venusinfur

Teatro carnal

El interés, por no decir fijación, de Roman Polanski con los espacios cerrados y los roles de dominación se ha evidenciado en numerosos títulos de su larga carrera como director. La semilla del diablo, La muerte y la doncella, o Repulsión, son quizá los mejores ejemplos. Una filmografía, la del director polaco, que para mí es referente y recurrente. Polanski es uno de los grandes que sigue en activo y todas sus obras tienen jugo que sacar, aunque luego el resultado sea más o menos redondo. Aquí, en La venus de las pieles, vuelve a adaptar un texto teatral con pocos personajes y mucha tensión, como ya ha hecho varias veces y precisamente en la anterior Un dios salvaje, basada en la obra de Yasmina Reza.

Me gusta que un autor tenga su personalidad definida y lo que unos llaman repetirse yo lo veo profundizar, diferenciarse con una visión particular del ser humano. Aunque Roman Polanski ha dirigido proyectos comerciales y de mayor presupuesto, como El pianista, Oliver Twist o El escritor- esta última un thriller tremendamente interesante-, la faceta que parece más suya y donde saca su fina capacidad analítica es en las películas diríamos de cámara, pocos actores y un potente texto. Como ésta, La venus de las pieles, basada en una pieza teatral del inglés David Ives, que a su vez se basaba en la novela del austríaco, Leopold von Sacher-Masoch, origen del término masoquismo, detalle en absoluto menor.

Aquí vemos encerrados en un pequeño teatro parisino un día de lluvia a un director con una actriz que llega tarde a hacer la prueba para el papel protagonista, encarnados por Mathieu Amalric y Emmanuel Seigner, mujer del propio Polanski que le regala el mejor papel de su carrera. Y en la concisa y directa hora y media que dura el film les vemos bailando en su acercamiento, en su tanteo,  sus juegos de poder y sometimiento, intercambiando los papeles de víctima y verdugo, como ya se veía en La muerte y la doncella, y cuestionando cualquier idea previa en las relaciones humanas. Ambos actores están estupendos, aunque especialmente Seigner, toda carnalidad y fuerza, como ya se adivinaba en aquella oscura Lunas de hiel de 1992. Una película muy teatral, rodada académicamente, cuyo mayor valor es un guión con muchas capas para desgranar y unos personajes que dan que pensar sobre roles, relaciones, lo público y lo privado.


Deja un comentario