oli

El templo del golfeo feliz

Ya me había pasado en 2011, cuando por primera vez, por fin, puse el pie en el Olibaba, famoso chiringuito de Oliva, y en esa playa de Aigüa Blanca. El bajonazo posterior en septiembre fue considerable. En 2012, que ha sido mucho más apoteósico, el verano directamente ha tardado meses en irse. Y hasta me ha llevado un tiempo poder volcar por escrito una nueva carta de amor al Oli.

He hablado muchas veces de él, aquí mismo y en la columna que escribía para el periódico L’Informatiu. También en Facebook las fotos seleccionadas que publicaba traían cola, por el contagio. Lo bueno hay que compartirlo, no soy de las que gusten de placeres exclusivos. El buen rollo que genera el lugar hace que todos los fieles queramos propagar el enganche, darlo a conocer, compartir con más amigos lo que allí se vive. Este año ha habido especialmente revuelo en torno al lugar, con un artículo en El País, reportajes en la tele o el Premio del Ministerio de Medio Ambiente al Chiringuito Responsable por su protección del litoral.

cartel entrada OLILa adicción que provoca el Olibaba es una adicción buena, pero adicción al fin y al cabo, y la sombra es que conlleva síndrome de abstinencia cuando no puedes ir, o cuando, a principios de septiembre se termina la temporada. Recuerdo una escena muy simbólica en el mes de febrero. Crudo invierno neoyorquino, de cervezas con amigos y un Urban Outfitters de la Séptima Avenida abierto y de rebajas. Desde el escaparate vi un precioso vestido de tirantes en azul y rojo y lo tuve claro: ese lo voy a estrenar este verano en el Olibaba. En aquel momento, de hecho, ni siquiera contaba con volver a Valencia en los meses siguientes. Pero es así como se van sembrando las decisiones, desde lo más pequeño y anecdótico . A modo de premonición apareció aquel vestido bonito y algo empezaba a encajar. Como Albert Camus escribió, “en las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible“. Me había ido lejos para explorar, distanciarme y pensaba encontrar alguna respuesta a la eterna búsqueda, pero me iba dando cuenta de que la respuesta la llevaba yo puesta encima. A veces con las apetencias más sutiles llegas justo adonde quieres ir. Y lo decidí: yo no voy a pasar el verano lejos del Mediterráneo. Esa era mi única certeza. Y empezaron a cambiarse otros planes. El verano 2012 me esperaba.

Cada año compruebo que el Olibaba mantiene intacto su poder, y eso que en junio tuvo que abrir sin la compañía emblemática de sus dos moais gigantes. Sin ellos haciendo sombra a cada lado de la entrada resultaba raro pero allí todo encaja como si fuera un hogar estival: la pasarela de entrada, las mesas, la barra y las pérgolas, los numerosos camareros, la luz, los personajes habituales del lugar (habría para escribir un libro) y sobre todo el ambiente de relax y abandono voluntario. La música es un elemento primordial del conjunto. Los Djs residentes, Medardo de la Paz y Josep Escrivá, y loIMG_7402s visitantes se adaptan perfectamente a cada momento del día, y al espíritu moai. De hecho, las fiestas del verano fueron el 11 y 12 agosto, lideradas por Mr. Gee, dj camerunés afincado en Francia, que provocó una catarsis colectiva en sesión de noche y de día. Dance, ritmos brasileños, percusiones, toques house, momentos chill out por la tarde y temazos que se convierten en himnos de la temporada, como este año Video games de Lana del Rey, Somebody that I used to know de Gotye, Me robaste el sueño, o Big Love, de Low T que nos descubrió Gee. Todos, por muy poco aficionados a la música dance que sean, acaban bailando poseídos. La música te va llevando, y a veces Medardo lanza una pregunta retórica, “¿sois felices?“, verbalizando uno de esos momentos de comunión bailonga.

A lo bueno uno se acostumbra y se engancha rápido, claro. La explosión de hedonismo, los días que se alargan de forma juguetona, las risas, los amigos, y los conocidos que se van convirtiendo en amigos, allí donde todo es piel y carne, miradas brillantes, sensaciones muy corporales, la arena fina de una playa kilométrica, el paisaje de dunas -sin casas ni edificios a la vista-, donde nadar a gusto y repetidamente porque de ese agua cristalina no se quiere salir, el contoneo, la suavidad de bailar descalzos, el elogio de la ligereza, desperezarte en la arena, ver cómo se va moviendo el sol, y al llegar la noche contemplar las estrellas o la luna en sus diferentes fases, en un tapiz impresionante. Todo forma un conjunto mágico. Un rincón donde volvemos a ser un poco salvajes y, no importa edad o aspecto todos nos sentimos más guapos, lejos, mejor. Es verano en estado puro, y como leí a Vicent Molins en twitter, el dinero sabemos que no da la felicidad pero el verano un poco sí. Una burbuja de placer y despreocupación, de sonrisas puestas y de brazos abiertos, eso es el Olibaba.

IMG_7401No deja indiferente, todo el que va la primera vez alucina un poco, pero los milagros no existen. Sé de contados casos en que no ha habido flechazo. Incluso puedo admitir en un alarde de tolerancia que haya alguien a quien no le guste tanto. El Olibaba es un lugar único, con su potencia y su magnetismo (poca broma que por Pego, al lado, pasa el meridiano 0) pero lo veo sobre todo como un catalizador que no deja de traer cosas buenas. Si estás dispuesto a entrar, a abrirte, a compartir y a que fluyan las energías bonitas entonces experimentarás la magia del lugar. Si por el contrario acudes a ver lo que se cuece, lo que te puede impresionar, en plan postureo/aquí me las traigan todas, entonces, solo entonces, quizá te decepcione, porque es un intercambio: tienes que amar para ser amado, tienes que dar para recibir, y sobre todo, tienes que sonreír. El paraíso no puede ser un lugar estático sino orgánico, que se alimenta de las vibraciones de todos, y del sol, de la luna, de la música, del mar, de la arena, del cielo. Es el sitio de los días felices.

 

[Publicado originalmente tras el verano de 2012]


Deja un comentario