grand budapest hotel

Un pasado bien encajonado

Hay artistas que te alegran que existan, al margen de si conectas o no demasiado con ellos. Reconoces su valor, su lugar en el mundo, su voz. A mí me pasa eso con el cine de Wes Anderson, que me gusta más como concepto, como autor único y cuidadoso, que por sus resultados que al final me quedan un poco lejos. Desde sus primeros títulos, Academia Rushmore y sobre todo Los Tenenbaums se reveló como creador inconfundible. Gusta de una estética vintage, le van las familias peculiares, un poco disfuncionales, un poco intensas, los niños perdidos y Bill Murray es un must. Nada que objetar. En sus películas siempre encontramos a personajes entrañables, de esos a los que quisieras abrazar, y todo tiene un aire melancólico, con puntos de bon-vivant pero nunca de gran alegría.

Tras el bonito amor de adolescencia narrado en Moonrise Kingdom, Anderson se traslada a la Vieja Europa, inspirado por el escritor austríaco Stefan Zweig, por su novela La impaciencia del corazón y en especial sus memorias, El mundo de ayer, como él mismo ha reconocido. En El gran hotel Budapest seguimos las andanzas de un exquisito conserje -estupendo Ralph Fiennes- con dotes de gigoló que muestra a un joven aprendiz el oficio al tiempo que de fondo diversos personajes pelean por una inmensa fortuna, aventuras que le sirven a Wes Anderson para hacer un recorrido por los años más convulsos de la historia del continente, desde el ascenso de los nazis hasta la ocupación soviética de los países del Este.

No es que El gran hotel Budapest sea una mala película, ni mucho menos, es muy buena, objetiva, simétricamente, cuidada al detalle, con su artificio de historieta, pero a mí personalmente me resulta demasiado encorsetada, cuadrada a una estética que no deja respirar, fluir a los personajes, a las relaciones humanas que por ahí transitan. Su elenco de actores es impresionante, también la música de Alexander Desplat y la dirección artística de Adam Stcokhausen, pero semejante perfeccionismo (bien documentado) me deja fuera de la trama.

Los particulares habitantes de este hotel zascandilean arriba y abajo, lucen impecables en sus trajes de Milena Canonero, y todo está en su sitio para esos travelling laterales marca de la cada que tanto gustan a Anderson y que hacen parecer al hotel una gran casa de muñecas. Quizá, después de todo, si de lo que se trataba es de hacer un alegato nostálgico de un tiempo perdido -tema recurrente y principal, junto a la familia, del cine de Anderson-, como algo estático y redondo, en lo que refugiarse, entonces su objetivo está más que cumplido.


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