the_great_gatsby_

Un Gatsby apropiado

Es la película del momento y hay que posicionarse a favor o en contra. Se ha presentado en el Festival de Cannes, tras sucesivos retrasos en la producción ya que su estreno estaba previsto originalmente para 2012. Y el comando Boyero no ha tardado en destrozarla. Reconozco que no soy ninguna fan del señor Baz Luhrmann y sin embargo, con El gran Gatsby me he llevado una grata sorpresa. Aunque Luhrmann siempre tiene el sello excesivo aquí no se desata como en Moulin Rouge y tanto los momentos de purpurina como los de oscuridad en esta ocasión encajan bastante bien con el tronco de la historia.

Que nadie busque en El gran Gatsby una película comedida, claro, es intensa y desatada como la historia de amor y distancia que narra. Las fiestas en la mansión del misterioso protagonista son tan alocadas como debían serlo en esa época de eclosión previa al crack del 29. A todos, aunque sea solo una vez, nos gustaría pisar una fiesta de esas dimensiones, si ya no para bailar al menos para curiosear. Baz Luhrmann en estas secuencias da rienda suelta a su barroquismo y justificadamente. En paralelo a ellas, la voz en off del narrador de la misma novela, Nick Carraway, el único amigo del protagonista, encarnado por Tobey Maguire, va intoxicándote con su alucinado relato de la construcción del imperio Gatsby y su contundente decadencia, con el latido de fondo del impulso para llevar a cabo todas sus ambiciones, que no es otro que retomar la gran historia de amor de su vida, con Daisy, la niña bien de Louisville a la que desea impresionar. Y desde el preciso momento en que los dos amantes se reencuentran en una escena preciosa, el tono del film baja revoluciones para ajustarse a la verdadera intriga de encuentros, promesas, ilusiones y decepciones. Ese cambio se detecta incluso en la banda sonora, que pasa de temas festivos a canciones más tristes y delicadas como la de Lana del Rey y sobre todo The XX, cuyo Together brilla con mucho disimulo en las escenas más íntimas entre los enamorados.

Jay y Daisy representan dos maneras de ser y estar en el mundo y la vigencia, siempre, del concepto de lucha de clases. Uno es desmedido y apasionado, generoso hasta el derroche, en ocasiones inapropiado de tanto atrevimiento, y la otra, una belleza brillante pero recatada fascinada por el fulgor del impulso vital y las atenciones que finalmente prefiere la comodidad de la etiqueta y de su cajón bien ordenado y calentito de personas y circunstancias a medida. Todo es derroche en este Gran Gatsby pero el mejor y más valioso es el interpretativo a cargo de Leonardo DiCaprio y Carey Mulligan, la pareja en cuestión.

Critican de esta versión el artefacto, el envoltorio, pero creo que esta vez el gusto por la apariencia excesiva va perfecto para adaptar el libro de Francis Scott Fitzgerald, incluso rompiendo tantos esquemas en virtud del hip hop y los ritmos discotequeros, que son meras herramientas, no-tan-ofensivas. Y me atrevo a decir que el mismo Luhrmann se desnuda en cierta manera aquí. Porque la propia película es la máscara y su contrapartida, las fiestas alegres y desaforadas, y la tristeza que subyace en su origen y trastienda. El impulso vital de un loco enamorado que contagia y comparte su buen vivir con todo el que puede seguirle -o se aprovecha- y luego su amarga derrota de ser humano despojado de todo bien material que no deja de ser, al fin y al cabo, un disfraz. Y en eso, increíblemente, Luhrmann era después de todo la mejor elección para contar la historia de Jay Gatsby, con ese paisaje después del artificio. La historia del hombre que brinda por todos y se queda solo.

 

 

 


Deja un comentario