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Reyes

Regalo de Reyes

Para mí ésta es la fiesta más especial de todas, y sé que no soy la única. Los festivos, las vacaciones, a todos nos gustan porque son un acicate y rompen la rutina. Bendita rutina, de todos modos. Pero el Día de Reyes tiene un plus. Es el día de los regalos por excelencia, pero los regalos inesperados, las sorpresas, los deseos que se piden en una carta para que, primero, lean tus padres, o más tarde, sobreentiendan las personas que te quieren bien. Es la magia que da la ilusión, un poder único, invencible. Es una tradición, un convencionalismo dirán muchos. De acuerdo, no me importa, éste es uno de los convencionalismos más preciosos, y brindo por ellos. Leer más…

brindis

Brindis o lamento

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma:

envejecer, morir,

es el único argumento de la obra. Leer más…

simple_tienda

Nuestros lugares de referencia

Hoy pensaba escribir sobre locales de los que te enamoras nada más entrar. Me ha pasado esta semana. Pero me encuentro con la noticia a través de Facebook de que Mancini, ese bar tan bonito en verde y blanco de la calle Moratín, cerca de Barcelonina, no cierra pero ha sido traspasado a una cadena de cafeterías. Qué pena da cuando llega una noticia así. No hay tantos lugares especiales. Como cantaba Chavela Vargas, uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, y esos sitios pueden ser bares, rincones escondidos de la naturaleza, tu habitación, un lugar al que viajaste enamorada, una sala concreta de cine, una playa,… Si eres un amante de la vida seguramente acumulas unos cuantos de esos lugares especiales, esos recuerdos que nos componen y nos hacen ser quien somos, y aún pasado el tiempo provocan una vibración en tu interior.

Esta semana descubrí una tienda maravillosa muy cerca de la Lonja y de ella quería hablar. Se llama Simple (calle Cajeros, 2), y con un inmenso gusto se propone algo tan sencillo como reunir los productos made in Spain más auténticos y característicos. Algunos de ellos los dábamos ya por desaparecidos (aftershave Floid), otros hacía tiempo que no los veíamos (el botijo, la escoba de la abuela) y también clásicos imperecederos como los lápices Alpino y la soda Barrachina, insustituible para preparar mi coca de llanda. Una idea simple pero tan bien llevada a cabo que sólo cabe el aplauso, la visita periódica y la recomendación. Nunca más llevar a nuestros amigos foráneos a tiendas de souvenirs horrendos, ahora tenemos esta tienda que ennoblece los objetos más básicos y referenciales de nuestra cultura visual. Hay locales en los que entras y sientes un flechazo, y eso me ha pasado a mí -y a tantos-, con Simple, un ejemplo más de la gente inquieta y refinada en Valencia que no se resigna y propone alternativas de negocio desde lo artesanal, lo cuidado y lo auténtico.

Ayer colgaba en mi facebook un artículo de Valencia Plaza sobre estos tenderos audaces, y hoy me encuentro con esa noticia del traspaso de Mancini, un bar al que siempre he vuelto desde que lo abrieron, hace ya doce años (¡¡¡!!!), y resultaba un atractivo oasis de estilo y tranquilidad entre las grasientas y ruidosas cafeterías del centro. En él sobre todo he disfrutado de esos desayunos largos y abundantes con amigos, también de unas cañas frescas y bien tiradas antes de la mascletà o a final de tarde, justo antes de que cerraran. Siempre ha sido un lugar de referencia, donde estar a gusto, charlando o leyendo a solas, con buena música y un servicio relajado y simpático. Las cosas más simples aunque estén ahí para nosotros a veces son las menos obvias, y hay que saber apreciarlas. Cuidarlas, practicarlas, antes de que se vayan, antes de que cierren, antes de que nos las quiten. Está en nuestra mano.

