Archivo de abril, 2013

Que nos devuelvan el sol

Una vez superada nuestra particular semana de Pasión podemos volver a respirar aliviados y pasar a la etapa Resurrección. Parece que a veces la meteorología se alía para acompañar nuestro ánimo empañado. Muchos en mi entorno hemos tenido una semana de nubes, ahogos y frío, y este sol que de repente ya por fin nos ilumina, devuelve la vida. Lo dicho, resurrección. Que ya es mayo y tenemos mucho pendiente antes de que llegue el verano con su despiporre.

En el Cabanyal Intim hemos vuelto a disfrutar con esas piezas teatrales y de danza en casas del barrio y en nada, la semana que viene, tenemos el planazo ineludible del Portes Obertes, una forma preciosa de conocer la zona más emblemática de la ciudad. Lo pillamos con ganas, porque se ha retrasado unos meses. Pero del fin de semana próximo, el del 10 de mayo, hablaré el martes que viene, porque viene cargadito de cosas bonitas y suculentas que nos hacen saltar. El tópico que siempre repetimos es que en Valencia no pasa nada, pero lo cierto es que ahora mismo la agenda está repleta y variada. Yo no puedo hablar de todo pero lanzo ideas. El 14 de mayo viene a La Rambleta la banda americana Low, una de las grandes. Delicados y contundentes, profundos y complejos, buenísimos. Lo digo con tiempo, para escucharlos y para poder comprar aún la entrada.

En Espai Rambleta están que no paran; preciosa la iniciativa de proyectar El héroe del río de Buster Keaton, con la música de Tórtel, El Hijo y Jordi Sapena. Esta semana de teatro también tenemos citas interesantes. En la omnipresente Rambleta, el montaje de Maridos y mujeres, de Woody Allen que ha hecho Alex Rigola. Y para echarse unas buenas risas a mí me apetece más quizá lo que tenemos en la Sala Russafa, La nóvia de Gary Cooper de Pasqual Alapont y la Dependent. Sus protagonistas, Pep Sellés y Pepa Miralles saben hacer comedia y de eso no vamos sobrados.

Y hay tradiciones que nunca faltan. En Fallas, viento para poner emoción con la estabilidad de los monumentos y en la época de la Fira del Llibre, lluvias. Todos pensamos que con estos primeros días de tormentas ya ha habido suficiente y vamos a tirarnos a la calle. El parque de Viveros ahora está más verde y resplandeciente que nunca y en las casetas de nuestros libreros -esa especie que se resiste a la extinción- todos podemos encontrar algo suculento, se llame Grey o se llame poeta decadente. Entre las numerosas firmas y coloquios yo aquí os propongo que os acerquéis el domingo a las 14h a conocer a Carme Manuel, una profesora de la Universitat de València especialista en literatura norteamericana, que presenta su primera novela, Llanceu la creu. Una mujer con sangre en las venas, que para personas que pasan de puntillas por la vida ya tenemos bastantes.

Tocar cielo y tocar tierra

Mi previsión me decía que esta semana tenía que escribir sobre Terrence Malick y su última película estrenada en España, To the wonder. Le he estado dando vueltas dos semanas. Quizá, como me dijo Alberto el otro día, había buenas razones para que este director solo estrenara cada montón de años y por las que su filmografía es tan corta. Desde luego yo me declaro incapaz de decir gran cosa. Y conste que soy defensora a ultranza de El árbol de la vida que se presta a varapalos y risas debido a su duración y a su atrevimiento al hablar de  espiritualidad. En aquella película descubrimos a la maravillosa Jessica Chastain en el papel de madre amantísima, y a un Brad Pitt severo y brutal. En To the wonder, la divagación es en torno al amor, las relaciones sentimentales, las uniones y las separaciones servidas por el azar. El tema no puede interesarme más, y sin embargo esta vez me uno a la fila de los detractores de Malick, incapaz de alzar un solo argumento a su favor. Imágenes bonitas, secuencias de cámara volando, intérpretes bellos inmersos en paisajes de infarto (Mont Saint-Michel en Normandía, o las planicies tan fotogénicas de Oklahoma). En otras ocasiones con ese estilo a mí me contaba algo, muy poderoso en el caso de su anterior film, pero aquí directamente me parece una nana que se empeña en dormirte con música, viento y planos eternos. Importa poco los motivos y decisiones de los personajes a los que ponen cara Ben Affleck, Rachel McAdams, Javier Bardem y Olga Kurylenko. La interpretación -por decir algo- de esta chica es de risa. La belleza solo por la perfección de las formas es vacía y tan pobre.

