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Una Karenina inesperada

Ver una película en casa, por muchos avances tecnológicos que haya, nunca podrá compararse a la experiencia de la sala oscura. Esa es mi rotunda afirmación y mi apuesta, por mucha subida de IVA o pérdida de hábito que haya. Siempre hay opciones para ver cine, hay ofertas y está la estupenda Filmoteca, o las proyecciones en bares o centros culturales. Entiendo que lo que sigue de moda es el pirateo, pero con este tema para mí no hay discusión. Cada viernes esta columna pretende ser un acicate para que sus lectores se animen a mover el culo y acudir al cine. Siempre voy a tratar de escribir sobre films que estén al alcance, jugando con las  posibilidades de Valencia ciudad y dado que muchos estrenos apenas duran en cartel. Así hago caso a mi querida Marta Ortells que cuando leía mis críticas en forma de cápsulas tuiteras bajo el hashtag #cinecinecine me echaba la bronca por no darle el espacio que merecía la crítica en cuestión. Y tenía razón. Ver películas es una de mis cinco cosas favoritas para hacer en esta vida. Durante algunos años escribí sobre ellas en distintas publicaciones de Valencia, y ahora, con esta ventana, vuelvo al ruedo.

He tardado más de lo habitual en ir a ver Anna Karenina. Me encanta la novela de Tolstói y me interesaba lo que podía haber hecho con la historia Joe Wright junto a su musa, Keira Knightley. Desde la versión antiquísima de Greta Garbo, bella más allá de lo terrenal, nadie de enjundia se había atrevido con semejante novelón y lo ha hecho este director tan ‘british’, especializado ya oficialmente -tras Expiación y Orgullo y Prejuicio- en adaptaciones literarias. Wright es de esos cineastas que no destacan en principio por tener un sello arrollador pero visto lo visto, se está destapando poco a poco. Yo diría que esta Anna Karerina ha sido su salida del armario como un señor atrevido y a su aire. Las críticas que me habían hecho de viva voz o que había leído muy por encima decían lo mismo y lo contrario, aunque algunos como Desirée de Fez y Raúl Cornejo sí se retrataban con bastante entusiasmo. Aún así me senté en la butaca con poca idea preconcebida más allá de la consabida tragedia de la adúltera rusa de finales del siglo XIX. Y bueno, puedo decir que la peli me ha encantado. Tiene fuerza, es diferente y aún conociendo por dónde va a ir el tren, es una sorpresa lograr pasar las dos horas largas que dura conmovida en la butaca.

Las películas de época, y más si son adaptaciones literarias, pueden ser directamente un tostón, siguiendo a rajatabla las pautas academicistas, pero Joe Wright, de la mano de un guión de maestro a cargo del dramaturgo inglés Tom Stoppard -claro, así cualquiera- sabe darle una interesante vuelta al asunto. La puesta en escena exagerada y voluntariamente teatral en momentos concretos del film es un acierto, que remarca a la perfección el estatismo frente a una forma libre de ver la vida, la presión de los convencionalismos en una historia muy loca y muy humana de amores al límite y en contra de toda formalidad.

El despliegue de producción y vestuario es a todo gas, y por momentos muy fugaces parece un musical de Lurman, pero son solo flashes; Wright bordea el exceso sin sobrepasarlo. Y todos esos trajes de Jacqueline Durran que se llevó el último Oscar por este trabajo-, decorados, detalles, o la música de Dario Marianelli, no son una mera exhibición de poderío sino que acompañan y conforman el sentido del film. Y moviéndose entre todo ello, una larga lista de actores de lujo, empezando por -la nada etérea pese a su delgadez-, Keira Knightley, que desde hace unos años ha sabido encauzar estupendamente su carrera, Jude Law, Kelly McDonald, Emily Watson u Olivia Williams.

Algunas de las personas que me habían hablado con desinterés de esta Anna Karerina la habían visto en la tele. Claro, la gracia de obras como ésta es el espectáculo que generan -el cine a lo grande- y que no puede apreciarse igual en una pantalla de casa. Por eso y por mucho más, id al cine, malditos.


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