World War Z

Los dientes del zombie

No es que Id al cine malditos se hubiera ido de vacaciones antes de tiempo. Durante el mes de julio hubieron varios intentos de escritura pero la cartelera ha dejado tanto que desear que las películas en cuestión no daban ni para escribir tres líneas. Muchas vueltas le di a si sacar o no sacar, y finalmente decidí no publicar nada nuevo mientras no viera un film digno de mención pues tampoco quiero disuadiros precisamente de ir al cine. Seguramente alguna de las pelis que me dejaron igual algunos de vosotros también las hayáis visto. Dejémoslo así. Durante este mes conforme vea algo que merezca la pena habrá sección abierta y sin vacaciones.

Y toca hablar de World War Z, de Marc Foster. El siglo XXI y sus circunstancias hacen que abunden las historias apocalípticas. Un futuro contrario a toda utopía y más bien con tendencia general al desastre, que en ocasiones viene acompañado de la presencia de zombies. Nada nuevo, aunque de cada caso hay una lectura que sacar. Se puede ser más o menos seguidor de la ciencia-ficción y alrededores (yo soy fan) pero es innegable que ahora este es el relato principal de nuestro tiempo. Películas así se producen en cadena, o al menos eso parece cuando ves la ristra de tráilers previos a la proyección, pero entre todos los estrenos hay clases y clases. Sin ser ninguna obra maestra, World War Z destaca claramente por su tono austero y poco rimbombante, por su interés en el relato más que en el despliegue de efectos especiales.

Han trascendido detalles de lo que fue un rodaje complicado y una post-producción con mil vueltas; de hecho, el personaje del televisivo Matthew Fox se ha quedado en la mesa de montaje, pero al final lo que llega a las pantallas es una película bastante redonda, 100% entretenida y bien hecha. Y con eso nos conformamos porque World War Z no tiene mayores pretensiones. Que su director fuera Marc Foster ya presagiaba un punto interesante. Este alemán afincado en Hollywood no hace películas del montón ni en serie, todas y cada una de sus obras son particulares sin llegar a poder colocarle en la categoría de ‘autor’ su cine es, digamos,  comercial sensato, con fundamento. Monster’s ball fue la primera en llamar la atención y luego otras tan diversas como Descubriendo Nunca Jamás, Stranger than fiction, Cometas en el cielo o su aportación al universo Bond con Quantum of Solace. Sus films cuentan sobre todo una historia, algo no demasiado obvio en cierto tipo de cine, y tiene especial mano con los actores.

Aquí vemos a Brad Pitt (y su pelazo) manejando con sutileza todo el desbarajuste a su alrededor, a la manera de un héroe de perfil bajo. Por todo el planeta se va extendiendo rápidamente una plaga que infecta a humanos para convertirlos en zombies (o no-muertos) y cuyo origen es desconocido. Pitt es reclamado por sus antiguos compañeros de la ONU como experto en encontrar sentido dentro de situaciones de crisis, y esto le obliga a separarse de su familia, encabezada por la estupenda pelirroja Mireille Enos de The Killing. World War Z comienza en Brooklyn, sigue en Corea del Sur, pasa por Israel hasta aterrizar en un laboratorio de la OMS en Gales, y en medio consigue escenas impactantes como la de una Jerusalén tapiada y sin embargo invadida por los zombies, o sobre todo las secuencias finales en el laboratorio. Es ahí donde Foster exhibe su mejor pulso y demuestra que no hay nada más poderoso que una buena narración: basta ver el tú a tú contenido entre el protagonista y un zombie frente a frente, cuya sencilla amenaza es un repetitivo castañeo de dientes, para quedarse clavado en la butaca. La mayoría de veces, menos es más y en este caso llama mucho la atención y se agradece.

 


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