una grata sorpresa. Aunque Luhrmann siempre tiene el sello excesivo aquí no se desata como en Moulin Rouge y tanto los momentos de purpurina como los de oscuridad en esta ocasión encajan bastante bien con el tronco de la historia.

Que nadie busque en El gran Gatsby una película comedida, claro, es intensa y desatada como la historia de amor y distancia que narra. Las fiestas en la mansión del misterioso protagonista son tan alocadas como debían serlo en esa época de eclosión previa al crack del 29. A todos, aunque sea solo una vez, nos gustaría pisar una fiesta de esas dimensiones, si ya no para bailar al menos para curiosear. Baz Luhrmann en estas secuencias da rienda suelta a su barroquismo y justificadamente. En paralelo a ellas, la voz en off del narrador de la misma novela, Nick Carraway, el único amigo del protagonista, encarnado por Tobey Maguire, va intoxicándote con su alucinado relato de la construcción del imperio Gatsby y su contundente decadencia, con el latido de fondo del impulso para llevar a cabo todas sus ambiciones, que no es otro que retomar la gran historia de amor de su vida, con Daisy, la niña bien de Louisville a la que desea impresionar. Y desde el preciso momento en que los dos amantes se reencuentran en una escena preciosa, el tono del film baja revoluciones para ajustarse a la verdadera intriga de encuentros, promesas, ilusiones y decepciones. Ese cambio se detecta incluso en la banda sonora, que pasa de temas festivos a canciones más tristes y delicadas como la de Lana del Rey y sobre todo The XX, cuyo Together brilla con mucho disimulo en las escenas más íntimas entre los enamorados.

Jay y Daisy representan dos maneras de ser y estar en el mundo y la vigencia, siempre, del concepto de lucha de clases. Uno es desmedido y apasionado, generoso hasta el derroche, en ocasiones inapropiado de tanto atrevimiento, y la otra, una belleza brillante pero recatada fascinada por el fulgor del impulso vital y las atenciones que finalmente prefiere la comodidad de la etiqueta y de su cajón bien ordenado y calentito de personas y circunstancias a medida. Todo es derroche en este Gran Gatsby pero el mejor y más valioso es el interpretativo a cargo de Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan, la pareja en cuestión.

Critican de esta versión el artefacto, el envoltorio, pero creo que esta vez el gusto por la apariencia excesiva va perfecto para adaptar el libro de Francis Scott Fitzgerald, incluso rompiendo tantos esquemas en virtud del hip hop y los ritmos discotequeros, que son meras herramientas, no-tan-ofensivas. Y me atrevo a decir que el mismo Luhrmann se desnuda en cierta manera aquí. Porque la propia película es la máscara y su contrapartida, las fiestas alegres y desaforadas, y la tristeza que subyace en su origen y trastienda. El impulso vital de un loco enamorado que contagia y comparte su buen vivir con todo el que puede seguirle -o se aprovecha- y luego su amarga derrota de ser humano despojado de todo bien material que no deja de ser, al fin y al cabo, un disfraz. Y en eso, increíblemente, Luhrmann era después de todo la mejor elección para contar la historia de Jay Gatsby, con ese paisaje después del artificio. La historia del hombre que brinda por todos y se queda solo.

 

 

 

Entre iaioflautas y casas que miran al mar

Una de las cosas buenas de vivir fuera de la ciudad es el trayecto de vuelta a casa. Reconozco que si son las tantas de la madrugada no hace tanta gracia por tener que medirse con los excesos, pero cuando sales del cine, por ejemplo, es una gozada poder macerar un poco más de lo normal la película y, si la película ha valido la pena, dedicarte quince minutos extra de concentración al volante para darle vueltas en lugar de meterte enseguida en casa y distraerte con otros asuntos. El sábado el camino fue de readaptación a la soledad después de un día intenso.comunistas Noe me había invitado al cumpleaños del Gafotas, un viejo amigo suyo y aunque mi humor esa mañana no era para socializar mucho, no hay nada que un grupo de gente estupenda y una cerveza bien fría no puedan superar. La comida, además, se celebraba en un lugar peculiar donde los haya, llamado popularmente Los Comunistas, sede de una asociación en pleno barrio de Ruzafa, pegado al Ubik. Había visto a veces salir gente mayor de esa planta baja pero no podía imaginar que el local era tan grande, con patio abierto al aire libre incluido.

Hay un cúmulo de circunstancias que ese día remarcaron lo insólito del local, donde se ofrecen comidas a precios económicos y se celebran encuentros de asociaciones de izquierda. Nuestra fiesta, con deliciosa paella valenciana de por medio, coincidía con otra comida-encuentro de iaioflautas de todo el país. Nosotros quedamos arrinconados al final del patio, contemplando el despliegue de energía que tenían y cómo entre plato y plato se levantaban con alguna canción reivindicativa. “Somos mayores, somos luchadores” o de repente escuchar el mítico Ay, Carmela,  fueron momentos CAVAIIIconmovedores. A la hora del postre, y ya con un punto muy interesante encima, el cava que nos sirvieron -de marca III República- remató la faena. Al salir de Valencia esa tarde era imposible quitarse la sonrisa.

