La mirada humana de Elvira Navarro

Elvira Navarro, "La Ciudad Feliz".

Hay historias que necesitan pocas páginas para dar duro y quedarse dentro. Ese enzarzarse en las profundidades de un libro tan corto como contundente a la vez, que con las  palabras justas a veces basta. Mientras leía La ciudad feliz de Elvira Navarro me ha ocurrido algo que antes no me había pasado: de repente deseaba ser un personaje de su novela, que ella explicara mi vida, mis impulsos y motivos, mis defectos y virtudes, que ella me contara, con la certeza de que lo iba a hacer con justicia y toda la comprensión. Una dimensión humana del autor que muy pocas veces he percibido de tal manera.

Compuesta por dos ‘nouvelles’ o novelas cortas, sutilmente relacionadas, Navarro (Huelva, 1978) reparte humanidad con todos los personajes, con sus luces y sombras, reparte perdón, compasión, perspectiva. Los protagonistas de cada historia son Sara y Chi-Huei, dos niños, dos extraños creciendo y enfrentándose con ojos ya de adolescente contrariado -como lo somos todos en ese punto- al mundo de los mayores y con la duda de si quieren adentrarse en él o pasar de largo. Ese momento clave en la vida que define nuestro paso al siguiente estadio. “El vagabundo me coloniza con sus palabras; a partir de lo que él me dice creo poder señalar lo que antes eran pequeñas molestias, pequeñas cosas de mi mundo que me fastidiaban pero a las que no prestaba demasiada atención, como el tedio de las sobremesas de los sábados y los domingos en mi casa”.

Ambos se sienten ajenos a sus familias, cada uno con sus circunstancias, y Navarro lo cuenta sin clichés, sin el cuento de presuponer bondad en los pequeños, de manera incisiva y profunda, sin corsés. “Empiezo a odiar el colegio, y a perder la capacidad de divertirme directamente, a través de lo que siempre me ha arrancado gritos de alegría. No sé en qué radica esta hostilidad; si es una reacción, un rencor secreto, o es que mi interés se ha volcado hasta tal punto en el mundo que me ha abierto el acecho, y donde no estoy segura de quién es la víctima, que soy incapaz de comprometerme, de estar, en lo que ha sido hasta el momento mi vida”. Su prosa se construye a partir de la autoexploración en esas voces principales que están inmersas en la confusión; a base de trazos impresionistas, recuerdos, sensaciones.

Personalmente eso es lo que más valoro, la forma de introducirse en las entrañas de sus personajes con lenguaje limpio, directo, sin malabarismos más allá de la contundencia de lo que ‘realmente está diciendo’. “La verdad es que no recordaba de la tía ningún mal gesto, ningún rencor disimulado y ninguna energía enfermiza puesta en una actividad que no debía tener fin, como la de ellos en el restaurante, siendo que también las actividades de la vieja no tenían fin y no la dejaban descansar un solo momento. sin embargo había en ella, a pesar de las similitudes, una satisfacción por el quehacer en sí mismo, una nobleza en sus anodinas ocupaciones, que no iban nunca dirigidas a otra cosa más que a su propia realización. Nadie detestaba más el no hacer que la vieja, pero se trataba de un amor por las cosas mismas y de un respeto hacia su propia finalidad en este mundo, la de ser una vieja que cumple con sus obligaciones, que la llenaban y la realizaban plenamente, frente a la desatada actividad del resto de su familia, cuyo trabajo era un medio para otra cosa que nunca llegaba, lo que provocaba un estado de crispación permanente…”.

Antes de leer su obra de ficción, corta pero como digo, intensa, ya conocía a Elvira Navarro por entrevistas y sobre todo su cuenta de twitter. Vale la pena seguir también sus dos blogs. Ella está ahí, en la periferia, fuera del círculo cómodo, observando, tomando detalle.

 


Deja un comentario