muralla_calpe

Existen lugares alucinantes

A Xàbia hemos ido todos. O casi. Algunos conocerán más esta localidad de la comarca de la Marina como Jávea, en un tono como aspirado y desganado, de impronta pija. Todos sabéis a lo que me refiero: Jávea, o sea. Pero la mayoría, como yo, no habrán ido más allá de sus playas y de su paseo. Por suerte, una amiga arquitecta que es curiosa y es inquieta me ha mostrado hallazgos impresionantes en varios puntos de la zona: Calpe, Moraira, Jávea… Y con lo que me gusta el mar si ahora pienso en esos lugares ya no me vienen tanto a la cabeza sus playas bonitas sino una serie de construcciones demasiado increíbles para ser verdad.

Entre ellos, unos cuantos edificios de viviendas que Ricardo Bofill, el padre, claro, hizo en Calpe parroquia_javeaalrededor de los 70, de nombres tan llamativos como su fisonomía: La muralla roja, Xanadú, el Anfiteatro, Plexus. O ese auditorio inmenso y precioso, de hormigón, cristal y fachada azul, en Teulada. Por no hablar de la alucinante Parroquia del Mar en el puerto de Xàbia, escondida entre las callejuelas, pero sobresaliendo inevitable con sus columnas curvadas que asoman como si fueran los brazos de una nave nodriza a punto de despegar. Y es una parroquia, señores, ni siquiera llega a catedral, aunque su diseño resulte tan impresionante.

El síndrome de Stendhal me remite más a la saturación por belleza muy pura, muy perfecta, controlada, hasta aburrida, así que para este día de excursión no puedo usar esa expresión, porque aquí lo que hubo es deslumbramiento y sonrisa tonta de no creer lo que se está viendo, lo que hay en la Comunitat Valenciana que es una maravilla y que ni siquiera conocemos. Sin ser experta disfruté como una niña que abre los ojos por primera vez a un paisaje nuevo, sin serlo. No voy a describirlos, ni explicarlos, solamente digo que vale mucho la pena la visita. Es fácil, hay indicaciones, sólo es tomarse la molestia de cambiar el paso automático que nos lleva siempre a lo familiar, a lo seguro, obviando todo un abanico de posibilidades. Si te cierras quizá te proteges de algún imprevisto negativo pero sin duda te pierdes el inmenso positivo. Como leía justamente el domingo en este artículo de Jesús Terrés, no nos interesan las agencias de viajes ni los hoteles “con encanto”.

Y con esa determinación pienso continuar cada maldito día de mi vida, aunque no todos me pueda escapar con mis amigos de exploración, o compartirlo con quien más quiero. Darse alegrías cualquier día, arturherasregalarse un pan de semillas o un croissant del horno Migas (en Av. de Francia 22), que he descubierto gracias a Laura, hacendosa artesana de pan y dulces que me lo recomendó con entusiasmo. Ver la exposición de Artur Heras de la Fundación Chirivella Soriano, ir a la Peseta a por un pincho de tortilla y una buena caña fresquita, y así aprovechar para ver lo que hacen los de Proyecto Matraz en sus jornadas Los futuros del Marítimo. Quieta no me pienso quedar.


Deja un comentario