searching-for-sugar-man2

Tocar cielo y tocar tierra

Mi previsión me decía que esta semana tenía que escribir sobre Terrence Malick y su última película estrenada en España, To the wonder. Le he estado dando vueltas dos semanas. Quizá, como me dijo Alberto el otro día, había buenas razones para que este director solo estrenara cada montón de años y por las que su filmografía es tan corta. Desde luego yo me declaro incapaz de decir gran cosa. Y conste que soy defensora a ultranza de El árbol de la vida que se presta a varapalos y risas debido a su duración y a su atrevimiento al hablar de  espiritualidad. En aquella película descubrimos a la maravillosa Jessica Chastain en el papel de madre amantísima, y a un Brad Pitt severo y brutal. En To the wonder, la divagación es en torno al amor, las relaciones sentimentales, las uniones y las separaciones servidas por el azar. El tema no puede interesarme más, y sin embargo esta vez me uno a la fila de los detractores de Malick, incapaz de alzar un solo argumento a su favor. Imágenes bonitas, secuencias de cámara volando, intérpretes bellos inmersos en paisajes de infarto (Mont Saint-Michel en Normandía, o las planicies tan fotogénicas de Oklahoma). En otras ocasiones con ese estilo a mí me contaba algo, muy poderoso en el caso de su anterior film, pero aquí directamente me parece una nana que se empeña en dormirte con música, viento y planos eternos. Importa poco los motivos y decisiones de los personajes a los que ponen cara Ben Affleck, Rachel McAdams, Javier Bardem y Olga Kurylenko. La interpretación -por decir algo- de esta chica es de risa. La belleza solo por la perfección de las formas es vacía y tan pobre.

Nada que ver con las etéreas imágenes de Malick, mejor hablar del documental Searching for Sugar Man, del joven director sueco Malik Bendjelloul. Cada temporada hay un sleeper, la típica película que se estrena sin demasiada expectación y que va creciendo en taquilla y manteniéndose durante meses gracias al boca-oreja, un éxito mucho más valioso y merecido que una agresiva campaña de marketing. Como película no aporta gran cosa, es un documental bien hecho, con oficio y que atiende con profesionalidad y sensibilidad a la historia que quiere contar, la de Sixto Rodríguez, un músico de Detroit de padre mejicano, que al inicio de los 70 publicó dos álbumes de gran calidad y luego desapareció de la faz de la tierra. O eso se pensaba. El documental relata precisamente esa búsqueda del mito que la leyenda contaba había muerto en rocambolescas circunstancias, cual Jimi Hendrix. No puedes dejar de seguir fascinada la investigación que llevan a cabo un veterano fan y periodista sudafricanos, porque lo insólito del caso es que Rodríguez vivía humildemente aún siendo muy valorado por sus productores y algunos contados expertos en su país, pero es que en Sudáfrica se convirtió en una estrella de la música más conocida que, por ejemplo, los Rolling Stones. Sus canciones son impresionantes como impresionante es que un artista de tal envergadura cayera en el olvido tan rápido en la era en que Bob Dylan, de estilo calcado, triunfaba. Por momentos te parece estar viendo uno de esos intrigantes documentales de ficción, al estilo de Forgotten silver (1995) que hizo Peter Jackson, reinventando los inicios de la historia del cine, sacando a la luz a un pionero del séptimo arte de origen neozelandés. Pero no, Sixto Rodríguez existió y eligió voluntariamente seguir otro camino con menos relumbrón. Pero toda su biografía es igualmente conmovedora, su manera de ver y estar en el mundo, su radical autenticidad. Una de esas personas libres más allá de toda meta o ambición. Esa estirpe. Una historia emocionante que vale la pena conocer.


Deja un comentario