Nada que ver con las etéreas imágenes de Malick, mejor hablar del documental Searching for Sugar Man, del joven director sueco Malik Bendjelloul. Cada temporada hay un sleeper, la típica película que se estrena sin demasiada expectación y que va creciendo en taquilla y manteniéndose durante meses gracias al boca-oreja, un éxito mucho más valioso y merecido que una agresiva campaña de marketing. Como película no aporta gran cosa, es un documental bien hecho, con oficio y que atiende con profesionalidad y sensibilidad a la historia que quiere contar, la de Sixto Rodríguez, un músico de Detroit de padre mejicano, que al inicio de los 70 publicó dos álbumes de gran calidad y luego desapareció de la faz de la tierra. O eso se pensaba. El documental relata precisamente esa búsqueda del mito que la leyenda contaba había muerto en rocambolescas circunstancias, cual Jimi Hendrix. No puedes dejar de seguir fascinada la investigación que llevan a cabo un veterano fan y periodista sudafricanos, porque lo insólito del caso es que Rodríguez vivía humildemente aún siendo muy valorado por sus productores y algunos contados expertos en su país, pero es que en Sudáfrica se convirtió en una estrella de la música más conocida que, por ejemplo, los Rolling Stones. Sus canciones son impresionantes como impresionante es que un artista de tal envergadura cayera en el olvido tan rápido en la era en que Bob Dylan, de estilo calcado, triunfaba. Por momentos te parece estar viendo uno de esos intrigantes documentales de ficción, al estilo de Forgotten silver (1995) que hizo Peter Jackson, reinventando los inicios de la historia del cine, sacando a la luz a un pionero del séptimo arte de origen neozelandés. Pero no, Sixto Rodríguez existió y eligió voluntariamente seguir otro camino con menos relumbrón. Pero toda su biografía es igualmente conmovedora, su manera de ver y estar en el mundo, su radical autenticidad. Una de esas personas libres más allá de toda meta o ambición. Esa estirpe. Una historia emocionante que vale la pena conocer.

Esos días inesperados

Hay semanas en las que no pasa gran cosa y otras, en las que para bien o para mal, pasa todo. Esta fue de las segundas. Y acabar el viernes resultó casi agónico. El clima de Valencia es uno de sus puntos positivos, pero en plan titular. Mucho sol y mucha luz todo el año, es cierto -y estupendo-, pero nuestro secreto mejor guardado es no ahondar en la locura meteorológica en que vivimos. En Navidades no suele hacer frío, pero hay días de invierno en que aunque solo marquen 10° tienes más frío que en Londres a -5°.  La gelor valenciana, esa humedad tremenda que hace que aunque al aire libre se esté caldeado dentro de casa tengas siempre pies fríos. Y la primavera es caótica (frío-calor-frío en un mismo día) -ningún descubrimiento-, pero no ayuda cuando los nervios andan a flor de piel. A veces sucede que en un sólo día el ánimo te da cuatrocientas vueltas y las situaciones se van desarrollando de manera sorprendente. Si a mediodía alguien me hubiera dicho que iba a acabar la noche bailando en Mya le hubiera contestado que menuda insensatez. Y sin embargo así fue.

Tengo unos amigos que valen millones. Y después de una tarde de fructíferas compras en soledad, vino Esther al rescate para invitarme a un nacional (café granizado con leche merengada). Juntas nos fuimos liando por Ruzafa y resolviendo entuertos del pasado hasta terminar cenando unas deliciosas hamburguesas caseras regadas con vino. Vitamina pura. Era tarde, pero el cuerpo pedía alargar. ¿Dónde ir a bailar sin tener que pagar? ¿XL? ¿Noise? ¿Mya? A esas horas las listas ya estaban cerradas…pero cuando la cosa fluye, fluye y David dijo sí y allí que nos fuimos sin gran acicalamiento pero muchas ganas de catarsis.

myaAquí me pongo seria a riesgo de unfollows y manos a la cabeza. En Valencia si hablamos de bailar, pero de esa manera precisa y absoluta que es bailar con todo el cuerpo y a lo grande, sin cortapisas, para mí hay un lugar imbatible: la discoteca Mya, bajo el Umbracle de la Ciudad de las Artes y las Ciencias -una zona que por lo demás, no me entusiasma-. Conste que he probado muchas. Somos fans del dj local Pablo Cebrián, sobre todo en sus sesiones de La3. XL tuvo su momento pero ahora ya por lo general es una aglomeración coreando demasiados temas futboleros. Lo siento, no creo que recuperar cada sábado noche a Nirvana o el Seven nation army de The White Stripes se ajuste al concepto bailongo.

