oslo31

Los matices del vacío

Contrastes. La semana pasada escribía de mis impresiones sobre El lobo de Wall Street, una película acelerada, con personajes insaciables aunque quizá no tan inconformistas, y la cocaína como droga de cabecera. Esta semana toca hablar de Oslo 31 de Agosto, cuyo protagonista es un treinteañero decepcionado con la vida, pero curioso, sin duda inconformista, en lucha consigo mismo por coger aire, y adicto en rehabilitación con debilidad por la heroína. Precisamente en estos días me costaba escribir sobre ello, justo cuando a todos nos sorprendió la noticia de la muerte de Philip Seymour Hoffman. Tras 23 años limpio volver a caer, y caer del todo. El inmenso vacío y la tristeza que quedan. La adicción, la recuperación, y la consciencia de que quien es adicto lo es para toda la vida, y su lucha, permanente. David Carr, ese tótem del New York Times, al hilo del suceso hablaba de ello en primera persona, muy honesta y claramente.

No voy a teorizar sobre drogas aunque estas dos películas ejemplifican el simbolismo de la cocaína y la heroína como catalizadores, dos actitudes, dos formas de mirar el mundo, de entenderlo, de vivirlo. La de Jordan Belfort es compulsiva, la de Anders, desoladora. En Oslo 31 de Agosto seguimos al protagonista a lo largo de un día deambulando por la capital noruega. Lucha contra sus ideas de suicidio, trata de conectar con los humanos más cercanos, de lograr esa conexión significativa que le ate a la vida, a la ilusión que hace creer que todo merece la pena, salir adelante con la rehabilitación, conseguir un trabajo motivador, hacer las paces con su hermana, ser capaz de sonreír. Y todo cuesta. Pero como dice el director, incluso en la tristeza hay variaciones.

El relato visual que Joachim Trier hace en ésta, su segunda película, es fino, casi cristalino, con la cámara funcionando a modo de tanteo, entrando en cada escena, enfocando a cada personaje con rostros en principio duros, que poco a poco van ablandándose. A la vez en los momentos cruciales, aunque sutiles, del film, es capaz de jugar con el tiempo, de transmitir la alucinación, la trascendencia de lo que el protagonista está experimentando. Hay dos secuencias especialmente conmovedoras en medio de todo el deambular de Anders por la ciudad. En una enumera todo lo bueno que ha recibido de sus padres, lo que le ha hecho como es. En la otra se sienta en una cafetería a tomar un café y comienza a observar y escuchar las conversaciones de todas las mesas. Una pareja que empieza a tantearse, otra que comentan una discusión la noche anterior, madres con los niños recién recogidos del colegio, dos amigas que se cuentan confidencias, compañeros de trabajo, un par de adolescentes haciendo un trabajo de clase y desglosando una lista de deseos: nadar con delfines, leer un libro que me guste tanto que sea capaz de citarlo toda mi vida,…ahí él es un voyeaur que intenta comprender la rutina, la manera desenfadada de funcionar del resto del mundo, una normalidad que a él le resulta inalcanzable. Una película tan descorazonadora y aún así luminosa como lo es la vida misma en ocasiones.

 


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