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Lo que enseña una mudanza

Con cada mudanza se aligera el equipaje. Mudanzas son vida, y como la vida, no son fáciles. En sensaciones me recuerdan a las heridas, que luego se hacen cicatrices y se quedan ahí contigo en mayor o menor medida. Todo, al fin y al cabo son marcas que nos van dejando los años.

Una mudanza te cambia. Cada una que hagas. Y no me refiero a esa primera vez que saliste de casa de tus padres para vivir por tu cuenta, con tus maletas y tus pertenencias, que cabían en una sola habitación. Aquella queda lejos. Esa es la fácil y hasta diría yo que casi no cuenta como mudanza, aunque marque un momento importante en nuestras vidas. Ahora acabo de hacer mi quinta mudanza y me he enfrentado a ella con la valiente insensatez de quien no retiene demasiado los malos momentos. Menos mal que los humanos somos animales olvidadizos, desechamos lo malo y nos quedamos con lo bueno; instinto de conservación lo llaman. De lo contrario no saldríamos de casa, atenazados por la inacción.

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Porque pensado fríamente y de buenas a primeras todo da miedo. Pero aún con eso hay que seguir andando y no quedarse quieto, ciertas cosas simplemente hay que hacerlas y se hacen. Como en la viñeta de Liniers, de vez en cuando hay que hacer algo que asuste. Había elegido no recordar la última mudanza, más de dos años atrás. Lo seductor de un nuevo horizonte envalentona. Esta vez a un mes vista de la fecha definitiva lo tenía todo por hacer, incluso el piso donde me iba a instalar estaba por arreglar -chapuzas arriba y abajo- y allí las desdichas se iban encadenando como si de la película de Tom Hanks se tratara. Para Nochevieja, a solo unos días del cambio, celebré con amigos el cambio de año en una fiesta que servía de despedida del bonito piso alquilado frente al río. Y todavía no había hecho ni una sola caja, ni una sola maleta. A lo loco. Mi nota mental para la próxima mudanza -que espero sea dentro de mucho tiempo- es ser, claro, algo más previsora.

Al final como cantamudanza La Mala Rodríguez “al lío, que en queriendo tó se puede”. Y por el camino dejas ropa que no te pones, haces limpieza pero a fondo, de verdad, regalas libros que leíste y no necesitas conservar, y vamos, que haces donaciones varias. En mi caso, cierto tipo de fetichismo se ha ido curando a base de mudanzas. Cuando era más joven el afán por acumular libros -no hay nada que pese más que una caja llena de ellos- y discos y cosas bonitas podía no tener fin. El consumismo cultural no lo tiene…pero como todo el consumismo es una afán que no lleva a nada. Al menos así lo veo yo. Y decididamente andar cada vez más ligera de equipaje es algo que me hace mucho más feliz.

[*Sobre equipaje ligero o no, muy interesante el proyecto de esta web que te pregunta lo que llevarías contigo si tu casa se estuviera quemando]

En mi familia bromean con que tengo entre mis aficiones cambiar de residencia, que parezco el pueblo de Israel, siempre en la diáspora -una broma vintage claramente-.  Desde luego una afición yo no la llamaría. Son, más que agotadoras, extenuantes, provocan crisis existenciales, desmontar y montar, colocar y recolocar, buscar el sitio, hacerte el hueco, cuidar el calor de tu hogar, todo son actos físicos y a la vez simbólicos, cargados de significado, con el bagaje de alegrías, penas y dificultades. A veces la magnitud de la tarea te sobrepasa. Hay una frase de Albert Camus que encuentro muy apropiada: la vida es la suma de todas tus decisiones. No dejo que las decisiones me tomen a mí, ésa es mi apuesta. Y cada cambio de casa es inevitablemente una nueva fase personal. Una mudanza no es fácil, no es bonita pero pasa, y nunca nunca se acaba el mundo, curte y enseña. Que a los cambios mejor que temerles, hay que darles la bienvenida.


1 comentario

  1. esther

    … y sobretodo, recuerda que cuando cierras la puerta de la casa que dejas, tienes la ventaja de poder dejar alguna “cosilla” que no te convenga, por lo de ir más ligera de chepa ;-)

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