Hay gustos para todo, no digo que no. Llevar MáximaFM sintonizada en el coche es algo que no pasa desapercibido. Gracias a Merxe esta radio llegó a mí hace menos de un año, y es para quedarse, aunque el asunto dé para no pocas bromas entre amigos y familia. Yo digo que me gusta darle a todo, es uno de mis lemas. Me parece enriquecedor ver más allá de la etiqueta chumba-chumba. En la sesión del viernes daba gusto ver al dj Camilo Franco, que venía como estrella invitada para celebrar el quinto aniversario de la sala, disfrutando de su propia sesión, sonriendo, cantando el Say my name de Florence+The Machine con Calvin Harris y bailando. A excepción de Medardo o Josep todos los dj que conozco se mantienen muy serios detrás de sus cascos, prefiero cuando se mimetizan con el ambiente.

Pero como aquí cabe todo, este fin de semana tocan planes muy diferentes. Repetir con el Cabanyal Intim, festival de teatro en formato cápsula dentro de algunas casas del emblemático barrio marinero, que tanto nos gustó el año pasado; decidir si me da tiempo a ver, por fin, la obra No te salves que con tanto éxito se repone en la sala Ultramar y a dar un paseo por la Fira del Llibre en los Jardines de Viveros. Opciones para echarnos a la calle no nos faltan.

10 Life Lessons from Calvin & Hobbes

El retorno

Con el estreno de mi nueva web he decidido, por fin, recuperar mi columna de los martes, que publiqué durante casi un año en el periódico L’Informatiu gracias a la confianza que puso en mí su director, Juan Enrique Tur. En aquel contexto era la columna que desengrasaba entre el conjunto, político y pegado a la actualidad. Con su nombre, La Buena Vida, ya era toda una declaración de intenciones, que ahora vuelvo a repasar para empezar esta nueva etapa. Dedicarse al buen vivir es una actitud que yo llevo como bandera. Estando en Valencia a veces esto es una insensatez o un atrevimiento, pero de eso precisamente se trata: a pesar del dolor -léase vergüenza, léase indignación, chapablancaléase cabreo- que nos provoca la manera en que se hacen muchas cosas en esta ciudad y comunidad autónoma, somos muchos los que aun siendo ciudadanos perplejos las reivindicamos como nuestras, y nos levantamos para decir que hay mucho más allá de lo que ocupa los titulares de prensa. Y que nos encanta. No pretendo dar la espalda a lo que ocurre a mi alrededor, todo lo contrario, siempre sale, aunque el foco decido muy conscientemente ponerlo en lo mejor y más disfrutable de la vida cotidiana en la ciudad y alrededores.

La de buena gente que te cruzas por el mundo es de traca, si te da la gana verlo y estás receptivo a ello, claro. De eso, y de otras muchas cosas, hablábamos Marta, Merxe y yo en uno de nuestros nuevos sitios favoritos, La Peseta, junto al Mercado del Grao. Es triste el abandono que sufre ese espacio municipal, sin apenas establecimientos abiertos, con lo bonito que es y tras haber sido recientemente restaurado. Pero aún así la zona se ha revitalizado desde hace un tiempo gracias a iniciativas privadas como Proyecto Matraz, la tasca vegetariana Nehuen o la citada bodega de-toda-la-vida remozada en punto de encuentro para gente de todo tipo y condición. Somos fans. Está abierta todo el día y si vas una mañana te juntas con las señoras sexagenarias del barrio marinero, que se reúnen para almorzar, con sus bolsas de la compra a los pies. Una gozada. Por la tarde noche, la fauna es variada y a nosotras nos sirve como afterwork, como lugar de trabajo en sí e incluso como gabinete de -ocasionales- crisis. Queda pendiente, eso sí probar la paella y los conciertos que hacen en fin de semana. Lo bueno siempre es tener planes pendientes.

Las personas y las sincronías que nos hacen encontrarnos, de eso hablábamos. Ganancias 2012, repito yo siempre. Estamos en la cambiante primavera, ya hemos superado dignamente el duro otoño y el casi inexistente invierno valenciano -con tantos cambios personales y convulsión social-, y en la antesala del verano parece que todo empieza a moverse. Es en cierto modo el comienzo del año, vamos a sembrar y a recoger. Muchos planes a la vista, y en ello estamos. Valencia es una ciudad mediana, muy asequible para moverse y en ocasiones algo insuficiente en vida cultural. Aunque eso ya es más un tópico que otra cosa, si vemos la actividad de un centro como La Rambleta o sobre todo la agenda de conciertos que no para, por nombrar algo a bote pronto. Esta semana, por ejemplo, Mishima, Chucho y Quique González, así en tirereta, uno detrás de otro. Si hablamos de los grandes museos (sic), como el IVAM o el San Pío V el panorama es desolador pero últimamente no dejan de inaugurarse pequeñas exposiciones interesantes de fotografía, ilustración y diseño. Y precisamente esta semana hemos recibido con alborozo y brazos abiertos el nacimiento de una nueva revista cultural -por ahora online-, Verlanga. “Avisamos que somos fans de nuestra ciudad. Nos gusta y mucho. y por eso queremos rescatarla de esa gente gris que se empeña en convertirla en una nueva rica“. Sin duda, estamos hermanados. Inquietudes, ideas y ganas de llevarlas a cabo no nos faltan.