El domingo teníamos cita con el Cabanyal Portes Obertes, que Merxe no conocía aún y como arquitecta que es era una cuenta pendiente que no podíamos dejar pasar. Y nos salió un delicioso día soleado para pasear por el barrio y charlar con los vecinos que abren sus puertas, como Francesc, cuya casa-cielo es un clásico del circuito, con sus tres pisos coronados por azul estrellado en el cielo. Y siempre que pasas por allí te maravillas con el privilegio que es una casa en la ciudad tan cercana al mar, todas bien orientadas para la luz y la ventilación, con pisos auténticos y preciosos de principios del siglo XX, de varias alturas y unas terrazas con vistas…al descuido y abandono municipal que ya es la única treta que le queda a Rita para sabotear la resistencia del barrio. Pero ahora ya el proyecto de destrucción del Cabanyal parece definitivamente parado y la actividad de vecinos y comercios implicados no deja de crecer.

En dos de las casas que visitamos también habían instaladas un par de exposiciones de fotografía muy interesantes, una de Mira Bernabéu con sus particulares retratos de grupo, esta vez de asociaciones comprometidas con alguna causa, como la del accidente de metro 3J o Madres de Negro, y otra de Juan Peiró y José Azkárraga con los tenderos del barrio como protagonistas. La de la tintorería o el del kiosco son los rostros que muestran la viveza de esas calles que han resistido después de mil abusos y avatares. Uno de los que aparecía en esas fotos era el dueño de Casa Montaña, y precisamente a la hora del aperitivo decidimos darnos un homenaje y cambiar la clásica incursión en La Paca por un vermut en Montaña. Porque de tanto en tanto hay que concederse a una misma también un premio. Y a veces incluso un fin de semana tranquilo es un pozo sin fondo de anécdotas paras compartir.

 

Demasiada formalidad

El director surcoreano Park Chan-wook tiene ya su prestigio consolidado desde que en 2003 estrenara la brutal Old Boy. Desde entonces no ha podido parar de crear y es con esta Stoker que se mete de lleno en la industria estadounidense. Hollywood siempre ha sabido atraer a los autores más talentosos de todo el mundo para darle color a su industria, por momentos repetitiva, anquilosada. Y Chan-wook no es un artista que pase desapercibido, sus películas (también Sympathy for Mr. Vengance) son pura potencia sangrienta, la duda era ver lo que le dejaban hacer allí. Y el resultado es marca de la casa pero dentro de un formalismo muy bien representando en el estirado rostro de Nicole Kidman (¿por qué?, ¿por qué?).

Fui a ver esta película con buenas referencias y había leído en twitter de personas que salían conmocionadas de la sala. Un cuento estremecedor, decían. Y realmente me decepcionó. Resulta curioso saber que el guión -claro- esta vez no es del propio director sino del actor Wentworth Miller, sí, el protagonista de Prison Break, y la nota emocionante, la única que hay en todo el metraje, es ver entre los productores al recientemente desaparecido Tony Scott. Anécdotas que para mí tienen un punto, que tanto le falta al film en su conjunto.

La historia y su arranque resulta al menos inquietante. India Stoker pierde a su padre, al que estaba muy unida, en un extraño accidente el día de su dieciocho cumpleaños. En el entierro aparece su tío Charlie -encarnado por Mathew Goode, visto en Match Point-, del que no había tenido ninguna noticia y que resulta de lo más siniestro. Ella no es que sea una chica dócil, y aunque con miradas distantes, los dos encuentran algún tipo de conexión que va evolucionando pese a las trabas que les rodean, y ante los ojos de su desubicada madre (Nicole Kidman). Entre la atracción y la repulsión ambos se van conociendo mejor y moviendo hasta llegar a un crescendo liberador para ella y catártico para él. Todo ese recorrido es cada vez más y más siniestro, violento y sangriento, con el sello Chan-wook sobre todo en la parte final, con dos escenas en las que sexo y muerte se mezclan de manera fascinante, pero de tan formal, tan evidentemente medido al milímetro cada giro, que te deja frío. Toda la dirección artística es una filigrana al servicio de una historia rocambolesca con poca enjundia y es justo la prodigiosa estética lo que perdura en tu memoria una vez terminada la película.

Si que merece mención aparte la actriz protagonista, Mia Wasikowska que soporta el peso de film y siempre es una presencia arrolladora desde que trascendiera gracias a su papel de gimnasta adolescente depresiva en la serie de la HBO In treatment. Esta jovencísima australiana es un prodigio de la interpretación que además sabe elegir de maravilla las películas en las que participa, todas muy diferentes. Fue la última Alicia de Tim Burton, una de las hijas de Los chicos están bien, la chica enferma pero vital en Restless de Gus Van Sant, y se entregó por completo en su papel de Jane Eyre junto a Michael Fassbender. Y por suerte no para de rodar. Yo la veo como la versión femenina del fenómeno Ryan Gosling. A ella sí que hay que seguirle la pista.

