conservera

Momentos robados

En el contraste está el punto para encontrar el valor de las cosas. Si todos los días fueran fiesta no habría ninguna ilusión de que llegara un viernes festivo como el de la semana pasada. Siempre digo que no puedo entender que medio mundo se pase el tiempo quejándose de volver al trabajo el lunes y deseando que llegue el viernes; eso supone odiar tu vida 5 de cada 7 días. Y así, vamos mal. Durante años tuve trabajos con horarios imposibles y libranzas en días laborables y eso te habitúa a organizar ocio y trabajo de forma imaginativa; cuando tú tienes fiesta, otros trabajan, y a la inversa, así que un martes puede ser una noche estupenda para salir a cenar y reunirte con tus amigos. Hoy en día, además, quien tiene trabajo no se puede quejar -dicen los tópicos, claro-, y la ventaja de los cada vez más numerosos trabajadores por cuenta propia es que haces como quieres: trabajas en sábado pero a cambio libras algún rato entre semana.

Bueno, hoy me ha dado la locura de contar solamente las lindezas del freelance, dejo para otro día las jornadas interminables, las cuotas abusivas y el juego del escondite con los clientes. Pero incluso en la vida más normal hay pequeños grandes lujos debidos a esa libertad. Un miércoles cualquiera, en medio de un intenso día al ordenador puedes organizarte para ir a comer bien acompañada a L’Alfàbega (Conde Altea, 30) y nada, un sencillo menú -pero con arrós del senyoret incluido- te pone la sonrisa para seguir con la semana. No olvidas las preocupaciones, ni los mails que esperan respuesta, pero de repente tienes un delicioso punto de fuga entre las manos, te sientes travieso, pillo, gozando tanto tanto en días de supuesta rutina para todos. Son los momentos robados que más se disfrutan.

Esta vez me he dado prisa en probar una recomendación de la que hablé aquí la semana pasada. Ese nuevo local de Ruzafa, en concreto en Literato Azorín 18, se llama La Conservera y lleva sólo unas semanas abierto. Qué rico y qué idea tan buena han tenido. La propuesta no puede ser más simple: latas de pescado en todas sus variedades y procedentes de Portugal, junto a alguna ensalada y postres caseros, todo riquísimo. No hay mucho por inventar, está claro que el truco al final es saber encontrar tu hueco en lo específico, en lo exclusivo y atreverse con gusto y gracia. Al local no le falta detalle y su éxito está justificado. De todo lo bueno nos gusta repetir, ni nos cansamos ni nos conformamos.


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