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La odisea del perdedor

Los hermanos Coen no hacen malas películas. Habrán algunas de las que te sientas más cerca o más lejos, películas menores como Quemar después de leer o Crueldad intolerable, pero la brillantez de obras como Muerte entre las flores, Barton Fink, o El gran Lebowski están fuera de duda y no siempre se puede mantener el mismo nivel de maestría. Y bien, porque tienen que respirar y alimentarse, y lo hacen, vaya si lo hacen, forman un tándem perfecto, y de repente nos entregan films redondos como quien no quiere la cosa. Las andanzas de un músico folk de los años 60 muy parecido a Bob Dylan…, de entrada el argumento de A propósito de Llewyn Davis no hacía presagiar la grandeza del asunto tratado por los Coen. Sin embargo, críticos de gusto refinado, de los pocos que leo fielmente, como A.O.Scott en el New York Times y Juan Manuel Freire, me avisaban que la cosa alcanzaba la categoría de gourmet.

llewyn davis-NYT Me fascina la sociología que se encuentra tras el éxito o el fracaso de una obra cultural en este mainstream mundo pop, de miles de inputs, referencias, campañas de marketing, modas. ¿Qué hace que un libro o una película se conviertan en fenómeno? Lo contemplo y analizo con curiosidad incansable. No siempre se debe a los poderosos tentáculos de los hermanos Weinstein. Al final todo es un misterio. ¿Qué sucedió para que una película normalita como Amélie, hiciera click de esa manera? No es una digresión, esta reflexión tiene mucho que ver con A propósito de Llewyn Davis, un film grande que no lo parece, que pasa de puntillas incluso ante el mismo espectador, yo la primera. Aun con las referencias fiables que tenía, de entrada no vi nada especial en la pantalla. Todo muy correcto, bien elaborado, con elegancia y el saber hacer de los Coen y su tropa, pero tan sutil, tan poco dado al remarque que una vez el protagonista llega al mismo punto en el que arrancaba el largometraje hora y media antes, me quedé desconcertada. Asimilando, pensando luego sobre la película es cuando he podido apreciarla y he caído en la cuenta: somos demasiado adictos a la vibración, a lo emocionante.

Hay maneras y maneras de ser y de crear, de estar en el mundo y de mostrar hacer lo que somos y lo que hacemos. Los hay que no se dan importancia, y van a su camino, y los hay que de un pequeño gesto hacen la gran exhibición. Todos sabemos a lo que me refiero. Y eso es lo que muestra esta pequeña maravilla que es A propósito de Llewyn Davis, la odisea de un músico en el Nueva York bohemio de los años 60, que vive de los favores de amigos, que ha alcanzado el éxito con una canción y después ha visto como la gloria se le escapaba entre los dedos. Quiere algo mejor para sí mismo, pelea, se pierde haciendo kilómetros por parajes insospechados en busca de la chispa de suerte que le permita vivir dignamente de su trabajo.

Y le seguimos en sus caminatas y peleas, contrariado ante los golpes, con gato incluido y una buena colección de secundarios estupendos como F. Murray Abraham, John Goodman, Adam Driver (el de Girls), o Justin Timberlake. Toda la película tiene un aire a fresco de la época, a lo que era realmente ese Village neoyorquino de los 60 y 70, que rebosaba buena música, creatividad y tabaco, pero que no era ningún paraje de cuento por mucho que nos cuenten del sueño americano. Llewyn, interpretado de forma tan hermosa por Oscar Isaac -el opuesto a ese marido problemático de Carey Mulligan en Drive-, es un Sísifo condenado al eterno retorno, su malditismo es genuino, él sigue intentándolo y pese a su prepotencia de artista no alimenta ninguna pose de perdedor sino que lo es involuntaria y auténticamente. Y no se rinde aunque haya veces en que es muy tentador.


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