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El clan de los ilusos

Fue una alegría ver el auditorio de La Rambleta -ese oasis- tan lleno el viernes pasado para la visita de Jonás Trueba y la proyección de esa miniatura llamada Los Ilusos. Como dijo Daniel Gascó en el coloquio posterior, de no ser por esta forma peculiar de “distribución”, la cinta se hubiera mal estrenado en cualquier multisala y durado en cartel apenas una semana. Incluso en un evento tan explicado como éste hubieron ciertas reacciones contrariadas al final de la película. Había expectación, y aún así hay que saber a lo que se va. No creo en las etiquetas para enfrentarse a ninguna obra artística, el único requisito debería ser mirada limpia y abierta. Sin embargo hay un cine como éste que no sigue las reglas convencionales de la narración y para los no habituados, a veces, produce incomprensión, aburrimiento, rechazo. No es seguramente una peli para un sábado por la tarde en el sofá.

En Los Ilusos vemos a jóvenes apasionados por el cine que intentan rodar una película, y en varios momentos se refieren de modo más o menos simbólico a la muerte del cine, esa idea tan repetida, como la muerte de la novela y otras muertes, que agoreros de mente estrecha pontifican. El joven Trueba se ríe de eso y lo hace con la chispa y el ímpetu de esos llamados locos, los que no dejan de moverse, de soñar, de idear, como manera de ser y estar en el mundo. Ése es el clan de los ilusos. No hay nada más vivo que lo que cambia, se mueve, evoluciona, más allá de los límites que etiquetas y teorías imponen. Y tanto la realización de este film sobre-la-marcha, de entretiempo, a base de tanteo e improvisación, como si del diario de un joven director en busca de proyecto se tratara, como su posterior salida al mercado, son pura impostura y sana rebelión. Cuestión de atrevimiento y de no resignación. Si la distribución en los cines españoles solo beneficia a las grandes producciones, nos inventamos una forma cualitativa de llegar al espectador.

Es curioso porque a lo largo de todo el metraje aquí los personajes hablan (y leen) sobre la muerte, más concretamente el suicidio, y sin embargo es una película tremendamente vital y realmente viva. Su relato fragmentado muestra la energía de la incertidumbre diaria, los vaivenes de esta generación un tanto perdida, y el nacimiento de una relación, contado todo sin énfasis, como quien no quiere la cosa, en precioso blanco y negro, e interpretado brillantemente por jóvenes actores desconocidos.  Referencias al cine francés y guiños a otros outsiders españoles las hay, pero como dijo Jonás en Rambleta, partiendo de la melancolía al final se trataba de contar una historia de amor, “¿y por qué no?“. Pues sí, es justo ahí, en ese punto del enamoramiento, donde reside la posibilidad de futuro.

 


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