La gran familia española

La familia inventada

Últimamente tener una película española en cartelera es una rareza que capta la atención. Si se trata de la nueva de Daniel Sánchez-Arévalo, aún más, aunque el tráiler y el exceso futbolero a priori no atraiga demasiado. Empieza nueva temporada y se anuncian estrenos atractivos, como la nueva de David Trueba para finales de octubre, y siempre tras el Festival de San Sebastián que ha empezado este fin de semana, se presentan las películas más destacadas del año. La gran familia española es la cuarta de Sánchez-Arévalo, que debutó con mucho éxito con Azuloscurocasinegro. Su terreno es siempre el de lo sentimental y emocional y no lo hace mal, aunque su filmografía sea irregular.

Tan irregular como me pareció esta película, que por momentos bordea el costumbrismo más casposo y el poco interés. Al poco de empezar, con la escena de la boda como acto central, no sabes demasiado hacia dónde va la historia, y no ayudan algunas interpretaciones como las de los adolescentes y Verónica Echegui. Nada demasiado desastroso pero sí un pelín chirriante, pero gracias a grandes actores como Roberto Álamo -mítico en la obra de teatro Urtain- o Antonio de la Torre (su actor fetiche, fijo en todas sus pelis) y a momentos de chispa en las conversaciones de los hermanos, en especial Miquel Fernandez y Quim Gutierrez, La gran familia española no cae del todo.

Los guiños a títulos clásicos como Siete novias para siete hermanos y El guateque, y las escenas en que Sánchez Arévalo mejor luce como guionista de tragicomedias familiares, son también destacables. Es curioso, conforme avanza no hay nada en el film lo suficientemente grave para detestarlo pero tampoco aparece nada que termine de darle cuerpo. Hay secuencias brillantes y hay otras flojas, y en especial el trasfondo permanente del fútbol y de la final del Mundial que finalmente ganó la selección española, no es importante ni aporta nada más que ruido a la historia. Pero ya muy al final se desvela un secreto familiar narrado por Caleb, el hijo huido a África durante dos años e interpretado por Gutiérrez, que aporta la emoción que necesitaba para rematar la película y le da enjundia a todo el conjunto. Ese golpe opera como acto de magia y consigue cerrar las fisuras que presentaba La gran familia española. Así se destapa el verdadero sentido de todo el embrollo: lo que cuenta no es la familia como concepto y obligación per se, sino las familias que se inventan a sí mismas, con sus propias reglas, unidas en el amor y la lealtad, más allá de convencionalismos, más allá de títulos. Y ahí Daniel Sánchez Arévalo te gana.


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