Los calcetines azules

Poder presenciar un concierto de Bill Callahan en la Allen Room del Lincoln Center de Nueva York es uno de esos privilegios que a veces te vienen caídos del cielo. Qué bonita sala para la música en directo, por la acústica, el diseño, las vistas de puro contraste, entre el tráfico neoyorquino y la oscuridad del parque. Ese entorno le viene perfecto a este cantautor (aquí ‘songwriter’ sin las connotaciones a que remite en la cultura hispana) con voz de barítono, armado únicamente con su guitarra y unas letras siempre tan emparentadas con el mundo natural. Y bien, la velada ha sido hermosísima.

Ese señor serio, con una voz que parece salida desde las profundidades, canciones rotundas y traje sastre va y de repente te sorprende cuando al contonearse ligeramente le descubres unos llamativos calcetines azules entre el pantalón de raya y los zapatos elegantes. Y esos calcetines azules me han recordado como un flash a la primera vez que vi al cantaor Miguel Poveda en directo (ni más ni menos que en 2004). Las conexiones mentales funcionan así. Era el Festival Flamenco de Torrent y lo que era una intuición se convirtió en descubrimiento personal con mayúsculas. Y curioso, lo que enseguida me llamó la atención de aquella reveladora actuación del Migue (como me gusta llamarle cariñosamente) fue que bajo su uniforme mudado y elegante llevaba una camiseta de un azul muy vivo, divertido, que rompía toda la seriedad del conjunto.

By Brooklyn Vegan

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Son esos puntos que revelan personalidad, gusto, iconoclastia, y clase, los que me enganchan de un artista, y de cualquier persona que me encuentre. Porque a mi entender la clase va unida a un sello propio, por ser capaz de ponerlo, y no tiene nada que ver con poses, pretensiones o personajes. Así, lo más insospechado siempre puede suceder, como que el señor Poveda y Mr. Callahan se unan en alguna dimensión del universo.

Y entre este y mil pensamientos más que paseaban por mi cabeza me he ido dejando mecer por la música de Bill. Unas canciones que con la compañía de dos músicos excepcionales y bien conjuntados se transforman, crecen, mutan sobre el escenario, más allá de sus ya de por sí misteriosos textos. Las capas de cebolla se van abriendo (o cerrando), en diferentes registros, y aunque con los años su obra (desde la etapa en que se hacía llamar Smog) se ha ido haciendo pelín más accesible, sigue llevándote por bosques frondosos más allá de lo evidente y conocido, en una exhibición de poderío sin alharacas (aquí la crítica del evento en el New York Times). Conseguir lo máximo con lo mínimo es un honor que pertenece solo a unos pocos.


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