Montgo

Loving Mediterráneo

Conducir el camino de vuelta desde Murcia es lo que tiene, que es una pesadilla, un agujero negro, un triángulo de las Bermudas que pretende llevarte como sea a la autopista para apoquinar. Pero aunque no sea capaz de memorizar los desvíos erróneos que cojo cada vez que tengo que volver de allí, si digo no, es no. Esta vez Estefanía y yo nos propusimos revelarnos ante el destino…hasta acabar en la N-III desde la Vila Joiosa para llegar a Valencia, un largo recorrido de tres horas amenizado por música, risas y conversación.

mediterraneoY lo que parece una broma pesada se convierte de repente en una maravilla: llegar a una epifanía a través de la orografía. Porque así fue, distraída como iba las siluetas a cada lado de la carretera acabaron por cobrar protagonismo. La extensa mole de cemento que es Benidorm capta la atención, fascinante en su agresividad, en su rareza, ahí en medio, plantada. Al pasar el oasis kitsch alcanzamos el Mascarat, y el coche en semejante pendiente empezaba a sufrir un poco, pero no importa, ir despacio aquí es el lujo, subiendo por la comarca de La Marina, Benissa, Altea -con tantos recuerdos, vidas dentro de esta vida-, y encarando hacia el Montgó, imponente, a la vista. Alicante, aun tan construida como está en toda su costa, es bella a rabiar. Pasamos Xàbea y Denia, relucientes como ellas solas, para entrar en la Safor, en la provincia de Valencia, con Oliva, que es el nombre y el lugar que nos saca la sonrisa y que nos gusta disfrutar no solo en verano. Ya con la perspectiva cercana de llegar a casa, los alrededores de Cullera siempre son interesantes, en la órbita de la Albufera y los campos de arroz en paletas de colores diferentes a lo largo del año.

Estas desatadas líneas sobre mi tierra, sin que sirva de precedente. Como la inmensa minoría de aquel antiguo slogan de La 2, en Valencia vivimos como podemos con los políticos y gestores corruptos que tenemos, y pese a toda la ristra de despropósitos en forma de urbanismo salvaje, grandes proyectos…somos muchos, porque lo sé, porque lo hablo repetidas veces, los que amamos este lugar, y lo defendemos. Nos duele Valencia, nos duele la Comunitat Valenciana, de la manera que se está llevando, pero aun así somos conscientes de nuestro privilegio y creemos en el cambio.vlc

Lo decían la abuela y la bisabuela de mi amigo Javi, “date cuenta, nene, vivimos en la yema del huevo“. Hice el camino por carretera de sur a norte con ese convencimiento claro, el de la inmensa suerte que es vivir en el Mediterráneo de la canción de Serrat. No son solo las playas, son también los pueblos del interior de Castellón, o el increíble enclave que forma la Vall de Gallinera, o Valencia con su luz única, esplendorosa y esa perfecta medida entre ciudad grande pero asequible, práctica y cómoda. Pero sobre todo la luz, tan difícil de explicar y de captar en fotos. Es el mismo convencimiento que tenemos cuando ya sea diciembre o febrero, amanece uno de esos días ‘de Fallas’, de sol incontestable, la opción de tener días primaverales todo el año. Cuando he estado viviendo lejos es este mar, son estos aires, esta luz lo que añoraba, no un lugar específico. La forma de vida, el paisaje, el aroma, este mood, este flow de ‘la terreta’. Aquí solo con salir a la calle, sin más añadidos, muchas veces me siento enormemente afortunada, y sé que no soy la única. Me acuerdo de la película de Adolfo Aristarain, Un lugar en el mundo. Yo no me siento de ningún país, pero sí sé dónde me ato, lo que me lleva y lo que me llama, por eso mi lugar en el mundo está aquí -por ahora-, bordeando el Mediterráneo.

 

[Publicada originalmente el 4/2/2013]


2 comentarios

  1. nadador_

    Precioso texto, felicidades.

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