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Quizá querer es poder

El mes de octubre viene muy rico en estrenos de cine. Hemos pasado de no tener nada que llevarnos a la boca a no dar a basto. Pero la temporada fuerte es de ahora a febrero y habrá que coger reservas para los meses de sequía. Sin duda una de las películas del año va a ser precisamente Gravity, de Alfonso Cuarón. Hace meses cuando leíamos sobre ella, nadie depositaba demasiadas esperanzas: ¿Sandra Bullock por el espacio? Pero bastaron los primeros visionados, y ya su presentación en el festival de Venecia, para que se corriera la voz de que era una maravilla. Y efectivamente, lo es.

No se puede contar mucho del argumento de Gravity. Un par de astronautas realizan trabajos de mantenimiento en una estación espacial, y de repente ocurre un accidente. A partir de ahí, el miedo ante la inmensidad -la más literal e incomparable de todas-, y la gestión de uno mismo para salir adelante. Cuarón, que también es el guionista junto a su hijo, sitúa el conflicto en el espacio pero podría ser en cualquier otro escenario porque lo que importa es el tour de force de una mujer en una situación límite, y podría ocurrir en el desierto o en las profundidades marinas. Pero qué bien que haya elegido ese paisaje: cuánta belleza, qué precioso es ese oscuro espacio exterior lleno de basura espacial, y qué manera de disfrutar el 3D por primera vez en pantalla grande sin no sufrir el mareo absurdo.

La película es seca, concisa, directa. Apenas hora y media de metraje para contar lo que hay, lo que se ve, yendo al grano completamente. Noventa minutos intensísimos en los que obviamente los efectos especiales son fundamentales pero no destacan sobre el relato, y eso es lo mejor. La técnica se integra de manera sutil y perfecta en la potente aventura personal de la protagonista, que es lo esencial, y está tan al servicio de la historia que pese a ser evidente apenas reparas en ello. Cuarón no se mete en jardines existencialistas como Stanley Kubrick en 2001, ni nada de corte espiritual como Robert Zemeckis en Contact  -peli a la que, por cierto, guardo mucho cariño-. Gravity cuenta lo que cuenta desde un punto de vista humano al máximo y con un sentido extremadamente práctico. Y te lleva. El resultado es preciso, redondo, nada sobra y nada falta, y nunca has visto a Sandra Bullock, fuerte y fibrosa, mejor y más bella, en la parquedad de ese vestuario.

El drama de Ryan -la protagonista-, su atasco y su despertar es la narración de la vida como pelea constante. Pase lo que pase va a ser una experiencia alucinante, dice en un momento del film, y es un buen resumen de su espíritu. Como decía una buena amiga te hace pensar que sí, que quizá querer es poder. La secuencia final en contrapicado es para la historia del cine, con tanta significación e impacto. Con la fuerza de la gravedad otra vez, marcando el tono, los primeros pasos, volver a andar, descubrir, despertar, el retorno, la capacidad de superación, el instinto de supervivencia, la conciencia del milagro que es la vida. No hay que escatimar, Gravity hay que verla y en el cine, a lo grande, lo demás es absurdo.


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