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Nuestros lugares de referencia

Hoy pensaba escribir sobre locales de los que te enamoras nada más entrar. Me ha pasado esta semana. Pero me encuentro con la noticia a través de Facebook de que Mancini, ese bar tan bonito en verde y blanco de la calle Moratín, cerca de Barcelonina, no cierra pero ha sido traspasado a una cadena de cafeterías. Qué pena da cuando llega una noticia así. No hay tantos lugares especiales. Como cantaba Chavela Vargas, uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida, y esos sitios pueden ser bares, rincones escondidos de la naturaleza, tu habitación, un lugar al que viajaste enamorada, una sala concreta de cine, una playa,… Si eres un amante de la vida seguramente acumulas unos cuantos de esos lugares especiales, esos recuerdos que nos componen y nos hacen ser quien somos, y aún pasado el tiempo provocan una vibración en tu interior.

Esta semana descubrí una tienda maravillosa muy cerca de la Lonja y de ella quería hablar. Se llama Simple (calle Cajeros, 2), y con un inmenso gusto se propone algo tan sencillo como reunir los productos made in Spain más auténticos y característicos. Algunos de ellos los dábamos ya por desaparecidos (aftershave Floid), otros hacía tiempo que no los veíamos (el botijo, la escoba de la abuela) y también clásicos imperecederos como los lápices Alpino y la soda Barrachina, insustituible para preparar mi coca de llanda. Una idea simple pero tan bien llevada a cabo que sólo cabe el aplauso, la visita periódica y la recomendación. Nunca más llevar a nuestros amigos foráneos a tiendas de souvenirs horrendos, ahora tenemos esta tienda que ennoblece los objetos más básicos y referenciales de nuestra cultura visual. Hay locales en los que entras y sientes un flechazo, y eso me ha pasado a mí -y a tantos-, con Simple, un ejemplo más de la gente inquieta y refinada en Valencia que no se resigna y propone alternativas de negocio desde lo artesanal, lo cuidado y lo auténtico.

Ayer colgaba en mi facebook un artículo de Valencia Plaza sobre estos tenderos audaces, y hoy me encuentro con esa noticia del traspaso de Mancini, un bar al que siempre he vuelto desde que lo abrieron, hace ya doce años (¡¡¡!!!), y resultaba un atractivo oasis de estilo y tranquilidad entre las grasientas y ruidosas cafeterías del centro. En él sobre todo he disfrutado de esos desayunos largos y abundantes con amigos, también de unas cañas frescas y bien tiradas antes de la mascletà o a final de tarde, justo antes de que cerraran. Siempre ha sido un lugar de referencia, donde estar a gusto, charlando o leyendo a solas, con buena música y un servicio relajado y simpático. Las cosas más simples aunque estén ahí para nosotros a veces son las menos obvias, y hay que saber apreciarlas. Cuidarlas, practicarlas, antes de que se vayan, antes de que cierren, antes de que nos las quiten. Está en nuestra mano.

 


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