Ahora miro a las chicas con otros ojos

Sexo en Nueva York es una de las series fundamentales, precursoras de la Edad de Oro que está viviendo la televisión desde hace unos años. No estoy descubriendo nada. Lo que ocurre es que hacía tiempo que no la revisitaba.

Durante temporadas muy largas disfruté con admiración y emoción de Carrie y sus tres amigas, de los personajes secundarios, de los guiones llenos de chispa y unas localizaciones entrañables. Como la más reciente Weeds (oh, Mrs. Botwin, ilumínanos con tu blanquísima y preciosa piel), Sex & the city inició el género de series en formato de veinte minutos que no eran estrictamente comedia (de esas de toda la vida con risa enlatada) aunque muchas veces tampoco podías dejar de verla con una (refrescante) sonrisa en la cara.

Esperaba cada nueva tanda de capítulos con pleitesía y aún después de terminar hubo muchas repeticiones y noches de feliz maratón en compañía. Pero puedo decir que ahora ya hacía MUCHO tiempo que no los veía. Y este mes de agosto las tardes de guardia en fin de semana y el canal de la TDT (principalmente abominable) Divinity me han permitido pegarme unas buenas sobredosis con los primeros capítulos y oye, he comprobado que sigue siendo una estupenda serie. Algo que no se puede decir de muchas obras –en cine o en televisión- que apenas han pasado unos años ya las ves con distancia y frialdad porque no consiguen removerte ni una pizca. La perdurabilidad es un privilegio reservado a unos pocos.

Por mis circunstancias, en origen había parte de los enredos de estas cuatro chicas que me quedaban algo lejanos, por así decirlo, y los seguía con curiosidad de entomóloga sin excesiva empatía. Miento, otra de las mayores virtudes de las grandes series americanas, y en esto puedo citar ejemplos tan dispares como Los Soprano, Six feet under, incluso Friends…, es que consiguen trascender la anécdota argumental para presentar personajes complejos y con los que cualquier ser humano se puede identificar en algún momento de su vida, más allá de los detalles concretos de cada existencia. No hace falta ser un gánsgter con problemas de ansiedad para comprender las angustias de Tony Soprano, ni una ama de casa católica convencional, aficionada a las uñas extralargas y a adornarse con una cantidad ingente de joyas para compadecer a Carmela. Como dijo alguien alguna vez, cuenta a fondo una historia particular y habrás retratado el mundo.

Toda esa gracia y el jugo de los guiones de Michael Patrick King y cia así como los inventivos estilismos de Patricia Field, han quedado olvidados en las (hasta ahora) dos terribles versiones cinematográficas, la segunda aún más que la primera; incontestable ejemplo de proyecto para hacer caja sin más.

Solamente diré que esta nueva perspectiva que adquieren las aventuras de cuatro treinteañeras (ejem, ya cuando se emitía la serie ese detalle era poco creíble…) en la gran ciudad me resulta extraña e instructiva al tiempo. Las vueltas que da la vida.


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