Plazas de primera

Ha sido mudarme del barrio y abrir Alas, espacio creativo justo al lado de mi antiguo piso. Y allí está, frente al río, en la calle Guadalaviar. Había leído por ahí algo sobre el lugar sin ver la dirección y este fin de semana caminando por la zona, a punto de cruzar hacia las Torres de Serrano, de repente me sorprendí. Entre la retahíla de talleres mecánicos, pollos asados y plantas bajas vacías había un nuevo local que me llamaba la atención por la gente que había dentro y la bonita fachada, sencilla, en sobria madera, todo pulcritud y delicadeza en el logo del sitio tallado en la cristalera, en la colocación del mobiliario. Alas se define como punto de encuentro para aprender disfrutando, para talleres, charlas, y están especializados en libros ilustrados para todas las edades. Precisamente el viernes había revuelo porque se estaba presentando Pornográfica, el cómic del dibujante maño Nacho Casanova que tan bien se está recibiendo. Un precioso álbum que ya desde el título y portada deja clara la temática y que es una pequeña joya. La cita fue un éxito y ahora aún se pueden ver allí expuestos una serie de dibujos del artista. Aunque ya no viva ahí, tengo buena excusa para seguir acercándome a mi antiguo barrio.

Lo que me voy a pensar un poco es la próxima visita a La 3, discoteca señera ahora mismo en Valencia ciudad, con la que tengo sentimientos ambivalentes. El lugar tiene potencial aunque es un antro, no muy cómodo, por momentos irrespirable, y con detalles de gestión muy mejorables, como el trato a la entrada, del servicio de seguridad o la atención cuando se rompe algún vaso en medio de la pista. Si por algo la tropa de bailongos somos fieles es por su programación de sesiones con DJ destacados internacionalmente (memorable en diciembre fue la visita de The Magician) y por el residente Pablo Cebrián que nunca nos decepciona. Este sábado venía el catalán John Talabot y la cosa prometía pero nos quedamos todos un poco con cara de póker. El sonido no era bueno (algo de lo que se suelen quejar habitualmente el público de los conciertos), y con la selección de temas que hacía Talabot, pura tralla, no se suavizaba lo más mínimo. La cosa ha traído cola, y de hecho el lunes el DJ estrella publicaba una queja sobre la sala en su página de Facebook. En este punto, con poco añadir respecto a cuestiones técnicas que el que está en la pista desconoce, hay que señalar que la actitud del artista tampoco fue receptiva ni de atención a lo que pasaba a su alrededor. Cuentan que sus sesiones como DJ son míticas pero en estos gestos es donde se mide un poco la categoría de alguien que raciona su entrega artística según en la plaza en la que se encuentre. Hay plazas de primera y plazas de segunda, y se le notaba. Es por contraste que tenemos, por ejemplo, el excelente y reciente recuerdo de una banda tan enorme y consolidada como M83 ofreciendo un concierto épico en el SOS de Murcia, plaza de segunda para hipsters de pro que van al PS. Cuestion de estilo.

tarin docY ésta es la semana final del Cabanyal Portes Obertes. Repetirme un poco cuando se trata de asuntos tan imperdibles como éste no me pesa. Tienen que ir: los que ya conocen el barrio, para conocerlo mejor y tomar perspectiva del estado de la cuestión ahora mismo; y los que no lo conocen, porque esta iniciativa de la Plataforma Salvem el Cabanyal que ahora cumple quince ediciones, es una manera lúdica incomparable de adentrarse -literalmente- en las casas de sus vecinos y de conocer de primera mano la historia de una resistencia por mantener en pie un patrimonio único en la ciudad, valorado en todo el mundo y maltratado con premeditación y alevosía por el Ayuntamiento. Y todo en un tono relajado, acogedor y festivo.

De la historia de esos vecinos en lucha  por proteger sus casas, de la voluntad de mantener su barrio vivo y digno, de los peores y mejores momentos que ha vivido el Cabanyal en estos quince años va a tratar y con detalle  el documental que está preparando el periodista Sergi Tarín y que ahora mismo busca financiación a través de un verkami. Tarín, profesional de mirada afilada y escritura perfecta, lleva años implicado y filmando de cerca todo lo que ocurre en esas calles (aquí se pueden ver algunos de sus excelentes trabajos en vídeo) y si hay un documental que queremos ver es éste. Desde 5 hasta 500 € se puede contribuir a sacar adelante el proyecto, Abril al Cabanyal. Crònica viva d’una resistència. Y después iremos a brindar con unas ricas cañas y la mejor tortilla de patata a La Paca.