 

20132014

Un deseo puede con todo

Intuyo que pocos, o ninguno, me vais a leer hoy. Seguro que todos andáis ocupados preparando la Nochevieja, fiestas, cenas en casa, escapada rural, quién sabe. A mí me parece todo perfecto, así puedo cerrar 2013 como me gusta sin demasiados espectadores, reflexiva, un punto melancólica y, eso sí, muy deseosa de lo que hay por delante. Ya sé, es un día más, una noche más, y mañana simplemente el día siguiente, pero los rituales existen por algo, nos hacen humanos, marcan ciclos y luego cada uno decide la importancia que le quiere dar. En septiembre empieza el curso y nos hacemos listas de objetivos, en año nuevo también (aquí cuentan motivos y explicaciones) aunque este inicio en invierno tiene un poso diferente, al menos para mí. Caen con todo su peso los doce meses, hago balance y ahí cabe todo: alegrías, logros, fallos, bailes, decepciones, momentos inolvidables, penas, picnics, personas, descubrimientos… Y aún así la felicidad hoy tiene un matiz melancólico, por esas ganas de retener todo lo bueno, de venerarlo, de besuquearlo. Los recuerdos son eso, recuerdos, que están, que nos llenan, que nos devuelven la sonrisa, pero que ya han pasado. Y hay que seguir, no vamos a parar.

Sé que el 2013 ha sido nefasto en muchos sentidos y para mucha gente, algunas amigas cercanas han perdido a seres queridos, otros han perdido el trabajo, ha habido de lo bueno también, hay, en fin, mucha historia dentro de este mundo, en grande y en pequeño, incluso dentro de mi propia vida. Pero en lo grande, en lo importante, soy afortunada y feliz y me ha encantado este año, aunque eso no signifique que haya sido fácil. Y con el bagaje entero, no hay forma de parar el tren y el camino sigue. No hay espera, llega 2014, o se le pone ilusión, o nada, es cuestión de actitud que aunque no hace que pasen cosas, ayuda mucho. ¿Deseos? Muchos, íntimos y privados, proyectos, objetivos, pero en realidad todo se resume en uno: ganas de vivir, y con eso claro no hacen falta embrujos ni hechizos ni esperanza de que 2014 traiga imposibles, porque teniendo ganas, nadie se va a interponer en nuestro camino.

Desde las navidades pasadas Begoña, Elena y yo hemos institucionalizado una comida en el Samurái (Conde Altea, 43). Cocina japonesa como excusa para reencontrarnos porque no todas vivimos en Valencia, y dar una buena nueva. En 2012 todas sonreíamos pero la gran noticia la dio Bego. Esta vez ha sido Elena quien traía prometedoras novedades. Nuestra comida de las buenas noticias, así la hemos bautizado. Veremos cuál es el año que viene, pero que siempre hayan excusas para brindar. Entre los propósitos más pedestres que están en mi lista: aprobar el examen de certificación de Francés, aprender a hacer paella, escuchar más a menudo Músicas posibles en Radio 3 (qué programa tan bueno e insólito), desconectar de las múltiples pantallas, andar más por la naturaleza, y hacer algún viaje largo. Todo eso, y más. La buena vida, ahora más que nunca.

 

 

vistas

Exilio en la ciudad

He tenido que exiliarme de mi casa por reforma. Eso ha supuesto un poco de caos en mi funcionamiento y el retraso de algunas cosas, como esta columna que en lugar de martes sale un domingo en medio de dos semanas importantes. Hay que ser flexible y plantearse prioridades cuando no se llega a todo. Y aquí estoy, escribiendo en mi casa de acogida, que Marta me ha abierto tan generosamente. Acostumbrada a vivir sola, resulta divertido ir encontrando notas con dibujos y avisos para que me aclare si quiero poner el lavaplatos o si busco el exprimidor, tan necesario para mis zumos de limón matinales. Es curioso porque este piso también tiene unas vistas increíbles desde lo alto, cerca de la Alameda y frente a la ciudad. Parece que estoy destinada a habitaciones con vistas. Yo, encantada. Menos la casa familiar y mi estancia neoyorquina -en que habité un sencillo apartamento en un barrio muy poco hispter de Brooklyn-, todos los lugares en los que he vivido tenían buenas panorámicas. La perspectiva limpia, la visión amplia, la calma de las alturas, todo, tiene un efecto balsámico entre el estrés diario.

