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Manual de autoayuda

Ben Stiller como director es responsable de una variopinta filmografía, que mezcla la comedia total y absurda con el romanticismo de andar por casa. Reality bites, con Winona Ryder y Ethan Hawke, es un clásico de adolescencia por antonomasia, Zoolander, todo un film de culto, y Tropic Thunder, un despiporre. Ahora estrena La vida secreta de Walter Mitty,  actualización de un clásico protagonizado por Danny Kaye en 1947 y basado en un relato corto de James Thurber para el New Yorker, que cuenta la vida de un gris oficinista de Nueva York que en su imaginación tiene una existencia apasionante y sin límites.

El guión de Steve Conrad, responsable de En busca de la felicidad, enmarca a su hombre gris en la transición al formato digital de la icónica revista Life, y muestra un mundo esquemático de buenos y malos de tebeo. El héroe se enfrenta a los malvados y descerebrados ejecutivos desde su trinchera de lo analógico y lo artesanal, representado también por un Sean Penn como fotógrafo huidizo y espíritu libre que vive al margen de convencionales corsés. En La vida secreta de Walter Mitty todo tiene un trazo muy grueso y simple, aunque con un envoltorio perfecto, cuidado al milímetro y precisamente, tan estudiado que te deja lejos de la emoción. La acción que por momentos se desarrolla en Groenlandia y sobre todo Islandia, nos regala paisajes alucinantes, pero poco más. La parquedad expresiva de Stiller, la tenue relación con su compañera de trabajo, Kristen Wiig, la providencial madre que es Shirley McClaine, todo son pequeñas anécdotas simpáticas y olvidables, entre muchos saltos inverosímiles desde aviones, monopatines y montañas en Afganistán.

La aventura de Mitty en busca de la foto perdida que resume la esencia de la revista y su lema “To see the world, things dangerous to come to, to see behind the walls, draw closer, to find each other and to feel. That is the purpose of life” (algo así como para ver el mundo, que vengan cosas peligrosas, para ver detrás de los muros, acercarse, encontrarse con el otro y sentir, ése es el propósito de la vida) se queda en manual de autoayuda, tan superficial, poco palpitante y poco auténtico como eso. El mundo entero que se puede encontrar en la rutina de un hombre corriente y que se vislumbra un poco en este Walter Mitty, de adolescencia punk, de íntima relación con su padre, y en su cambio a hombre resignado, era material interesante y desaprovechado. Eso sí, la película entera en un ejemplo perfecto de las modernas estrategias de marketing y de publicidad encubierta en casi cada fotograma.

 


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