Sylvia Plath perdura

Tal día como hoy hace 50 años, a primeras horas de la mañana, la poeta Sylvia Plath se quitaba la vida. Tenía 31 años. La escena se ha relatado siempre con los detalles truculentos por su cotidianidad, para alimentar la mitología a su alrededor, del aire trágico de su figura. Previo a la carnaza televisiva siempre ha existido el morbo por la muerte prematura, el suicidio con su halo de misterio y la enfermedad mental. En Plath se reúnen muchas circunstancias que alimentan la fascinación, vale decir caricaturplatha. El complejo mundo de un ser humano reducido a vísceras, diagnósticos, y bandos, con un villano estelar encarnado por su ex marido, el gran poeta inglés Ted Hughes. Nada es tan sencillo. Pero es cierto que la sucesión de hechos sin duda ha contribuido a que la historia de esta familia merezca calificarse de macabra; hace 4 años se suicidaba también su hijo menor Nicholas, científico destacado en Alaska. La única superviviente es su hija Frieda, que administra el legado de Hughes y Plath, además de ser escritora de libros infantiles. [Aquí Begoña Gomez reflexionaba muy bien sobre la maldición.]

Ella fue una de las protagonistas de un trabajo que hicimos un grupo de amigas en la Universidad. Godiva se llamaba la revista que elaboramos como propuesta de temario de Literatura Universal alternativo, compuesto solo por mujeres, para contrarrestar la ausencia absoluta del sexo femenino en la materia que se nos daba en clase. ¿Cómo era posible que en siglos de literatura no fueran dignas de entrar en la lista indiscutibles como Virginia Woolf, Jane Austen o Emily Dickinson? Nos unimos hasta 8 personas y dimos un buen repaso al profesor. Nos puso un diez, claro. Fue con La campana de cristal que Sylvia Plath había entrado en mi vida, como en la de muchas/os adolescentes, aún hoy. Su única novela era un abrazo en el proceso de alumbramiento al mundo adulto, con la extrañeza respecto a todo lo que te rodea. Con motivo de este 50 aniversario el Guardian ha sacado un bonito artículo recopilando impresiones de diferentes escritoras y poetas sobre la influencia de Plath en sus vidas.

Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla. 

Una pesadilla. 

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Yo lo recordaba todo. 

Recordaba los cadáveres y a Doreen, y la historia de la higuera y el diamante de Marco y el marinero en el parque y la enfermera de ojos estrábicos del doctor Gordon y los termómetros rotos y el negro con sus dos clases de judías y los diez kilos que engordé por la insulina y la roca que se combaba entre el cielo y el mar como una calavera gris.

Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera.

Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.

Con el flechazo de la novela Plath se convertía en una suerte de hermana. Le siguieron los relatos cortos, la poesía esplendorosa de Ariel, los desgarradores diarios…En ellos se descubre tanto el tormento emocional de la joven inadaptada como su determinación de ser escritora, su pelea creativa constante, su autoexigencia brutal, las luchas cotidianas para conseguir hacer de ello su medio de vida. Son muy interesantes desde el punto de vista psicológico y también literario. Y llegas a una visión amplia del ser humano detrás del mito, la comprendes, le tienes amor; es inevitable.

Aunque la biografía sea llamativa y el tópico inevitable unirla a la lista de poetas suicidas, Sylvia Plath es ante todo la autora de un corpus poético impecable que sigue palpitando décadas después. Se publican nuevas biografías sobre ella, se montan espectáculos teatrales y de danza a partir de sus textos, y su influjo se percibe, por ejemplo, en una de las grandes poetas norteamericanas de los últimos tiempos, Louise Glück. 50 años después de su muerte no ha desaparecido del todo pese a la desgraciada historia familiar. Quedan sus textos: leerlos, comprenderlos, comentarlos, compartirlos, es el mayor de los homenajes.

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