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Carne, huesos y tú

Si antes de ir a ver una película lees que su duración es de tres horas de entrada lo lógico es asustarse, que las butacas del cine no son tan cómodas. Pero hay ocasiones excepcionales en que el metraje no es ningún lastre, sino todo lo contrario, y eso es precisamente lo que pasa con La vida de Adèle. Ganadora de la última Palma de Oro en el Festival de Cannes, la cinta dirigida por el francotunecino Abdellatif Kechiche se pasa como un suspiro lo que demuestra lo bien contada que está, tan fluida, tan natural y tan vibrante a la vez. Dicho esto, que es un titular llamativo y una pista infalible de la calidad de la película, mejor entrar en materia, porque aquí hay muchas cosas: aire fresco, intensidad, verosimilitud, contundencia, valentía.

adèle_bedDesde su presentación en mayo La vida de Adèle camina rodeada de la polémica, que, oye, si sirve para atraer espectadores a una obra tan especial, bienvenida sea. Primero fue el shock en las primeras proyecciones de las -tan realistas- escenas de sexo y después la pelea mediática entre las actrices y el director por la presión a la que dicen les sometió. Y viéndola se entiende todo. Basada en una novela gráfica, el film cuenta el despertar a la vida y sobre todo sentimental de Adèle, una chica sensible y apasionada, que se siente fuera de lugar en el momento de inadaptación por antonomasia, la adolescencia.

Esa extrañeza frente al mundo, ese explorarse a sí misma tiene que ver específicamente con su cuerpo y los afectos y en ello se adentra la película con arrojo e impudicia. Vamos siguiéndola en su recorrido desde que conoce a Emma (Léa Seydoux), consigue abrirse al mundo, y a lo largo de aproximadamente ocho años la seguimos muy de cerca, pues la cámara de Kechiche está en todo momento pegada a sus personajes, haciendo del plano corto bandera, marcando la intensidad, la intimidad, y la veracidad de su discurso. Viendo el trabajo descomunal de ambas actrices, especialmente el de la protagonista Adèle Exarchopoulos, simplemente prodigiosa, se adivina el desgaste que supuso para ellas este papel. Pocas veces se ve en pantalla semejante entrega y puede imaginarse que el rodaje no debió de ser fácil; se intuye el aliento del director muy cerca, pidiendo más. Lo que retrata es un personaje intenso en un momento intenso de su vida, por lo tanto no hay demasiado respiro, y aun así, el autor no subraya nada, no enfatiza, te seduce, te lleva, y quieres saber más de ella, que esté bien, ver por dónde va dando tumbos, con tanta entereza como desorientación.

La vida de Adèle tiene muchas aristas, tantas que escribir sobre ella y estar a la altura es complicado. Se centra en esa adolescente que empieza a crecer con los sinsabores de toda existencia y en las interacciones con quienes le rodean. Con su primer y arrebatado amor, la Emma de pelo azul que la marcará para siempre, y el círculo de artistas a su alrededor y en el que Adèle -más naïf y libre- no se integra; con su familia, amigos, compañeros de trabajo, y todos son seres humanos bien perfilados, a todos los bdcomprendes.

Lo de las secuencias íntimas, y hay varias, con razón genera comentarios. Cómo no hacerlos. Yo no recuerdo una escena de cama más larga (7 minutos), física y explícita, más de verdad en todos los minutos de cine que llevo dentro. Y hay varias. Se han escuchado críticas, están los guardianes de la decencia (sic), que a esos ni les contestamos, y están las lesbianas con pedigree que sientan cátedra sobre lo que es o no es sexo lesbiano. La propia autora de la novela original, Julie Maroh, ha echado pestes de la adaptación, diciendo que es cine hecho para heterosexuales morbosos. Precisamente este artículo del New York Times recoge la controversia con todos sus ángulos. Y yo disiento.

Dejémonos de apariencias publicitarias, el sexo es sexo sean quienes sean sus participantes, hombres o mujeres, no hay una única y pura manera de hacerlo, porque cada pareja tiene la suya, es carne, es pasión, son rincones y es arrebato, y todo eso es lo que muestra tan rematadamente bien La vida de Adèle, sin cortes ni poses. Una película como Habitación en Roma, con su estupenda Elena Anaya, sí puedo admitir que tuviera una prioridad estética y para voyeurs; aquí vemos también a dos actrices bellísimas pero no hay voluntad preciosista sino veraz, con sus pieles blancas o imperfectas, sus quiebros, sus resoplidos, sus ruidos guturales, su naturalidad. Y tan crudas como las escenas de sexo son otras, con la ropa puesta, como la terrible pelea que sufres desencajado en la butaca o el reencuentro en un café pasado el tiempo, que resulta tan desolador. En esta película hay tanto coraje y libertad que te deja temblando, pero en el mejor de los sentidos.

 


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