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El dinero obsceno

Hay una escena en El lobo de Wall Street, hacia mitad de la película, cuando el protagonista Jordan Belfort conoce al agente del FBI que está investigándole, que ejerce de contrapeso, que marca el ajuste moral de una historia que hasta ese momento es puro desfase de gran apariencia. Belfort se pavonea patéticamente ante el agente, y le suelta un discurso sobre la gente gris que como él vuelve a su casa en metro después de una larga jornada de trabajo sin expectativas de grandes emociones o placeres en sus vidas. Él no estaba dispuesto a seguir ese trazado y por eso, dice, ha hecho todo lo posible -sin límites ni escrúpulos- por conseguir toda la abundancia, todo el lujo. A mí como kyleespectadora, sin embargo, me parece alguien bastante pobre pero me quedo con el estoicismo del agente, interpretado con la solvencia habitual por Kyle Chandler, mítico entrenador de la serie Friday Night Lights, que no se deja impresionar.

Ésta es una historia real, es evidente cómo acaba, así que no hay spoilers, y una de las escenas finales es muy significativa. El agente Denham ha conseguido detener a Belfort, deshacer su trama corrupta y le vemos en uno de esos vagones de metro volviendo a casa. Echa un vistazo alrededor y solo encuentra rostros cansados, desanimados. En ese momento me vi yo misma en un metro neoyorquino, sentada en esos mismos asientos naranjas, seguramente de la línea F, contagiada de la depresión ambiental, exhausta, gris. ¿Hasta dónde es legítimo llegar para no quedar encajonado en el desaliento? Como siempre, la respuesta no es blanco o negro. Quiero pensar que eso es lo que sutilmente pretende decir Martin Scorsese, con el fantástico guión de Terence Winter: que la vida del agente es bien digna y quizá hasta muy feliz sin fiestas llenas de droga y prostitutas, sin desproporcionados lujos, sin la presión permanente por ser “el más”.

Generalmente nuestra cultura judeocristiana nos marca de fondo e invita a ser humildes, a no tender demasiado a la ambición, no sobresalir, a tirar hacia el conformismo, no sea cosa que me vaya a llevar algo demasiado bueno para mí. Cuando lo comparamos con la mentalidad anglosajona, eminentemente práctica, terrenal y enfocada a resultados, se destila un sinfín de implicaciones. Y todo esto mezclado me lleva, al final, el convencimiento de que sí, se puede hacer dinero de manera honrada, ser ambicioso, inconformista, que es legítimo, saludable y hasta obligado serlo, de que el dinero no es sí mismo malo sino fundamental, pura potencia, y que lo perverso es la avaricia o la permanente insatisfacción tan infantil que alimenta a muchos.

Muchas reflexiones. Leí por twitter que ésta es una gran película sobre un mundo obsceno, y no puedo estar más de acuerdo. No dejan de haber discusiones sobre la moralidad del film, sobre la posición de su autor -Scorsese en plena forma a sus 71 años-, si es misógina, si enaltece la forma de vida de Belfort y toda esa clase de voraces brokers precursores del crash actual. Personalmente creo que se limita a retratar condenadamente bien un mundo repulsivo pero que existe. El Jordan Belfort real ahora es ahora conferenciante motivacional (what else?) y prepara un reality para la televisión. El lobo de Wall Street tiene mucho de acelere, sus tres horas de metraje van rápido y a veces llegan a saturar de tanto grito, insulto, e histerismo a causa de la cocaína. El dinero, el sexo, las drogas, todo se usa de manera compulsiva y así aparece en contraste con largas escenas dialogadas que rompen el tono. En un gran reparto, mención aparte merece Leonardo Di Caprio que está descomunal en un papel que le ha exigido una entrega total. Esperemos que esta vez sí, el Oscar sea suyo.

 

 


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