american hustle

Retablo de engaños

David O. Russell es un director todoterreno, solvente, que en principio no me interesa demasiado. Suya es The fighter, estupenda historia de boxeo y familia con pasado, pero también Tres Reyes, con George Clooney y Mark Wahlberg, o El lado bueno de las cosas, el bombazo incomprensible 2013. Así que cuando vas a ver una película suya nunca sabes lo que te vas encontrar. Que sabe hacer cine de forma resultona es un hecho, aunque es irregular en su trascendencia. Que sabe reunir a grandes actores y mantenerlos fieles, a modo de familia, también: Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence y Bradley Cooper, los cuatro protagonistas de ésta, La gran estafa americana, repiten y sobre todo los dos últimos alcanzan niveles interpretativos insospechados. No hace películas malas pero sí películas insulsas que cuentan con mucho apoyo de la industria y tienen cierto margen de salida asegurado.

El año pasado El lado bueno de las cosas fue nominada a una cantidad indecente de Oscars y se llevó el de Mejor Actriz para Jennifer Lawrence, que ciertamente era lo mejor de la película. Con ella repite y vuelve a copar las categorías principales en la temporada de premios por La gran estafa americana (American Hustle), inspirada en una historia real de fraudes de poca o media monta en la Nueva York de los locos setenta llevados a cabo por un prestamista y su amante. La pareja protagonista, interpretada por Christian Bale y Amy Adams, acaban teniendo que trabajar para el FBI, con Bradley Cooper entre medias de ellos, para atrapar a corruptos a mayor escala, políticos y mafiosos. Aunque ubicada unas décadas atrás la trama no puede estar de más actualidad, y lo que nos cuenta no nos resulta en absoluto ajeno.

Russell, con la ayuda en el guión de Eric Warren Singer, cuenta muy bien lo que quiere contar, la película es un fresco de un momento y de un modo de escalar socialmente, con una extensa galería de personajes y relaciones que bailan muy ajustadamente en sus idas y venidas. Pese a ser un film largo, el director sabe mantener la tensión y la evolución de las situaciones mantiene atento al espectador. Nos adentramos en esos vibrantes años 70, con todo el despliegue de vestuario atrevido -increíbles escotes de Amy Adams en cada plano- y pelos imposibles, de la mano de cuatro personajes que buscan su lugar en la vida a través del amor (estupendos en sus matices Bale y Adams) o del estatus social (Lawrence y Cooper). Como retrato de una época, de un modus operandi, y como película ambiciosa en ese sentido, nada que objetar al buen oficio y el encaje de muchos elementos que funcionan correctamente. Otra cosa es transmitir el plus que hace de una película algo memorable, eso es algo que a David O. Russell todavía se le escapa.


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