mercado central

Abriendo filones

Son tiempos de ponerle inventiva a todo: trabajo, opciones vitales, planes de ocio. Parece que ahora paramos atención en el valor de lo que tenemos, lo que nos cuesta conseguir las cosas, y peleamos más por defender otra manera de disfrutar la vida. Lo leo en artículos, lo escucho en conversaciones, lo veo en las redes sociales. No nos conformamos con nuestros trabajos, no nos gusta cómo los gobernantes gestionan la crisis, y ya no nos toman el pelo en el bar donde vamos a picar algo; si nos cobran 15 € a lo tonto que tengan claro que no volvemos. Y así vamos caminando, rascando, peleando, en el mejor de los sentidos.

Ya conozco a varias personas cercanas que ante los infortunios han decidido lanzarse. Con esfuerzo (y algo de susto) han conseguido reunir un poco de dinero y han empezado a dar sus primeros y atrevidos pasos en el trabajo por cuenta propia o directamente empresarial. Y aún hay más que le dan vueltas a la idea; todos andamos reciclando e inventado. Sabemos que el mundo no es el de antes, que nadie va a venir a resolvernos la papeleta, que al margen de la desfachatez política, sólo uno mismo es responsable de su vida y sus acciones, que hace falta más espíritu crítico que nunca mezclado con la mayor de las voluntades, para no tragar pero para no quedarse tampoco parado, y pese a la complejidad de la situación no perder la integridad.

Puede parecer que divago, pero no. Yolanda superó un cáncer de mama el año pasado y mantuvo en todo momento la fuerza, por ella misma y sobre todo por los que le rodeaban, que andaban incluso más flojos que ella con la noticia. Ya recuperada y en el paro pensó que tanto trabajar para otros toda su vida, quizá era el momento de apostar sólo por ella misma y cumplir su sueño de tener una tienda de ropa, muy suya, con su estilo, a su manera. Y aunque todos le dijeran que era una osadía con los tiempos que corren, y ella misma se asustara incluso con el pequeño préstamo que necesitaba, su instinto le decía que simplemente, tenía que hacerlo.

La tienda Yolola

La tienda Yolola

Yolola (Av. Valladolid 42) ha abierto a principios de este mes de octubre y el tiempo dirá. Ella lo ha puesto todo, su familia también, pero su gusto, su gracia para sacar lo máximo de los recursos justos, su empeño en distinguirse, tienen el valor extra que se necesita y ya un triunfo en sí mismo. Con los tiempos que corren abrir una tienda de barrio y negarse a vender ropa barata -que es un concepto más allá del precio- es quizá una locura pero precisamente es en lo exclusivo -no necesariamente caro sino lo no evidente- en donde se abren los filones.

Víctor contaba el otro día en su facebook la estupenda mañana que había pasado curioseando discos de jazz en una pequeña tienda de Valencia. Israel no ha conseguido encontrar en ninguna gran superficie el último de Anna Calvi que acaba de salir. Las experiencias del día a día nos enseñan todo. Si no encuentras lo que buscas, ves a otro sitio. Si disfrutas del placer de un buen tendero, ves a él a comprarle. No hay misterio, para que el pequeño comercio sobreviva, y destacando que precisamente ahora y por paradójico que resulte es cuando más sentido tiene su existencia, lo único que hay que hacer es apreciarlo, contagiarlo, practicarlo, visitarlo.

No se pueden poner puertas al campo, las grandes superficies cumplen su función, no queremos que cierren, no vamos a entrar en esa polémica absurda, pero en paralelo tampoco queremos llevar el mismo vestido que medio país, ni comprar libros al peso, ni comer tomates que saben a plástico o naranjas supuestamente valencianas que vienen de Sudáfrica. Selección, especialización y atrevimiento, para todo. ¿O no?


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