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La realidad en crudo

Estamos en la mejor temporada del año en cuanto a estrenos cinematográficos. De aquí a finales de febrero, con toda la retahíla de premios que acaban con la entrega de los Oscars, la cartelera es oro puro. Y una de las películas estrella es esta tremenda 12 años de esclavitud, del director británico Steve McQueen, autor de las dos estupendas Hunger y Shame. En toda su obra el cuerpo, sus contorsiones y sus lamentos, es un elemento primordial del relato, en él se detiene y se recrea y es desde el cuerpo que cuenta sus historias. Pero ésta es la primera producción en la industria hollywoodiense y la esclavitud es su tema, así que el director tiene sus limitaciones.

Pese a representar un cambio considerable en su filmografía, un salto hacia un cine más a lo grande, McQueen mantiene su sello en el fondo aunque la superficie sea tan diferente a sus pequeñas películas anteriores: le gusta ir al fondo de las situaciones y su cámara se acerca al máximo para retratar el sufrimiento íntimo de sus personajes. Y la historia real que cuenta es tan dura que al final de su metraje -algo más de dos horas-, se explota de emoción pero nada edulcorada sino pura, de tanta tensión acumulada y de tanta impotencia y rabia al conocer el drama de Solomon Northup, un hombre libre que a mediados del siglo XIX fue secuestrado en Washington y tomado como un esclavo, pasando de amo en amo, a cada cual más bestia.

12-years-a-slaveVemos en la piel (literal) y la mirada de su protagonista, interpretado soberbiamente por Chiwetel Ejiofor, el sufrimiento sin límites y el desconcierto ante una situación descomunal en la que no tiene muchas herramientas a las que recurrir. En ese contexto de explotación y salvajismo se tuvo que manejar durante doce años, y aquí McQueen no se amilana al señalar posiciones morales cuestionables, no solo las de los blancos opresores sino también las de los mismo negros que miraban a otra parte para protegerse no llamando la atención.

En 12 años de esclavitud no nos cuentan nada bonito y no pretenden hacerlo pasar por tal, es una película brutal e incómoda, como tiene que ser, y a diferencia de otros films sobre ese período terrible de la historia norteamericana, no hay un punto de fuga idílico, todo está servido bien crudo. Todo el plantel de actores es impresionante, la mayoría en papeles odiosos, y en especial Michael Fassbender como el peor de todos. Y lo que hace Lupita Nyong’o interpretando a la pobre Patsy es algo soberbio. En ese ambiente irrespirable, la llegada del canadiense sensato y sensible que encarna Brad Pitt, en un pequeño pero decisivo papel, es algo más que un avance en el relato, es un derroche de luz en medio de tanta oscuridad. Su mirada es la nuestra, alucinada e indignada, sintiendo vergüenza del ser humano, todavía incrédulos de historias reales semejantes,  y que si lo piensas siguen ocurriendo, en otras partes del mundo, con otros opresores y sometidos.

 


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