Y qué decir, pues que es una gozada volver a estar en la ciudad. No me voy a emocionar, porque son sólo unos días pero poder olvidarse del coche y caminar arriba y abajo, sin depender más que de tus piernas, es el gran pro en la balanza urbanita vs retiro. Las ventajas de la vida apartada ya las he loado muchas veces y la gracia es encontrarle el punto positivo a todo. Lo hablábamos la otra noche Mónica, Israel y yo, mientras devorábamos una ensalada de arroz y unos bocatas en el Melocomo -clásico de adolescencia en el Ensanche-; que no tiene sentido desgastarse dándole vueltas a todo lo que no nos gusta de una situación o de una persona, o ves lo bueno y lo potencias, o a otra cosa, mariposa, que total, estamos aquí cuatro días, no es cuestión de pasarse tres, amargado. Por eso en el “a ver quién puede más”, entrego la victoria sin mucho esfuerzo, no me interesan esas batallas, no tengo tiempo que perder.

tapineriaEl puente de la Constitución y la Inmaculada antaño vaciaban un poco la ciudad, ahora no tanto, y las calles del centro han estado abarrotadas a media tarde, todos preparando ya las Navidades. Al margen de los mercados de siempre, que es época de pisar más a menudo, parece muy interesante lo que están haciendo en el Mercado de Tapinería, que cada quince días cambia todo lo que vende. Hasta el día 15 hay una buena cantidad de puestos donde comprar regalos de Navidad diferentes. Para mí aún quedan lejos, además mis celebraciones especiales las haré antes y por libre. No soy de las que echan pestes, tampoco soy muy fan, simplemente es final de año -el inevitable balance- y época de juntarse un poco más con la familia, aunque no es mal plan para quién pueda, coger un avión y excusar la ausencia. Si hay niños pequeños es cuando todo adquiere otro cariz. Este año que el frío ha empezado tan fuerte en otoño, las pistas de hielo de Nuevo Centro y sobre todo la novedosa en la plaza del Ayuntamiento parecen ideadas para trasladarnos al norte, como si no estuviéramos en nuestro querido Mediterráneo.

 

en coche

Tocar mare

Cuando tienes un trabajo en el que te pasas las horas frente al ordenador, y a veces enlazas con los fines de semana y la lista de tareas no tiene fin, el simple gesto de apagar, de salir, lo es todo. Últimamente un brindis habitual es por las cosas buenas que nos traen las redes sociales, que las hay aunque nos saturen. Ay, Facebook del amor al odio hay un paso…Y el omnipresente whatsapp que nos lleva a todos enganchados es aún peor. ¿Estarían nuestras vidas muy vacías sin ellas? No creo. Mi amiga Mónica lleva más de un mes sin y está encantada, y toda su paz te la transmite. Nos hemos acostumbrado a los antiguos y limitados sms y optamos por quedar a tomar una copa de vino tinto, aunque sólo sea para una hora de charla, para ponernos al día y reírnos un rato. Y sienta de maravilla. Así que bienvenidas las herramientas para unirnos, conocernos, encontrarnos…y después, mejor hacer un uso selectivo de ellas.

Apagar, desconectar, cambiar el paso, dedicar tiempo a leer en otros formatos, a tocar, a palpar a otra persona o mirarla a los ojos, a estar en silencio solo o acompañado, y no solo silencio de no hablar, sino el silencio de parar el runrún interior de preocupaciones, asuntos pendientes, de actualizaciones de timeline y revisión del chorro de mensajes. Descompresión, silencio, cambio de paisaje y contacto, contacto como el de siempre, el de verdad. Tocar mare. Cuánta falta hace.

bar pedroCambiar la ruta, también. Este fin de semana lo he hecho: salir de la ciudad, coger un poco de carretera, madrugar en domingo, conducir cuando no hay tráfico y bajar a zonas de veraneo deshabitadas que tienen ese encanto tan particular. Y he descubierto un lugar al que volver y volver. Por el interior de Denia, el camino que te lleva hacia Jesús Pobre, junto al Parque Natural del Montgó, es un paisaje que remite un poco a Formentera, con campos y espacios que no parecen de la costa valenciana, sobrecargada, sino tranquilos, aparte, sin carteles publicitarios, cuidados, donde se respira aire relajado en una mezcla de colores, ocres y verde, muy hermosa. Si además comes barato y de maravilla en el bar Pedro (Calle Pare Pere, 3) la excursión sale redonda.