Una Karenina inesperada

Ver una película en casa, por muchos avances tecnológicos que haya, nunca podrá compararse a la experiencia de la sala oscura. Esa es mi rotunda afirmación y mi apuesta, por mucha subida de IVA o pérdida de hábito que haya. Siempre hay opciones para ver cine, hay ofertas y está la estupenda Filmoteca, o las proyecciones en bares o centros culturales. Entiendo que lo que sigue de moda es el pirateo, pero con este tema para mí no hay discusión. Cada viernes esta columna pretende ser un acicate para que sus lectores se animen a mover el culo y acudir al cine. Siempre voy a tratar de escribir sobre films que estén al alcance, jugando con las  posibilidades de Valencia ciudad y dado que muchos estrenos apenas duran en cartel. Así hago caso a mi querida Marta Ortells que cuando leía mis críticas en forma de cápsulas tuiteras bajo el hashtag #cinecinecine me echaba la bronca por no darle el espacio que merecía la crítica en cuestión. Y tenía razón. Ver películas es una de mis cinco cosas favoritas para hacer en esta vida. Durante algunos años escribí sobre ellas en distintas publicaciones de Valencia, y ahora, con esta ventana, vuelvo al ruedo.

He tardado más de lo habitual en ir a ver Anna Karenina. Me encanta la novela de Tolstói y me interesaba lo que podía haber hecho con la historia Joe Wright junto a su musa, Keira Knightley. Desde la versión antiquísima de Greta Garbo, bella más allá de lo terrenal, nadie de enjundia se había atrevido con semejante novelón y lo ha hecho este director tan ‘british’, especializado ya oficialmente -tras Expiación y Orgullo y Prejuicio– en adaptaciones literarias. Wright es de esos cineastas que no destacan en principio por tener un sello arrollador pero visto lo visto, se está destapando poco a poco. Yo diría que esta Anna Karerina ha sido su salida del armario como un señor atrevido y a su aire. Las críticas que me habían hecho de viva voz o que había leído muy por encima decían lo mismo y lo contrario, aunque algunos como Desirée de Fez y Raúl Cornejo sí se retrataban con bastante entusiasmo. Aún así me senté en la butaca con poca idea preconcebida más allá de la consabida tragedia de la adúltera rusa de finales del siglo XIX. Y bueno, puedo decir que la peli me ha encantado. Tiene fuerza, es diferente y aún conociendo por dónde va a ir el tren, es una sorpresa lograr pasar las dos horas largas que dura conmovida en la butaca.

Las películas de época, y más si son adaptaciones literarias, pueden ser directamente un tostón, siguiendo a rajatabla las pautas academicistas, pero Joe Wright, de la mano de un guión de maestro a cargo del dramaturgo inglés Tom Stoppard -claro, así cualquiera- sabe darle una interesante vuelta al asunto. La puesta en escena exagerada y voluntariamente teatral en momentos concretos del film es un acierto, que remarca a la perfección el estatismo frente a una forma libre de ver la vida, la presión de los convencionalismos en una historia muy loca y muy humana de amores al límite y en contra de toda formalidad.

El despliegue de producción y vestuario es a todo gas, y por momentos muy fugaces parece un musical de Lurman, pero son solo flashes; Wright bordea el exceso sin sobrepasarlo. Y todos esos trajes de Jacqueline Durran que se llevó el último Oscar por este trabajo-, decorados, detalles, o la música de Dario Marianelli, no son una mera exhibición de poderío sino que acompañan y conforman el sentido del film. Y moviéndose entre todo ello, una larga lista de actores de lujo, empezando por -la nada etérea pese a su delgadez-, Keira Knightley, que desde hace unos años ha sabido encauzar estupendamente su carrera, Jude Law, Kelly McDonald, Emily Watson u Olivia Williams.

Algunas de las personas que me habían hablado con desinterés de esta Anna Karerina la habían visto en la tele. Claro, la gracia de obras como ésta es el espectáculo que generan -el cine a lo grande- y que no puede apreciarse igual en una pantalla de casa. Por eso y por mucho más, id al cine, malditos.

Blogexpo 5 – Blau d’estiu

Marta Ortells nos pide y nos ofrece su blog para jugar y experimentar con la fotografía desde una actitud muy inmediata.

Para esta tercera colaboración post veraniega el objetivo era sacar el punto azul al verano sin la frialdad que se le suele asociar a este color. Mi foto, de hecho, era muy de tierra y de calor.

Verano azul terrenal

Verano azul terrenal