Oli-ba-ba

A veces sobran las palabras. Me pasa con ésta. El mítico chiringuito de la playa de Oliva (la de Aigüa Blanca) que siempre había resonado y que finalmente nunca terminaba de encontrar y casi ni buscar de verdad. A final de 2010, después de una y mil vicisitudes personales proclamé que 2011 sería el año del placer. Y si lo ha sido en parte ha sido gracias al Oli-ba-ba, punto de referencia del verano. Un nuevo tótem.

Un lugar donde resulta fácil olvidar los recovecos de la vida diaria, un lugar donde reír, sonreír de forma automática, las horas pasan rápido y siempre se te hace de noche; donde escuchas divertida música que quizá no escucharías nunca en casa, donde te contagias de un espíritu amoroso y juguetón que solo había conocido antes en Formentera, la isla bonita. Un lugar donde, no sé por qué, hasta la gente fea resulta guapa y reina el hedonismo desenfadado.

Vale la pena el camino en coche hasta La Safor (en el límite de la provincia de Valencia) para nadar en aguas transparentes (y no querer salir), regodearte en arena fina, y echar el día tranquila y felizmente sin aglomeraciones de gente. Es un estupendo agujero negro en el que sabes cuándo aterrizas pero nunca cuándo sales. Te dejas querer y Epicuro es tu único ideólogo. Fuera con quien fuera a lo largo del mes de agosto todos hemos embelesados. Pido disculpas por el énfasis pero le debía una oda de amor a mi querido Oli-ba-ba. Solo abre de finales de junio a principios de septiembre, una presencia puntual y luminosa para contrastar con el resto del año e insuflar aire fresco entre la tibieza y el racanismo imperantes. Sencillo, diverso, abierto, tan apetecible como el verano.


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