La última semana de noviembre siempre es especial. Acaba siendo mi cumpleaños y eso, más allá de celebrar o no, me lleva a voces_muvimhacer balance, a repasar un poco mi vida, echar de menos a los que me faltan, pensar en quién soy, lo que he aprendido, y sentirme enormemente rica por los que están y me quieren. Es un momento contundente del año. Y se mueven cosas. El viernes, eso sí, hay una cita a la que no hay que faltar en el MuVIM. Mi amiga de la facultad, Ana Mansergas se pasó el verano por Kenia con la organización Voces para la Conciencia y el Desarrollo grabando un documental en la casa de acogida Anniban de Lamu con los de la productora Uranes Films. Ahora presentan el resultado, Voces: Soñando culturas, para dar a conocer el trabajo que hacen y recaudar fondos para sus proyectos. Es a las siete y media de la tarde, con jolgorio y concierto de Xibo Tébar y la África Jazz Big Band, además del grupo la Gauche Divine.  No está mal el plan, ¿no?

mercado central

Abriendo filones

Son tiempos de ponerle inventiva a todo: trabajo, opciones vitales, planes de ocio. Parece que ahora paramos atención en el valor de lo que tenemos, lo que nos cuesta conseguir las cosas, y peleamos más por defender otra manera de disfrutar la vida. Lo leo en artículos, lo escucho en conversaciones, lo veo en las redes sociales. No nos conformamos con nuestros trabajos, no nos gusta cómo los gobernantes gestionan la crisis, y ya no nos toman el pelo en el bar donde vamos a picar algo; si nos cobran 15 € a lo tonto que tengan claro que no volvemos. Y así vamos caminando, rascando, peleando, en el mejor de los sentidos.

Ya conozco a varias personas cercanas que ante los infortunios han decidido lanzarse. Con esfuerzo (y algo de susto) han conseguido reunir un poco de dinero y han empezado a dar sus primeros y atrevidos pasos en el trabajo por cuenta propia o directamente empresarial. Y aún hay más que le dan vueltas a la idea; todos andamos reciclando e inventado. Sabemos que el mundo no es el de antes, que nadie va a venir a resolvernos la papeleta, que al margen de la desfachatez política, sólo uno mismo es responsable de su vida y sus acciones, que hace falta más espíritu crítico que nunca mezclado con la mayor de las voluntades, para no tragar pero para no quedarse tampoco parado, y pese a la complejidad de la situación no perder la integridad.

Puede parecer que divago, pero no. Yolanda superó un cáncer de mama el año pasado y mantuvo en todo momento la fuerza, por ella misma y sobre todo por los que le rodeaban, que andaban incluso más flojos que ella con la noticia. Ya recuperada y en el paro pensó que tanto trabajar para otros toda su vida, quizá era el momento de apostar sólo por ella misma y cumplir su sueño de tener una tienda de ropa, muy suya, con su estilo, a su manera. Y aunque todos le dijeran que era una osadía con los tiempos que corren, y ella misma se asustara incluso con el pequeño préstamo que necesitaba, su instinto le decía que simplemente, tenía que hacerlo.

La tienda Yolola

La tienda Yolola

Yolola (Av. Valladolid 42) ha abierto a principios de este mes de octubre y el tiempo dirá. Ella lo ha puesto todo, su familia también, pero su gusto, su gracia para sacar lo máximo de los recursos justos, su empeño en distinguirse, tienen el valor extra que se necesita y ya un triunfo en sí mismo. Con los tiempos que corren abrir una tienda de barrio y negarse a vender ropa barata -que es un concepto más allá del precio- es quizá una locura pero precisamente es en lo exclusivo -no necesariamente caro sino lo no evidente- en donde se abren los filones.

Víctor contaba el otro día en su facebook la estupenda mañana que había pasado curioseando discos de jazz en una pequeña tienda de Valencia. Israel no ha conseguido encontrar en ninguna gran superficie el último de Anna Calvi que acaba de salir. Las experiencias del día a día nos enseñan todo. Si no encuentras lo que buscas, ves a otro sitio. Si disfrutas del placer de un buen tendero, ves a él a comprarle. No hay misterio, para que el pequeño comercio sobreviva, y destacando que precisamente ahora y por paradójico que resulte es cuando más sentido tiene su existencia, lo único que hay que hacer es apreciarlo, contagiarlo, practicarlo, visitarlo.

No se pueden poner puertas al campo, las grandes superficies cumplen su función, no queremos que cierren, no vamos a entrar en esa polémica absurda, pero en paralelo tampoco queremos llevar el mismo vestido que medio país, ni comprar libros al peso, ni comer tomates que saben a plástico o naranjas supuestamente valencianas que vienen de Sudáfrica. Selección, especialización y atrevimiento, para todo. ¿O no?